Sanata sobre "Ya lo sabía" de Miranda | Cara de Perro

Sanata sobre "Ya lo sabía" de Miranda

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Daniel Tevini

 

Qué buen comienzo tú y yo, la mañana es cálida, sacar la estrella del árbol. Qué sorpresivo y qué prometedor, un beso robado, mi pregunta: ¿lo hacemos otro día? Sabés cómo van a criticarnos… Nos reímos. Tu amor tan veloz, abandona el árbol, tiende manteles, dobla servilletas con forma de capeletis. Eso me atrapó. Los platos se deslizan hacia los bordes. Los cubiertos a los lados, como dientes de cierre relámpago. Es mediodía. Se me da por sentarme a la mesa. Si estamos bien, estamos mal. Comamos un sanguchito mejor. Las milanesas de tu vieja. ¿Tenemos pan? Una milanga de dorapa. Todo es perfecto, y algo fallará. Te olvidaste de encargar el helado, boludo. Y ahora, ¿qué hacemos? Tenemos latas de duraznos. No funcionará, ya lo sé. Andá a ver si hay alguna heladería abierta. El calor de las tardes. Los febreros porteños. La pesadez, debería sacarme este embole de la cabeza, pero igual, está creciendo y no lo puedo parar. Dos kilos de vainilla, limón y chocolate, los dos iguales. Volver. Cerrar la puerta. ¿Qué trajiste? Vainilla, limón y chocolate…, yo lo sabía, esos gustos no pegan, nene. Que se los sirvan por separado entonces. Nos reímos. Te has convertido en parte de mi vida. Durmámonos una siestita, está todo listo. Descansá vos mejor. Te pongo una birrita, de las tuyas, para cuando te despiertes. Brindándome todo lo que quería. Me acuesto, calor con pesadillas, cóctel fatídico: en mi sueño te ibas con otro. Ya lo sabía, que enamorarme no me convenía. Mato un mosquito sobre mi cara con la mano, me despierto. Son las siete, nos bañamos juntos. Cuando me estoy poniendo los lompas, suena el timbre. Ya lo sabía, tu tía Berta, siempre llega temprano. Viene con una bandeja enorme. Chicos, hice el vitel toné que a ustedes les gusta tanto. Pasá, tía, pasá. El vitel toné a la heladera, otra vez con caballa y sin alcaparras, de alguna forma me lo suponía. La tía se para frente al pino. Me emocionan tanto los árboles navideños, aunque ya no es época. Mirada recriminadora uno. Suena el timbre. Mi cuñadita. Parecés cada vez más pendejo vos, cómo te tienen, ¿eh? Iba a hacer un pollo pero con este calor…, traje arrollados. Había algo que me lo decía. Odio la lechuga en el relleno. Siempre lo digo, qué lindo culito tiene mi cuñado, tira y se va. Cada vez más zarpada tu hermana. Escuchame, para mí también tenés lindo culo. Sí, pero nunca lo escuché. El timbre. Viene Néstor con su mujer y el pendejo ese del orto. ¡Cuidado Oscarcito! El pendejo se lanza bajo el árbol y casi lo tira a la mierda. Mirada recriminadora dos, de Néstor y su mujer. Pendejo, comportate, le digo en un susurro. Solía estar bajo control, pero el muy guacho ahora me chucea. La madre hace equilibrio con una ensaladera. ¡Ensalada criolla para todo el mundo!, grita en un tono festivo que nadie entiende. ¿Qué es esto de socializar la fiesta, que todos traigan comida?, me pregunto. Ideas de mi cuñadita, me respondo. Mejor me sirvo la birra. Me pone bien, pero perdí la mente por amor, te veo ir y venir, entre los míos y los tuyos. Estás tan linda. Otra vez la puerta. Vas a abrir. Veo tu cara de, tenme compasión, ven a mí. Espío por la mirilla. Es el Chelo, digo. ¿Viene solo? No, con su tartamudeo, bromeo. Salís vos. Hola Chelo, pasá, pasá. Me, me, me…Está cargado con paquetes y una bolsa de plástico, pide ayuda. Tengo aquí unos brazos perfectos para agarrar esa bolsa. Ahí trajo el pollo, decís, con cara de, hay que deshacerse de eso enseguida. Dejo al pollo en la bolsa en un rincón de la cocina. El Chelo intenta saludar a todos. Fe, fe, fe, tantas palabras que no quieren salir, hasta que larga, felicidades. Cada vez más bromista este Chelo… ¡No es un cumpleaños Chelito!, le grita la turra de mi cuñada. Algunos ríen, la festejan. Llegan mis viejos y mamá ya critica a tu familia por lo bajo. Ya lo sabía. Llegan tus viejos y tu mamá ya critica a la mía por lo bajo. Me lo contás en la cocina. Nos reímos. Te has convertido en parte de mi vida. Tiramos la bolsa con el pollo al carajo. Habíamos comprado uno al spiedo por si las moscas. Cortamos queso y salame para una picadita. Me metés un pedacito en la boca. Brindándome todo lo que quería. Susurramos. Guacha, no te pusiste nada debajo, mirá cómo se te marcan las tetas. ¿Y vos, con ese pantalón, lindo culito? Ya lo sabía, que enamorarme no me convenía. Me siento caliente y zarpado. Volvamos, decís, como una forma de zafar de tanta intimidad. Te sigo. Mi viejo abre una sidra y antes de empezar, dice que brindemos por los que no están. Alguien pregunta: ¿qué tiene que ver eso? Y con razón. Ya lo sabía, de alguna forma me lo suponía, la tía Berta lloriquea. El Chelo dice, salud, de un solo tiro. Mi cuñadita lo aplaude, festejándolo. Para mí que está caliente con el Chelo. Puede ser. Había algo que me lo decía. Sabés que sí, es que si no fuera por el tartamudeo… El Chelo tiene lo suyo. Ahora resulta que el Chelo te parece fachero, pero nunca lo escuché. Vamos a la cocina, digo. Volvemos los dos. ¿Te gusta el Chelo? Obvio, respondés con desfachatez. Ya lo sabía y me mentía para continuar. Salí de acá, lindo culito, decís. Me encanta cuando me provocás, con este amor esquizofrénico y particular. ¿Servimos el vitel toné o los arrollados primero? Los arrollados. Te dije, ¿no?, odio la lechuga. Tu vieja elogia los arrollados de tu hermana. Ya lo sabía, no hice nada y era de esperar. Menos mal que una me salió buena para la cocina, dice. Te adivino la bronca detrás de la mueca. El pendejo volvió a tirarse debajo del árbol y ahora se cae entero sobre la tía Berta. La madre del pendejo lo empieza a putear a los gritos. Cada miembro del resto de la familia nos mira con recriminación. Ya lo esperábamos, estallaría frente a nuestros ojos el final. Todos socorremos a la tía Berta. Queridos, queridos estoy bien. Levantamos juntos el árbol, barremos los adornos rotos. Ves mi cara de hastío. Me das un beso apasionado en la cocina. La estrella también se rompió. Nos reímos. Sabía, te has convertido en parte de mi vida. Tiramos los restos de adornos en la bolsa con el pollo del Chelo. Brindándome todo lo que quería. Te toco una teta y me tocás el culo. ¿Vamos a jugar a la mancha ahora?, preguntás. Me zampás otro beso, te como la boca. Ya lo sabía, que enamorarme no me convenía. La tía Berta entra en la cocina. Perdonen chicos no los quería interrumpir. Nos componemos. Ya lo sabía, de alguna forma me lo suponía. ¿Estás bien? Sí, estoy bien, los dejo. Vamos, vamos, nos decimos. Tu padre quiere hacer otro brindis, me comenta la tía por lo bajo. Había algo que me lo decía. Es el Chelo el que lo intenta en realidad, es como una púa saltando en un disco que quiere seguir, pero nunca lo escuché, porque es mi cuñada la que grita al fin: ¡Brindemos por el nuevo ingeniero! Levantan las copas hacia mí, y el Chelo, como siempre, se queda otra vez con las ganas.

 

 

 

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