Por Ulises Martino
Decido seguir por un sendero que se mete más en la selva viendo hasta donde me lleva. Tal vez, imagino, hasta dar con una playa que no conozca. A lo poco de avanzar me sobrevuela una nube de mosquitos que rodea mi cabeza. Desaparece y vuelve. Esa u otra. ¿Cómo saberlo? Me defiendo a los manotazos que no dan abasto, como si mis recursos fueran impropios del suelo que piso. Los mosquitos pican por todas partes y logro matar a algunos. Muchos explotan con sangre. Nunca supe si eso significa que ya me han picado o no. O si esa sangre le pertenece a algún otro. Si así fuera, estoy lleno de sangre ajena que mi cuerpo lleva en pequeñísimas muestras por el medio de la selva.
