Sanata sobre La marcha de San Lorenzo de Carlos Javier Benielli | Cara de Perro

Sanata sobre La marcha de San Lorenzo de Carlos Javier Benielli

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Daniel Tevini

Sanateos

[Fidel Pintos, durante la Década Infame, inventó la sanata: una especie de verseo, o chamuyo, alrededor de un tema prestado.]

 

Febo asoma, ya sus rayos brillan en la semioscuridad. El Metrotube está lleno de los mismos mamelucos anaranjados. Algunos izados hasta las rodillas, iluminan el histórico convento, las abandonadas fábricas de Molinos Río de la Plata. Hace calor. Los mamelucos dejan ver en la parte baja de las piernas, un tatuaje, algún lunar. Otros, tras los muros, escuchan las explosiones subterráneas, sordos ruidos, en la construcción de la nueva línea del Metrotube. Él, luce lampiño. Ninguna seña particular, como le aconsejaron siempre. No entiende todavía de qué manera se soborna a los revisores. Los rieles chirrían a la vieja usanza, oír se dejan de corceles y de acero, están desmagnetizados. Los parlantes de las estaciones suenan a full con la bendita marcha. La mayoría anda con auriculares, por no escuchar, son las huestes, que prepara cada ojo fijo en el tabloi. Él no puede sacarlo hoy. San Martín se metió en la web oscura. Tiene bajado un ejemplar, se siente listo para luchar en San Lorenzo. Los sensores ópticos del Metrotube podrían llegar a descubrirlo. Desciende en la estación, sube a la cinta correspondiente. A los pocos minutos, el clarín, estridente sonó, y ya está en su Unidad. Entra. Traba la puerta. Se prepara algo caliente para beber. Y la voz del gran jefe a la carga ordenó: saca su tabloi de la lunchera. La famosa marcha se escucha ahora más suave, hace ecos. Avanza el enemigo, desliza las pantallas hasta dar con la ubicación. Apenas un título. Los aspersores de ozono ronronean en el cuarto a paso redoblado. El título es un poco viejo: “Cómo tolerar la propia identidad”. Sube la velocidad de los aspersores. Y al viento desplegado, lo abre. Se encuentra con un universo gráfico de letras, algo que ya no recordaba. Lee muy por encima, saltea párrafos. Una luz colorada indica la saturación del sistema de aire, su rojo pabellón, se refleja en la pantalla. Se detiene en cada una de las secciones en que está dividido. ¿Capítulos, se llamaban? Trata de técnicas demasiado antiguas. Y nuestros granaderos, proponen básicamente la creación de identidades falsas, toda una serie de artilugios, aliados de la gloria, para interactuar en redes a partir de ese fraude. Sería imposible llevarlo hoy a cabo, tan solo unos pocos minutos se inscriben en la historia, para quedar después al descubierto. Las multas y sanciones, su página mejor, destrozarían su salario. Debe buscar más. La luz catalítica parpadea. Baja el interruptor, se queda a oscuras. El tabloi le ilumina la cara. Cabral, soldado heroico, deja a las sombras el resto de su cuerpo. Se adelanta unos cuantos párrafos, cubriéndose de gloria. Algo le resulta más llamativo, prometedor. Cual precio a la victoria, lee, “suelta tus rehenes”. Carece de gráficos que distraigan, apenas unas reglas básicas a seguir. Su vida rinde ante ese formato más ameno. Consiste en técnicas de anulación, señala que los principales rehenes a liberar son las expectativas, haciéndose inmortal. Llevarlas a un grado cero haría que nuestra nulidad fuese completa. Ser auténticamente nadie, y allí salvó su arrojo, podía convertirse en una de las mayores aventuras posibles. Lo ubicó en el margen del tabloi con la libertad naciente de los ítems reutilizables. Se tiró bajo el edredón, estaba helado, los reguladores térmicos, de medio continente, habían dejado de funcionar. Debía ser otro complot, un atentado, enseguida le llegaría la noticia. En efecto, escucha: “La insurrección ya ha sido sofocada. El foco de disturbio, simplemente extinguido”. Después vuelve la maldita marcha. ¡Honor, honor al gran Cabral! Se calienta una segunda bebida. Va a seguir leyendo, va a encontrar su manera. Se arranca los auriculares cuando oye, Cabral, soldado heroico, pero la marcha sigue afuera. Era obvio, que debía tomárselo con calma, cubriéndose de gloria iba a tener que leerlo por completo. Sin embargo, eso lo puso de buen humor. Comenzó a navegar por el texto, cual precio a la victoria, invertiría horas en desmenuzarlo. Se ríe de su estupidez, se ríe mucho. Pero encerrado en su Unidad, su vida rinde. La cabeza se le va llenando de ideas que lo entusiasman. Métodos cada vez más inverosímiles, absurdos. Uno propone andar sin vestimenta en público. Se imagina caminando desnudo por la calle, haciéndose inmortal, porque los demás comienzan a imitarlo. Todos andarían así, se ríe otra vez. Saltea varios párrafos, quiere saber a dónde lo lleva ese Metrotube de la lectura. Y allí salvó su arrojo. Lee: “Ata una cinta amarilla al viejo roble, como decía ese viejo poema inglés y patea el banco”. No lo conocía pero, la libertad naciente, sí, intuía algo en esa idea. El texto después traía las indicaciones necesarias para poder llevar a cabo el ejercicio. Intenta memorizar qué necesita traerse de medio continente. Lo primero consiste en encontrar en el exterior algo que se parezca a una cuerda, después un banco. No le preocupa demasiado, se siente un héroe, tiene la noche por delante. Sale. ¡Honor, honor al gran Cabral!

NegroFiero
Daniel Escolar
Rodrigo Peralta

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