Argento | Cara de Perro

Argento

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Negro Ortega

Cuentos completos

Abelardo Castillo

 

Perdoname, pibe, está pensando Ortega, abrazado a las piernas del muchacho. Y el sudor, y la sangre que baja desde el arco roto de la ceja, y los lamparones lechosos de los globos de luz del Luna Park, van cubriendo con un aceite espeso los contornos de las cosas, de modo que apenas alcanza a ver como entre sueños y hasta se diría que dividida en dos siluetas blancas la blanca silueta del árbitro que se acerca dispuesto a comenzar la cuenta mientras el muchacho se aparta buscando un rincón neutral y el comentarista dice, a gritos, pelea memorable amigos, y Ortega, que ha dado de boca contra la lona, ve súbitamente la cara del rumano Morescu en el ringside, entre el humo de los cigarrillos y las bocas abiertas, que gritan. Al nivel del ring la cara. Tan cerca, la inmunda cara, los miserables ojitos del rumano. El cuerpo de Ortega se arquea, galvanizado un segundo bajo las luces y los ojos del rumano se cierran, cegados de perplejidad y de saliva: escupidos por el hombre tumbado sobre el ring. Jacinto Ortega, amigos, que acaba de ser literalmente fulminado por un violentísimo cross en contragolpe de Carlos Peralta al minuto y medio del último round, en esta pelea programada a diez vueltas. Y se diría que sobre el ring acaba de iniciarse una extraña inmolación, porque el hombre de blanco inclinándose ritualmente junto a él, casi de rodillas, levanta con lentitud sacerdotal el brazo. Y Ortega vuelve a pensar, perdoname pibe. O quizá no lo piensa, lo dice. Pero del mismo modo que nadie reparó en el salivazo ni en el gesto instintivo del rumano (gesto de buscar algo bajo la canadiense, a la altura del sobaco), tampoco nadie ha de saber esto, como una oración, porque quién va a escucharte, dónde está el que va a escucharte cuando el caído sos vos, pobre cristo, y hay veinte mil personas gritando al mismo tiempo, veinte mil, de pie, y un solo hombre caído tratando inútilmente de levantarse mientras el brazo baja y los músculos se aflojan repentinamente, como trapos, (…)

Abelardo Castillo. Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1935. Escritor, dramaturgo y ensayista, pasó su infancia y adolescencia en la ciudad de San Pedro, en la costa del Paraná, donde comenzó a escribir diarios autobiográficos. Luego, instalado en Buenos Aires publicó numerosos títulos como  Las otras puertas (cuentos, 1961), El otro Judas (teatro, 1961), Israfel (teatro, 1964), Cuentos crueles (cuentos, 1966), La casa de ceniza (novela, 1968), Sobre las piedras de Jericó (teatro, 1968), Las panteras y el templo (cuentos, 1976), El señor Brecht en el Salón Dorado (teatro, 1982), El que tiene sed (novela, 1985), Las palabras y los días (ensayos, 1989), Crónica de un iniciado (novela, 1991), Las maquinarias de la noche (cuentos, 1992), Ser escritor (ensayo, 1997), El oficio de mentir (entrevista, 1998), El Evangelio según Van Hutten (novela, 1999), El espejo que tiembla (cuentos, 2005), Desconsideraciones (ensayos, 2010) y los monumentales dos tomos de sus Diarios (2014 y 2019).  Dirigió las revistas El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco, esta última junto con la escritora Silvia Iparraguirre, su pareja durante 40 años. Allí publicaron  la carta de las Madres de Plaza de Mayo pidiendo a los militares por sus hijos desaparecidos, siendo uno de los pocos medios en hacerlo, en 1981 durante la dictadura. Fue docente y formador de escritores como Liliana Heker, Guillermo Martínez, Juan Forn o Gonzalo Garcés. Recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, el Premio a la trayectoria cultural de la Revista Ñ y el premio Konex de Brillante a las letras argentinas de la última década. Sus libros han sido traducidos a catorce idiomas. Murió a los 82 años en la ciudad de Buenos Aires, en 2017. El fragmento aquí publicado fue seleccionado del cuento Negro Ortega. 

 


Luces de colores

De Cuando lo peor haya pasado

Pablo Ramos

 

Cuando llegué a la esquina, ya se había formado un tumulto. Detrás de una hilera de cajones de madera podrida, dos policías sujetaban a un chico.

—Son unos vagos de mierda —dijo un hombre joven, de saco azul, que daba el tipo de empleado bancario—, mejor que le corten el chorro ahora, después crece y te pega un tiro por diez pesos.

—No, pobrecito, lo van a lastimar —le contestó una mujer rubia, caderona, y sacudió la cabeza.

—No pasa nada, doña. Lo llevan, lo rapan, le hacen cebar mate y al otro día lo largan.

 

La tarde empezaba a morir en La Paternal. Los policías hablaban con uno de los comerciantes, y el chico, recostado sobre la puerta del patrullero, lloraba con angustia, con hipo. No parecía capaz de pegarle un tiro a nadie. Tenía los ojos negros y el pelo le caía sobre la cara. Las lágrimas le recorrían las mejillas sucias, le llenaban de surcos la piel amarronada. Lo subieron en la parte de atrás del patrullero y escuché el clac de la caja de cambios, el chillido de las cubiertas al raspar contra el asfalto. El patrullero hizo veinte metros, giró sobre la avenida y se perdió de vista. En la esquina, el sol se ocultó tras unas nubes y la gente se dispersó en silencio; como si toda la tristeza que hasta ese momento habíamos ignorado hubiera descendido para siempre sobre nosotros.

Uno nunca sabe qué va a hacer un momento después. Un momento después de cualquier momento. De pronto yo acababa de parar un taxi y le pedía al conductor que me llevara hasta la comisaría que tenía jurisdicción sobre esa esquina. (…)

Pablo Ramos nació en 1966 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Trabajó como mensajero, poeta, guionista, narrador y músico, cantante en la banda de rock Analfabetos.  Ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes (2003) y el primer premio en el concurso Casa de las Américas de Cuba (2004) por Cuando lo peor haya pasado, y ha sido traducido al francés y al alemán. Ha publicado el libro de poemas Lo pasado pisado, las novelas El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad, En cinco minutos levántate María y El sueño de los murciélagos. También es autor de los libros de cuentos Cuando lo peor haya pasado y El camino de la luna y de la crónica Hasta que puedas quererte solo. Vive y trabaja en Buenos Aires. El fragmento aquí publicado pertenece al cuento Luces de colores.


 

 

La moneda griega

Cuentos completos

Ricardo Piglia

 

 

Varias veces me hablaron del hombre que en una casa del barrio de Flores esconde la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años. La ha construido con materiales mínimos y en una escala tan reducida que podemos verla de una sola vez, próxima y múltiple y como distante en la suave claridad del alba.

Siempre está lejos la ciudad y esa sensación de lejanía desde tan cerca es inolvidable. Se ven los edificios y las plazas y las avenidas y se ve el suburbio que declina hacia el oeste hasta perderse en el campo.

No es un mapa, ni una maqueta, es una máquina sinóptica; toda la ciudad está ahí, concentrada en sí misma, reducida a su esencia. La ciudad es Buenos Aires pero modificada y alterada por la locura y la visión microscópica del constructor.

El hombre dice llamarse Russell y es fotógrafo, o se gana la vida como fotógrafo, y tiene su laboratorio en la calle Bacacay y pasa meses sin salir de su casa reconstruyendo periódicamente los barrios del sur que la crecida del río arrasa y hunde cada vez que llega el otoño.

Russell cree que la ciudad real depende de su réplica y por eso está loco. Mejor, por eso no es un simple fotógrafo. Ha alterado las relaciones de representación, de modo que la ciudad real es la que esconde en su casa y la otra es solo un espejismo o un recuerdo. (…)

Ricardo Piglia nació en Adrogué, Provincia de Buenos Aires, en 1941. Considerado un clásico de la literatura actual,fue galardonado con el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, el José Donoso, el Iberoamericano de Narrativa Ma­nuel Rojas, el Konex y el Formentor de las Letras. Autor de novelas como Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada (llevada al cine por Marcelo Piñeyro; Premio Planeta Argentina), Blanco noctur­no (Premio de la Crítica, Premio Rómulo Gallegos, Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett y Premio Casa de las Américas de Narrativa José Ma­ría Arguedas) y El camino de Ida; los cuentos de La invasión, Nombre falso, Prisión perpetua y Los casos del comisario Croce; y los textos de Formas breves (Premio Bartolomé March a la Crítica), Crítica y fic­ción, El último lector y Antología personal que nuclea Los diarios de Emilio Renzi. Murió en Buenos Aires en 2017. El fragmento aquí publicado pertenece al cuento La moneda griega.

 


 

 

Los ladrones

De El juguete rabioso

Roberto Arlt

 

Enrique tenía catorce años cuando engañó al fabricante de una fábrica de caramelos, lo que es una evidente prueba de que los dioses habían trazado cuál sería en el futuro el destino del amigo Enrique. Pero como los dioses son arteros de corazón, no me sorprende al escribir mis memorias enterarme de que Enrique se hospeda en uno de esos hoteles que el Estado dispone para los audaces y bribones.

La verdad es ésta:

Cierto fabricante, para estimular la venta de sus productos, inició un concurso con opción a premios destinados a aquellos que presentaran una colección de banderas de las cuales se encontraba

un ejemplar en la envoltura interior de cada caramelo.

Estribaba la dificultad (dado que escaseaba sobremanera) hallar la bandera de Nicaragua.

Estos certámenes absurdos, como se sabe, apasionan a los muchachos, que cobijados por un interés común, computan todos los días el resultado de esos trabajos y la marcha de sus pacientes indagaciones.

Entonces Enrique prometió a sus compañeros de barrio, ciertos aprendices de una carpintería y los hijos del tambero, que él falsificaría la bandera de Nicaragua siempre que uno de ellos se la facilitara.

(…)

Roberto Arlt nació en 1900, en Buenos Aires, Argentina. Hijo de inmigrantes, creció en el barrio porteño de Flores. Expulsado de la escuela a los ocho años, continuó su educación de forma autodidacta. Junto con escritores como Raúl González Tuñón, César Tiempo, Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, entre otros, participó del mítico grupo literario de Boedo. Allí desarrollaron una literatura de vanguardia, de temática social afín a las ideas de izquierda. A su vez ejerció como periodista  en los diarios El Mundo y Crítica, para el cual publicó su columna  Aguafuertes Porteñas entre los años 1928 y 1932, que describen la vida cotidiana de los porteños, con temáticas y atmósferas muy variadas. Algunos de los títulos de su obra narrativa y teatral son: Los siete locos (1929); Los lanzallamas (1931); El amor brujo; El jorobadito; El criador de gorilas; La isla desierta; Saverio el cruel; y El juguete rabioso (1926) de donde se extrajo el fragmento aquí reproducido. Murió en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

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