Being Alive | Cara de Perro

Being Alive

11

El borde peligroso de las cosas

De Nadar de noche

De Juan Forn

 

(…)

—¿Lo que más me gustaría? Bueno. Ya que estamos en el tema. Pero te aviso que no va a parecer apasionante, precisamente. En fin, qué más da. Lo que más me gustaría es contar una buena historia de amor. Una historia maravillosa, con final feliz, que no pretenda en ningún momento hacer sentir a nadie más inteligente de lo que es. Perfectamente sentimental, perfectamente meliflua. Una historia que consiga hacer creer que todo es posible, no sólo la vida sino el imposible romance del perfecto amor, con música de violines y todo.

(Pausa. El techo y las paredes recuperan, digamos, su hipnótico atractivo para los dos interlocutores.)

—Qué es meliflua.

—No tengo la menor idea.

—Ah. (Otra pausa.) Bueno; seguí.

—El problema es que una historia así suena trivial, facilonga, cuando te la cuentan o cuando la contás. Porque si nos pasa algo así, o le pasa a alguien que conocemos, preferimos pensar que lo maravilloso se va a convertir tarde o temprano en algo real, pedestre, con su cuota de aburrimiento y fracaso. Y si no se convierte en eso, va a volverse dramática y cruel. Yo creo que cada vez que nos toca nuestra ínfima ración de amor y belleza en esta vida, hacemos lo posible para que se combine con torpor y opacidad; la preferimos reducida. No la resistimos pura. Nos aterra.

—Nos cansa, claro.

—¿Eh?

—Nos aburre.

—Nos aterra, dije.

—Está bien. Dale.

(¿Vale la pena seguir? ¿Uno habla para el interlocutor o para sí mismo?)

—Un tipo que se llamaba Montherlant dijo que en los libros la felicidad se escribe en tinta blanca sobre papel blanco: no se ve. Y, si se ve, es porque no es auténtica. Pero imagináte alguien que, donde los demás ven solamente tinta blanca sobre papel blanco, ve otra cosa.

—Era tinta invisible. Un mensaje secreto.

—Un mensaje, sí. (¿Qué otra cosa decir?)

—Qué más. Dale.

—Nada. Supongo que solamente un desconocido puede contarte una historia así. Solamente a un desconocido podés contarle una historia así. En fin.

(…)

 


 

El karma de ciertas chicas

de Nadar de noche

De Juan Forn

 

(…)

Fue hasta el baño, sin hacer ruido, descalzo como estaba. Se acercó al espejo y apoyó las manos en el vidrio. Apenas alcanzaba a distinguir un charco de negrura frente a su cara. Apoyó la frente, cerró y abrió los ojos. La picazón iba cediendo, a medida que el vidrio se entibiaba contra la piel de su cara. Pensó por qué pasaban esas cosas, por qué las disyuntivas tenían que ser así de terribles. ¿O era él que se planteaba las cosas a la tremenda? Había algo que justificaba empezar de nuevo con todo el razonamiento, pero de sólo pensarlo volvió a sentir esa piedra de odio en el plexo, ya fría, cada vez más fría. Hasta de eso tenía la culpa ella, hasta el odio le había domesticado.

Entonces volvió la luz. No en el baño, pero sí en otras partes de la casa y en las ventanas del edificio de enfrente. Oyó un murmullo lejano que podía ser de decepcióon o alegríia y empezaron a sonar de golpe televisores y radios. Él pensó: fin del interludio reflexivbo, la vida continúua. Pero no se movióo. Alcazaba a distinguir los objetos que había sobre la mesada del

bañoo, por la claridad que entraba por la ventana y llegaba del living: el vaso con los cepillos de dientes, la Prestobarba azul, los frascos de perfume de ella.

 

Retrocedió dos pasos y miró hacia la ventana. Pero ahí se quedó, clavado al piso. La bañadera estaba llena de agua, y en el agua estaba ella. Desnuda, con los ojos cerrados, la frente perlada de humedad y el pelo empapado echado hacia atrás, sobresaliendo del borde, suspendido en el aire y goteando.

Pensó: está mojando el piso. Pensó: está muerta. Pero el agua se movía casi imperceptiblemente, al ritmo de la respiración de ella. Miró las tetas que sabían y bajaban apenas en el agua. Pensó: está dormida, no le importa que vuelva la luz, ni siquiera se dio cuenta de que estuvimos a oscuras, porque ella no piensa, no se plantea nada, nunca va más allá de ella misma. Pensó: ya no la quiero. Pensó: y ella, ¿me querrá?

 

Retrocedió dos pasos más, agarró uno de los cepillos de dientes, siguió retrocediendo hasta salir del baño y se lo tiró desde ahí. Ella se despertó en el acto. Chapoteó ridículamente, estiró las piernas bajo el agua y, echando la cabeza más para atrás y un poco al costado, dijo, demasiado fuerte, como si fuese necesario que la oyeran en toda la casa:

—Miguel, ¿volvió la luz?

Él se guedó en donde estaba, aguantando la respiración. Ella volvió a llamarlo, pero esta vez dijo Miguelito. Él pensó: puta de mierda. Pensó: debería matarla en este momento. Después prendió la luz del pasillo y quedó con las manos apoyadas en el marco de la puerta del baño.

—¿Estabas ahí todo el tiempo? —dijo ella—. Me quedé totalmente dormida, qué increíble. ¿Es muy tarde?

—Tarde para qué —dijo él.  

Ella se incorporó un poco, movió la cabeza para una lado y para el otro y se pasó la mano por la nuca.

—No sé —dijo con esa voz que a él le poníia los pelos de punta—. Para que me des un masaje, por ejemplo.

Y miró de reojo hacia la puerta.

Él seguía como hipnotizado el movimiento de la mano que iba y volvía por el cuello, debajo de la melena mojada. Sintió que algo cedía y algo se endurecía en su cuerpo, y pensó que, si realmente iba a convertirse en el paladín sensual de las mujeres, tenía enfrente una que parecía necesitar una ayudita para seguir soportando su belleza. En el momento en que se frenó delante de la bañadera ella miró hacia arriba y le dijo, formando las palabras sin sonido: ¿Hacemos las paces? Después, la sonrisa fue atenuándosele en la boca y le empezó a brillar en el fondo de los ojos, temible y desvalida al mismo tiempo.

Mientras se metía en la bañadera, él pensó si eso que estaba pasando era el principio de una maratón altruista o apenas una claudicación más. Pero no le importó demasiado; siempre le había resultado difícil pensar adentro del agua.

 


 

Lo que haremos juntos

Contratapa Página12 - Viernes 30 de junio 2018

De Juan Forn

 

Miren la parejita de la foto, proyecten esa pareja al futuro y sobreimprímanle estas frases: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos, pero sigues siendo bella, elegante, deseable. Hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos, porque te amo más que nunca”. 

Ahora imaginen que esas frases son el comienzo de una carta de un hombre a una mujer, una carta de cien páginas que él va ir escribiendo noche a noche, en el curso del año siguiente, mientras ella duerme en el cuarto de arriba de una casita rodeada de árboles, en las afueras de un pueblito del norte francés llamado Vosnon. Doce meses después, la policía local hará el trayecto desde el pueblo hasta allí, alertada por una nota pegada en la puerta de la casa: Prévenir à la Gendarmerie”. La puerta estará abierta. En la cama matrimonial del cuarto de arriba yacerán en paz André Gorz y su esposa Dorine. A un costado, unas líneas escritas a mano, dirigidas a la alcaldesa del pueblo: “Querida amiga, siempre supimos que queríamos terminar nuestras vidas juntos. Perdona la ingrata tarea que te hemos dejado”.

 

 

Poco antes, Gorz había terminado de escribir aquella larga carta a su esposa Dorine y se la había enviado a su editor de siempre, quien la publicó en forma de libro con el título Carta a D (Historia de un amor). En la última página de esa larga carta dice Gorz: “Por las noches veo la silueta de un hombre que camina detrás de una carroza fúnebre en una carretera vacía, por un paisaje desierto. No quiero asistir a tu incineración, no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.

Dorine era inglesa. Estaba de visita en Suiza con un grupo de teatro vocacional, en el año 1947, cuando le presentaron en una fiesta a André Gorz. Es austríaco, le dijeron, es judío, le dijeron, no tiene un céntimo y escribe, carece por completo de interés. Así se lo describieron formulariamente, cuando ella preguntó quién era. Dorine tenía un pretendiente en Inglaterra, que esperaba su regreso para casarse con ella. Pero después de aquella fiesta, Dorine cambió drásticamente de planes: en lugar de volver obedientemente a su patria se subió en un tren rumbo a París con Gorz. Porque a su lado sintió por primera vez en su vida que pensaba, que sabía pensar, que su cabecita funcionaba a la perfección junto a la de aquel judío austríaco sin trabajo y sin dinero.

No era una ciudad fácil París en 1947: Dorine trabajó de modelo vivo, recogió papel usado para vender por kilo y fue lazarilla de una británica que se estaba quedando ciega, mientras Gorz escribía en una buhardilla. Gorz hacía un relevamiento semanal de toda la prensa europea para una agencia. Dejaba la vida en esos informes, no los veía como trabajo sino como excusa perfecta para desarrollar su misión, es decir entender su época. Por esos informes precisos, potentes, brillantes, atentos a todo, Sartre le ofreció a Gorz la jefatura de redacción de la revista Temps Modernes. Intoxicado de ambición y anfetaminas, Gorz desdobló sus horas en el escritorio: además de hacer la revista se puso a escribir una novela que pretendía ser un magno retrato y reflexión sobre su tiempo. El traidor se llamaba, y llevaba al paroxismo ese mirarse el ombligo sin pausa de los existencialistas franceses (“En tanto individuo particular, él no veía relevancia alguna en que alguien se le uniera como individuo particular. No hay relevancia filosófica alguna en la pregunta Por Qué Se Ama”). 

En todos sus libros posteriores, Gorz es el exacto opuesto de esa voz: nunca impostó, nunca se puso en primer plano, nunca se miró el ombligo al teorizar. Nunca escribió otra novela tampoco. Alguna gente lo considera el padre de la ecología política. Vaya a saberse qué significará eso dentro de unos años más de posverdad. Pero aun si la obra de Gorz termina siendo con el tiempo apenas una nota al pie de su época, será porque fue de los poquísimos intelectuales franceses de su tiempo (el que va de la guerra fría a la caída del Muro de Berlín) que no cayó en ninguna de las trampas de la inteligencia, según su propia definición. Ésa fue su virtud, y con los años descubrió que se la debía a Dorine. 

En aquella carta postrera, Gorz le dice: “Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad. Por momentos necesité más de tu juicio que del mío”. No fue el único en valorarla de esa manera. Sartre, Marcuse e Iván Illich se enamoraron de ella en distintas épocas. Pero ella prefería a Gorz. Lucky bastard, dirían en inglés.

Cuando ambos acababan de cumplir los cuarenta, Dorine descubrió que había contraído una enfermedad incurable por culpa de una sustancia que le habían inyectado para hacerle radiografías. El pronóstico era negro y la medicina se lavó las manos del caso, así que Dorine encaró por las suyas una cadena de correspondencia con otros aquejados del mismo mal. La información recopilada así no sólo le dio décadas de sobrevida a ella sino que inspiró a Gorz los rudimentos esenciales de aquello que llamaría “ecología política”: ese lugar donde se tocan el pensamiento de Sartre con el de Marcuse y el de Iván Illich y el de Foucault. 

Casi veinte años más tarde, Gorz decidió abandonar su puesto al timón en Temps Modernes para dedicarse jornada completa a Dorine. En lugar de ir y venir de París se instaló en aquella casa de las afueras de Vosnon y se dedicó a hacer la misma vida que su esposa. O, mejor dicho, a hacer para ella las cosas que Dorine ya no podía hacer: “Labro tu huerto. Tú me señalas desde la ventana del cuarto de arriba en qué dirección seguir, dónde hace falta más trabajo”. 

El suicide-à-deux de Gorz y Dorine tiene dos antecedentes sobre los cuales han corrido ríos de tinta: el de Stefan Zweig y el de Arthur Koestler. Zweig bebió y dio de beber a su joven segunda esposa un frasco de barbitúricos diluido en limonada en un hotel de Petrópolis, cuando llegó a la conclusión de que ni siquiera en Brasil estarían a salvo de los nazis. Koestler hizo lo propio junto a su esposa de siempre (y su perro de siempre también), en su casa de Londres, huyendo del Parkinson que lo estaba devorando. En ambos casos hubo nota suicida. En ambos casos el rol de la mujer es tristemente pasivo. En ambos casos hay una atmósfera opresiva y amarga que la última escena de Gorz y Dorine logra evitar casi por completo. 

En aquella carta postrera, Gorz le hacía una tremenda confesión a su esposa: “Durante años, consideré una debilidad el apego que me manifestabas. Como dice Kafka en sus diarios, mi amor por ti no se amaba. Me diste todo para ayudarme a ser yo mismo y así te pagué”. Gorz había visto una vez a Dorine rematar con toda naturalidad una discusión que estaba teniendo con Simone de Beauvoir con la frase: “Amar a un escritor es amar lo que escribe”. Y sintió vergüenza. Aunque él mismo le había prometido a Dorine, al final de aquella fiesta, la noche en que se conocieron, en Suiza: “Seremos lo que haremos juntos”. 

La bravata se hizo cabal realidad la noche en que Gorz terminó de escribir aquella carta y subió por última vez aquellas escaleras y se acostó para siempre en aquella cama, junto a la mujer con la que había compartido, día tras día, sesenta años seguidos. “Afuera es de noche. Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”. 

 


 

Alquitrán en los pies

de Nadar de noche

De Juan Forn

 

(…)

—Caminemos un rato. Vas a ver qué lugar de locos.

Ella enrojeció y quiso reírse, por cortesía, a su pesar, sin fuerza.

En los bancos que había debajo de los árboles descansaban algunos internos; a Cecilia le parecieron objetos inánimes, casi una cínica humorada de los encargados del sanatorio. El jardín desembocaba en un cerco de madera que separaba la playita de la casa. Iván abrió el portón y esperó que ella pasara primero. Después se sacó los mocasines sin agacharse y siguió caminando. Cecilia lo imitó. Al incorporarse, recogió también los zapatos de él. El portón giraba sobre sus goznes oxidados. Iván miró sus mocasines, colgando incongruentes de la mano extendida de ella, y dijo:

—Ya sabía yo que iban a aparecer. ¿Dónde los había dejado? —pero Cecilia no se rió. Con los mocasines uno contra el otro ya en la mano, él señaló la orilla: —La Playa De Tus Sueños. No es otro chiste. Le dicen así, acá.

 

El sol daba de lleno en las mesas con manteles a cuadros del Club de Pescadores. Mucha gente había decidido almor­zar en la terraza, y el sonido de la charla, el tintinear de pla­tos y cubiertos y el rumor del río debajo se sumaron al alegre burbujeo que les produjo a los dos el vino blanco. Cualquiera habría dicho que eran felices, cualquiera habría dicho que eran tan conscientes de su juventud como del verano; tenían los ojos entrecerrados y las caras vueltas hacia el sol, y el sol de febrero parecía dispuesto a concederles cualquier deseo que pidieran.

Cecilia se apoyó contra el respaldo de la silla y casi gritó con la voz grave que le salía cuando estaba borracha o eufó­rica, mientras se tocaba la barriga y miraba al cielo ciega­mente.

—Un Pujolito... ¿te das cuenta de lo que me espera? Algunas de las caras de las otras mesas se dieron vuelta, más o menos disimuladamente: unas sonrientes, otras aburri­das o escandalizadas, otras ávidas de más información. Pero Cecilia ya había retomado la posición anterior, Iván levantaba su copa con etílica solemnidad y la manera en que se miraban los dos dejaba definitivamente al margen al resto del mundo.

Con los zapatos en la mano caminaron hacia la orilla.

Pasaron la zona de pastos duros y ralos que cercaba la franja de arena. El cielo estaba plomizo y no corría nada de aire.

 —¿Lloverá? —dijo ella.

—Llover es poco. Van a caer soretes de punta... Perdón, perdón —dijo él ampulosamente, sin el menor remordimiento­. Pero no esperaba que Cecilia dijera:

—No hables así, por favor.

Y tampoco que fuese capaz de preguntarle, como si no estuviesen en donde estaban, como si no fuesen lo que eran:

—¿Te llegaron mis cartas? Te escribí.

—Claro —dijo él, porque no supo, o no pudo mentir—. Nada el primer año, nada el segundo. Una cartita el tercero —enumeró, como si llevara la cuenta con la mano que tenía sumergida en el bolsillo del pantalón—. Y la tarjeta de Navidad, por supuesto.

—Sí, la tarjeta antes que la carta. Se me ocurrió hacerlas yo misma y pensé que, a lo mejor... Qué sé yo.

—Al principio me pareció de esos pintores sin manos.

—Mentiroso, no estaban nada mal, para ser la primera vez. Me lo dijo todo el mundo. Pero supongo que las hiciera yo misma no te importó.

—No creas. ¿Alguna vez recibiste una tarjeta naif con aplicaciones de jean en un manicomio? Es algo, cómo podría decirte…

Cecilia siguió caminando sin mirarlo.

Iván se había frenado. Cuando ella se dio cuenta y giró hacia él, lo vio mirando el agua. Más allá empezaban los camalotes; a lo lejos pasaba una draga. El río estaba marrón y espumoso. Los dos seguían descalzos, aunque la arena tenía alquitrán.

—Te puedo contar algo de mí en estos años —dijo ella con la mirada baja.

Él seguía mirando el horizonte, sin ganas, sin moverse. Cecilia igual empezó a hablar. Al rato, Iván se sentó sobre la arena húmeda y dejó los mocasines a un costado. Ella los fue acomodando con el pie y se sentó encima, cuidándose de no apoyar la mínima falda negra contra la arena. Hizo todo eso sin dejar de hablar. Su voz iba contagiándose de un ritmo parecido al de la draga, que no terminaba de perderse en la línea del horizonte. Cuando se calló, finalmente, tenía un gesto de leve satisfacción en la cara, como si de pronto hubiese descubierto que todo lo dicho era cierto y que no le había pasado a otra persona sino a ella. Él la miró de reojo, con la cabeza apenas inclinada.

—Todo inmejorablemente bien, en suma —dijo.

Y Cecilia se echó a llorar.

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