Grande | Cara de Perro

Grande

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Por Frida Herz

no me siento ni bien ni mal

y esto debe tomarse

al pie de la letra.

 

Fabián Casas

Desierto

 

La última noche en Mar del Plata mamá nos dio piedra libre para la cena. Podíamos pedir lo que quisiéramos, pero no podíamos salir del hotel.

—A las doce los quiero en la cama. Cuidá a tu hermana y dejale la luz del velador prendida para que no tenga miedo —le dijo a Martín.

Deben haber sido más de las nueve cuando bajamos a comer, porque a las diez empieza el horario de protección al menor. Milanesas con papas fritas para mí, con puré para Martín.

—Dos coca colas con hielo por favor. A la cuenta de la habitación veintiocho, gracias —le dije al mozo de camisa blanca y pantalón negro que me miraba del otro lado del mostrador.

Me sentí grande cuando me incliné y apoye los codos sobre la barra de madera lustrada del comedor del Hotel Dorá. Gran hotel. La pierna derecha estirada, la izquierda apenas doblada y la cadera inclinada hacia atrás. Escribí mi firma sobre el recibo que me dio el mozo y le sonreí. Terminamos de comer y Martín me dijo que salía a dar una vuelta.

—Quedate acá —me dijo.

Subí a la habitación y me miré en el espejo. Tenía el pelo más claro, y al fin mamá había dejado que me creciera más allá de los hombros. Me metí en la ducha y me enjaboné el cuerpo y el pelo con el shampoo que había llevado desde Buenos Aires. El que ofrecía el hotel no tenía suficiente olor. Terminé de vestirme y volví a mirarme en el espejo. El jean me marcaba la cadera y el roce de la remera de algodón contra la piel me confirmó que había llegado el momento de comprarme un corpiño.

Cuando bajé con el pelo todavía mojado Martín estaba sentado en frente del televisor de la parte de atrás del lobby, en un salón oscuro, con mesas bajas y sillones de cuero negro desaliñados en frente de un televisor Grundig. Me senté al lado de él y sentí el olor a cigarrillo. No sabía que Martín fumaba.

—Te bañaste —me dijo.

No me acuerdo de qué se trataba la película. Sí del silencio alrededor del televisor, de las voces, las toses y los ruidos de los pasajeros que estaban más allá. De los que entraban, salían, y conversaban en el lobby, con la alegría y el permiso que dan las vacaciones al lado del mar. Me acuerdo también de la cara de uno de los hermanos que estaban, como nosotros, librados a su suerte. Fue el más chico, el de flequillo oscuro y aparatos fijos brillándole encima de los dientes el que lo dijo.

—Ahí se la metió —dijo.

Dejé de mirar la pantalla cuando lo escuché, justo después de que Federico Luppi con el bigote tupido y el pelo engominado para atrás se acostara desnudo encima de una mujer rubia. No sé quién era la actriz, solo sé que hizo ah. No lo dijo, lo hizo. Ah. Un ah corto y seco. Sin reproche ni queja. Miré de reojo a Martín, pero no me estaba mirando.

Cuando terminó la película salió de nuevo a fumar y yo subí, me puse el camisón blanco de lunares celestes y me metí en la cama. Le abrí cuando tocó la puerta. Se sacó la remera, las medias y el traje de baño, apagó la luz del velador que estaba en la mesa de luz y se metió él también en la cama. En la suya y después en la mía.

No hice ah. Me quedé quieta, con los brazos a los costados del cuerpo, rozándome las caderas con las palmas de las  manos en cada movimiento y mirando el techo que no podía ver en la oscuridad.

—¿Querés que prenda la luz? —me dijo cuando terminó.

—No gracias, ya estoy grande.

Después dormimos, cada uno en su cama.

 

Frida Herz nació en Buenis Aires en 1976. Le debe el amor a los libros a su mamá, que leía y le leía cada vez que podía.

Escribe cuentos, poesía y acaba de terminar su primera novela.

Participó en los talleres literarios de Inés Garland, Ariel Dillon y Santiago Llach. 

herzfrida@gmail.com

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