18 | Cara de Perro

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Numeros. En un subte alguien lee a Viginia Woolf. Rosario

Números

 

Con la luz apagada y una pata menos en los lentes

mi vieja saca cuentas para ganarle a la inflación.

Tengo cinco años, el mundo

es una cocina oscura y una mujer

tentando que las cosas entren en sus números.

Las cifras se ocupan de la impotencia y de la falta

y ella pega tickets, hace sumas

en los márgenes, glosa y adjunta las notas

garabateadas en retazos.

Siendo una de esas bocas destinadas

a salvarse por la maravilla del guarismo,

empiezo a entender que las verdades

Mirar de lejos

Una noche, hace ya bastante tiempo, mi padre, que había muerto diez años antes, me despertó chistándome desde los pies de la cama. Fue en plena madrugada. Mi mujer dormía dándome la espalda, la casa tenía ese silencio lleno de sonidos lejanos y apagados que solo se escuchan por la noche, la oscuridad del cuarto era casi total, por entre las persianas cerradas se filtraba algo de la luz del farol de la calle y yo estaba sentado en la cama sin poder parar de pensar. Pensaba en mi padre y su chistido, pensaba que a los pies de la cama no había nadie, pero más que nada pensaba en la novela que mi padre había escrito tantos años atrás y yo jamás había leído. ¿Por qué no la había leído? ¿Por qué nunca había vuelto a pensar en ella y por qué ahora me despertaba en medio de la noche pensando en ella? ¿De qué se trataba? ¿Dónde estaba?

Una buena historia de amor

Cuando trabajaba de noche en la oficina de las encuestas, lo que más disfrutaba era tomar Coca Cola. No era más que un vaso o dos por noche, pero ese momento era de enorme tranquilidad y placer. En ese tiempo vivía con mis padres, ya no era tiempo de vivir con ellos a los veinte, pero así pasaba. Y en esa casa no había Coca Cola sino ocasionalmente. Puede que suene ridículo, pero ese vaso pulsaba en mí como otra vida posible, más allá de mi predilección por aquella gaseosa. El jefe que teníamos −allí de noche trabajábamos dos personas− tenía el hábito de dejar cada noche una botella de litro.

Salzburg Hauptbahnhof

Las nubes se acumulan detrás de los edificios que dan al río Salzach. La ciudad es chica. Los edificios que se alzan frente al río dan la ilusión de una gran metrópoli. Después el cielo se despeja y el sol deja al descubierto las laderas de las montañas y los campos que rodean a Salzburgo. En realidad, lo que uno percibe al fin de Salzburgo es apenas un puñado de casas y de edificios históricos. Caminamos a las orillas del Salzach. No lo hacemos solos, estamos rodeados por grupos de escolares que corren hacia algún museo o participan de una actividad de la que nunca sabremos nada. Nuestro conocimiento del alemán es nulo: los saludos necesarios y decir “gracias y de nada”.

Dimensión

Cualquiera puede representarse la existencia cero dimensional de un punto, la unidimensional de una línea, la bidimensional de una superficie, la tridimensional de un cubo y la cuatridimensional de un ser humano, en la cual el tiempo consiste en esa cuarta dimensión que da la impresión de ir hacia «adelante». Pero así como el personaje de un videojuego no tiene representación cierta de encontrarse en una consola influido por los espasmos de un gamer, cuesta un poco más imaginar una quinta dimensión. En tanto que uno sí puede esquematizar la propia existencia como un mero recorrido lineal irreversible, desde el nacimiento hasta la muerte, en dimensiones superiores, el tiempo se contemplaría todo a la vez, no como la mera fracción que experimentamos segundo a segundo, junto con la excesiva suma de los recorridos factibles (los caminos que se bifurcan) que hubiera podido seguir una vida en relación a las innumerables partículas restantes, esto es, la totalidad de los posibles futuros y pasados.

Aves cansadas

Samantha Victoria  es una dramaturga novel con una pluma inquieta y juguetona. A Samantha le gusta divertirse y por eso sus personajes juegan. Crea mundos absurdos, donde las voces no siempre son humanas. Samantha ve el mundo con ojos luminosos y siempre nos deja un sabor dulce luego de leerla. En este monólogo, donde se abraza la muerte y la vejez, ella también abraza la vida. 

Victoria Hladilo

1.

En un departamento sencillo de un barrio tranquilo. Nilda usa un pijama maltrecho y agujereado, lleva una bata encima, quemada en una de sus puntas, y pantuflas. El reloj marca las tres de la tarde y ella toma un té con bizcochitos mientras mira la tele. Al masticar uno de los bizcochitos siente un intenso dolor de muela y deja de comer.

NILDA: ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¿Cuántas veces más te va a pasar, Nilda? Te ponés a ver la televisión y te olvidás. ¡Te olvidás! Que tenés la muela carcomida por la maldita caries y que no tenés que masticar con el lado izquierdo porque lo tenés tan mal que si un dentista te viera saldría corriendo a pedir auxilio, porque una sola persona no alcanza para reparar todo lo que está ahí dentro roto y maltrecho. Ay, ay, ay. Ya no tiene sentido ni seguir comiendo, te arruinaste el apetito y las ganas de disfrutar del dulcecito de la tarde, porque  no vas a dejar de pensar que tenés que ir al dentista o si no la muela se te va a podrir y te va a provocar no sé… una infección, algo con pus, una de esas cosas que se te suben a la cabeza y que te dejan ahí sin más, tiesa en medio del living sobre la alfombra que encima mandaste a lavar hace poco y sin que nadie se entere, hasta cuando pasen tres días y José se dé cuenta por el olor cuando pase a sacar la basura.

Confesión de Jorge Luis Borges

A Leonor Acevedo de Borges

 

Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será  íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un

hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos.

Yo recibía los regalos y yo pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada, absolutamente nada,

para merecerlos. Por supuesto, nunca lo dije; la niñez es tímida.

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