17 | Cara de Perro

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NO CABALLO ENTRE CABALLOS

Cuando yo era chiquito pensaba que los caballos eran caballos, claro, pero también algo más que sí mismos; como animales de este mundo y a la vez de otro lugar.

Muchos años después, los poemas de Héctor Viel Temperley me revelaron esto que sigue: ese otro lugar no está fuera del mundo. Ese otro lugar es en verdad la mente. Sí, los caballos, ante todo, son animales de la mente.

La boticaria

Por Victoria Hladilo 

Verónica escribe y crea mundos enormes en los encuentros más pequeños. En su detalle está la inmensidad de la humanidad, del amor. De todo lo que podría ser y de todo lo que nunca será. En “La Boticaria”, su versión libre sobre el cuento homónimo de Antón Chejov, Verónica nos zambulle con algunos pocos elementos en los sentires más profundos de esos personajes. O en aquello que suponemos que sienten, porque la fuerza del relato está en todo lo que el texto sugiere a través de lo que otros cuentan u opinan. Una información sesgada que se transforma en la verdad.

Allí la autora se pregunta: “¿No es mucha la responsabilidad que le adjudicamos a una pareja sobre nuestra propia felicidad?

 

 

 

 

Prólogos

  Prólogo de Jorge Luis Borges a la primera edición de Cronicas Marcianas

En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido. A principios del siglo xvI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos. En el siglo xvI, Kepler redactó un Somnium Astronomicumn, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna que durante los ardores del dia se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer

Los paseos

Anoche soñé que me moría. No era una muerte dramática, en un sentido violento o desagradable, era como una disolución. Me volvía de a poco impalpable y traslúcida, y eso a los nenes les hacía gracia. Cuando se lo conté esta mañana a mi marido me dijo que no lo puedo dejar solo con todo esto. Esto significa los chicos, los arreglos de la casa, la perra, las cuotas, las plantas, el desayuno que estábamos preparando y que todos íbamos a dejar por la mitad. Lo dijo sin levantar la vista de su celular, mientras deslizaba el pulgar rítmicamente por la pantalla. Una caricia involuntaria sobre una superficie indiferente, como las que le hago cuando me caliento los pies en la cama frotándolos contra los suyos. Lo que no le dije es que en mis sueños, el que se muere seguido es él.

La vez que me morí

 

Salgo de una encuesta y necesito fumar. Hace años que necesito fumar. Olor a choripán, el rumiar de la gente, el murmullo de la autopista. Los demás encuestadores de la cuadra, como corresponde, encuestan. Yo necesito fumar y mirar el cielo. Prendo un cigarro y no miro al cielo. Porque perceptiblemente descubro que un hombre me mira. Tan fijamente que me levanto del cordón y como un autómata me aproximo. Un hombre de unos cincuenta, algo corpulento, dueño de un comercio en la villa.

–Quiero que me hagas la encuesta –dice.

La Betty

Betty contestó unos mensajes, se sacó unas selfies, las retocó y subió una a sus stories. Después dejó el celular a un costado y se levantó. Eran casi las nueve de la noche, a las diez tenía que estar en la casa de Marcos. Se bañó, se puso una calza dorada con un top turquesa y las sandalias con plataformas. Se peinó y maquilló.

Juli se despertó en la cuna, se sentó y la miró prepararse. Cuando Betty terminó, la alzó, le dio un beso en la boca y la acomodó para darle la teta. Esperó hasta que se quedara dormida y la volvió a acostar.

El dictador

 

Llevaba días pensando sobre qué iba a escribir para este número de nuestra revista, y no había caso, no podía imaginar un tema que me animase. Una situación personal complicada, una situación mundial conflictiva y muchísimas incertidumbres en el horizonte, me impedían dedicar tiempo y esfuerzo al noble arte de aburrir lectores con artículos infumables como los míos.

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