Infancia | Cara de Perro

Infancia

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Éramos unos niños

Patti Smith

Editorial Lumen

(…) En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y retirada. Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo era

nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor que yo. Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y le leía tebeos.

Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman, La pequeña Lulú, Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía alguno repetido, Sephanie me lo regalaba.

Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas, cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie. Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma, pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.

Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice. Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.

Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la manopla. Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi escondrijo. Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí devolver el alfiler y pedirle perdón.

Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron, mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para decirme que Stephanie habla muerto. (…)

 

Patti Smith nació en 1946, en Chicago, Estados Unidos. Escritora, cantante, pintora, performer y poetisa, fue precursora del movimiento punk. Estudió para ser profesora, por mandato familiar y trabajó en una fábrica para ayudar económicamente a su familia, hasta que en 1967 decidió mudarse a Nueva York persiguiendo su sueño de ser artista. Allí conoció a Robert Mapplethorpe. Juntos vivieron en el Chelsea Hotel, frecuentaban la Fábrica de Andy Warhol y el mundo beatnik. Vivió algunos años en París, y volvió a Nueva York, donde en 1975 lanzó su primer disco Horses, que la lanzó al estrellato. Formó pareja con el dramaturgo Sam Shepard y el músico Fred Sonic Smith. El libro Éramos unos niños, está dedicado a su historia con Robert Mapplethorpe, su primer amor y un ícono del mundo LGTB y de la fotografía contemporánea. Patti Smith lanzó más de 10 álbumes y 19 sencillos, como: Dream of life (198), Gone Again (1996), Twelve (2007), entre otros. A su vez publicó libros como Babel (1978), Tejiendo sueños (1992), Mar de coral (1996) M Train (2015) y Éramos unos niños (2010), de donde se extrajo el fragmento aquí reproducido.

 


 

Una muchacha muy bella

Julián López

Editorial Eterna Cadencia

(…)

Mi madre se acercó a la señora y entabló una conversación casual, le habló de sus hijos, de lo bueno que resultaba aprovechar los días de sol en el Jardín Botánico. En un instante fue evidente que con pocas frases ‒y una destreza digna de una asesina de chauchas‒ había arreglado que me quedara con ellos, al amparo de la vista de la señora que tejía bajo un sauce, para poder ausentarse unos minutos. La maniobra de mi madre fue una estrategia para evitar hasta el más mínimo gesto reprobatorio en la mirada de la señora. Respecto de mí y de mi mirada, ella sabía que yo sabía que, naturalmente, una mujer, en algún momento, tiene que ausentarse.

Me miró y me dijo: ¿Por qué no jugás con el nene?; lo miró y le preguntó: ¿Cómo te llamás, querido?

‒Santi ‒retrucó el nene, que parecía un experto en conceder en cuestiones que de ponerlas en un plano de conflicto perdería de antemano‒. ‒Santi ‒dijo‒como explicando a mi madre que le contestaba para ahorrarse el seguro cachetazo de su propia madre si se atrevía a contestar honestamente ¿ y a usted qué le importa?

Después de conseguirme esa contraseña mi madre se fue veloz, siguiendo la serpentina de agua más allá de la cascada.

Esclavo de esa estrategia de servicio de inteligencia me senté al lado de Santi pero no probé ninguna táctica de contacto. Era un niño pero parecía un viejo, vestido con ropa de lana casera, un modelo que podía calzarle a un hombre de edad mediana, a una vieja de centro de jubilados, a una niña más o menos desgraciada. Estaba sentado con una calma exagerada, en silencio, quieto, y respiraba como concentrado, como si trabajara de respirar.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, balanceando los pies con los zapatos acordonados de punta redondeada, los míos marrones, los de él negros, sin hablarnos.

‒Santi ‒me dijo directamente con un tono como de confidencia y como invitándome a una charla entre colegas en los cinco minutos del cigarrillo lejos de la mirada de sus jefes. Sabe dios que todo lo que quería hacer era contestarle mi nombre al instante, prorrumpir en una charla vivaz y animada acerca de nuestros intereses. Estaba dispuesto a no pensar nada acerca de lo que me dijera, a no aventurarme a conclusiones ni a dibujos mentales acerca de sus opiniones que ‒¡al fin y al cabo era un niño!‒ de seguro me parecerían banales.

Sabe el diablo que todo lo que quise hacer fue decirle mi nombre. Pero era tanto lo que esperaba de mí que las letras se me amontonaron en la lengua y la boca se me abrió sola: Santi, dije.

(…)

Julián López nació en Buenos Aires, en 1965. En el año 2004 publicó su primer libro de poemas, Bienamado, y ha integrado diversas antologías de poesía, entre ellas Lo humanamente posible (2008). En el año 2013 publicó su primera novela, Una muchacha muy bella, en donde narra la historia de un hijo y su madre, desaparecida durante la última dictadura argentina. En 2018 publicó su segunda novela, La ilusión de los mamíferos, en 2019 el cuento El día inútil y en 2020 el poemario Meteoro. Desde 2006 co dirige el ciclo de lecturas Carne Argentina. Ha sido traducido y editaro en Holanda, Francia, Estados Unidos, entre otros países. El fragmento aquí publicado pertenece a la novela Una muchacha muy bella.

 


 

Una vida más verdadera

Inés Garland

Editorial Alfaguara

(…)

A los ocho años empezó a volver solo en tren del colegio a su casa. Era un viaje de casi dos horas. La madre les había pedido a los hermanos que lo esperaran y volvieran todos juntos, pero los hermanos se iban a las casas de los amigos o se olvidaban de él. Durante tres semanas esperó sentado en los escalones de la entrada al colegio hasta que un cura cerraba los portones de madera. A la cuarta semana averiguó cómo volverse y se fue solo.

Puedo ver al niño que fue como si lo tuviera detrás de sus ojos, sentado en los escalones con los shorts de franela gris, las medias azules, la camisa, la corbata, el saco azul con el escudo. Puedo imaginarlo con la camisa abrochada y las medias subidas, los pies ligeramente abiertos, el maletín de cuero demasiado grande a un costado o sobre las piernas, y él encorvado sobre el maletín. No se acuerda si se desabrochaba los primeros botones, cree que tenía las medias siempre subidas, sí, pero no se acuerda si se aflojaba la corbata, y finge que no entiende por qué le hago la pregunta. Le acaricio la cara y él la aparta. Éramos muchos, dice. Honrarás padre y madre.

A los trece años, una mujer que estaba todas las tardes parada en la esquina a cinco cuadras de su casa le habló. Era una mujer fea, o a él le parecía fea porque era cuadrada y con patas cortas, sin cintura, usaba minifaldas, tacos altos, estaba pintarrajeada. Lo miraba siempre y un día le habló. Lo llevó a una casa húmeda con las persianas cerradas, cerca del río. Se llamaba Sheila. Le enseñó cosas. Le dijo que a las mujeres lindas había que tratarlas como si fueran feas. Los hombres las hostigan o las ignoran, le dijo, vos tratalas con naturalidad. Y otras cosas. A veces, cuando el día de colegio había sido difícil, cuando le había ido muy mal en una prueba o le habían puesto amonestaciones, él se quedaba dormido. Cuando se despertaba, ella seguía ahí, en la penumbra a su lado, en silencio, mirando la pared. La mayor parte de las veces le fiaba, él nunca tenía plata, y terminó robándosela a su madre. El viaje en tren se le hacía eterno. Corría por la calle hasta la esquina, con miedo de que Sheila no estuviera. Un día no estaba y la buscó en la casa de las persianas cerradas. Del cuarto salió un viejo subiéndose el cierre. P. se interrumpe, y en ese pequeño silencio hay mucho más de lo que me cuenta. Dice que podía olerla hasta cuando no estaba con ella, oírla, verla. Durante mucho tiempo la madre no se dio cuenta de lo de la plata, pero cuando se dio cuenta culpó a la mucama. Él dejó que echaran a la mucama.

–No pude decir que era yo.

Inés Garland nació en Buenos Aires, en 1960. Escritora y traductora, también coordina talleres literarios. Publicó novelas y libros de cuentos para adultos, entre ellos Con la espada de mi boca (2019), Una vida más verdadera (2017) y Una reina perfecta (2008), y novelas y libros de cuentos para jóvenes y niños como El jefe de la manada (2014) y Piedra, papel o tijera (2009), por el que se convirtió en la primera autora latinoamericana en ganar el Premio Deutscher Jugendliteraturpreis (2014). Recibió otros galardones como  el Hugo Award (1990), el Premio al mejor libro Sirloin (2004), el Segundo premio del Fondo Nacional de las Artes (2004), Concurso Iberoamericano de Cuentos de la Fundación Avon (2006), el Premio de Literatura Infantil Ala Delta (2019), entre otros. Sus libros se han traducido a varios idiomas. Entre los libros que ha traducido se encuentran Quién se hará cargo del hospital de ranas de Lorrie Moore (Eterna Cadencia, 2019), La habitación sin barrer, Sharon Olds (Gog y Magog, 2019), entre otros. El fragmento aquí reproducido pertenece a su libro Una vida más verdadera.

 


 

Un perdedor nato

De Once tipos de soledad

Richard Yates

Editorial Fiordo

Hubo un tiempo, cuando Walter Henderson tenía nueve años, en que él y algunos amigos creían que caer muerto era el colmo de lo romántico. Se habían dado cuenta de que lo único que valía la pena del juego del poliladrón era la parte en que fingías que te habían dado, te apretabas el corazón, tirabas la pistola y caías a tierra hecho un bollo, y entonces dejaron de lado el resto ‒el trabajo cansador de dividirse en bandos y andar al acecho‒ y refinaron el juego a su esencia. Se convirtió en una cuestión de desempeño individual, casi un arte. Subían la cuesta corriendo teatralmente, de a uno, y de pronto venía la emboscada: la sacudida simultánea de las pistolas de juguete al apuntar y el coro de sonidos guturales en staccato ‒una especie de ¡piu! ¡piu! ronco y bajo‒ con que los chicos imitaban el ruido de los disparos. Entonces el actor se detenía, se daba vuelta, quedaba suspendido un instante de elegante agonía, se tiraba y rodaba cuesta abajo en un remolino de brazos, piernas y una espléndida nube de polvo, para caer redondo como un cadáver desastrado. Cuando se levantaba y se sacudía la ropa, los otros criticaban su desempeño («bastante bien» o «demasiado forzado» o «no parecía natural»), y después llegaba el turno del próximo jugador. Ese era todo el juego, pero a Walter Henderson le encantaba. Era un chico flaco, que no coordinaba del todo bien, y esto era lo único parecido a un deporte en lo que se destacaba. Nadie podía empatar el abandono con que dejaba caer su cuerpo inerte cuesta abajo, y disfrutaba de la pequeña ovación que se ganaba. Finalmente, cuando unos chicos más grandes se burlaron de ellos, los otros se aburrieron del juego. A su pesar, Walter se dedicó a juegos más integrales y al poco tiempo lo olvidó por completo. (…)

Nació en Yonkers, Nueva York, en 1926. Novelista y cuentista estadounidense, participó en la Segunda Guerra Mundial, sirviendo al ejército de Estados Unidos. Durante la guerra contrajo tuberculosis. Tras el fin de la contienda Yates trabajó como guionista, redactor publicitario y escribió discursos para Robert Kennedy. Su primera novela, Revolutionary Road, fue elegida finalista del National Book Award en 1962 y adaptada al cine por Sam Mendes en 2008. Dio clases de escritura en las universidades de Columbia, Iowa, Wichita, la Universidad de Alabama en Tuscaloosa y la New School for Social Research. Escribió seis novelas y conjuntos de cuentos, Mentirosos enamorados (1981) y Once tipos de soledad (1962), de donde se extrajo el fragmento aquí reproducido. Murió en Birmingham, Alabama, en 1992.

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