Un General Electric | Cara de Perro

Un General Electric

Numero 12
Cecilia Garino

 

 

Me miro al espejo. Puedo ver el desorden fuera y dentro de mí. Como si una tormenta hubiese barrido con todo. Me lavo la cara pero no me peino. Estoy en piyama y en ojotas. El piyama fue un regalo de mi suegra. Es de color rosa con lunares blancos. Pensé que nunca lo usaría, pero es de puro algodón peruano. Un piyama de payasa.

Es domingo, está fresco, y voy quedarme en piyama todo el día. Lleno la taza con café. Cruzo el jardín. Subo al auto.

Antes de cruzar la avenida me detiene el semáforo. No hay un alma y está ventoso. Hay gotas y hojas de árbol pegadas al parabrisas. Debió llover anoche. El semáforo se pone verde pero no avanzo. Esta vez a nadie le importa. En general a nadie le importa nada. Un colectivo se detiene en la avenida. No alcanzo a ver pero dentro de ese colectivo hay un chofer. Quizá tenga un termo con café. Una taza. Y estoy yo, detenida, cuando debería avanzar por la avenida. Hay algo interesante en no hacer lo que hay que hacer:

Nena, no estás diciendo y yo necesito que digas.

Esas fueron sus últimas palabras antes de cerrar la puerta y dejarme sola frente a la enorme mesa blanca y el cigarrillo apagado.

Parece que no estoy diciendo. No estoy diciendo.

Llego al shopping. Estaciono. Tomo el ascensor. El shopping está prácticamente vacío. Ni siquiera están los hombres de seguridad. Los locales tienen sus puertas abiertas pero nadie entra ni sale. En el segundo piso, la peluquería es el local más importante. La vidriera está encendida y por fin veo una persona. Una mujer que limpia los ventanales.

El ascensor se detiene en el tercer piso. Al fondo del pasillo, en grandes letras rojas, se lee el nombre del local al que voy. Mis amigos dicen que me gusta hacerme ver. Lo mío no es un corte de pelo ni ropa nueva. Camino por el pasillo. Voy a hacer esto en el menor tiempo posible con el menor costo posible. Cruzo la puerta del local. Un grupo de vendedores que conversa en ronda, se queda en silencio y me mira. Alcanzo a ver los gestos de sorpresa. Uno de ellos se tapa la boca. Un piyama es un escudo. Un repelente. Nadie se acerca a una persona en piyama. Eso deberían saber mis amigos; la libertad empieza con un piyama. Camino entre la hilera de electrodomésticos y lo veo. No tengo dudas. Es hermoso. Le paso la mano por el lomo esmaltado y no sé si estoy diciendo o no estoy diciendo. No lo sé. Pero el lavarropas es suave. Es un General Electric precioso. Me hace pensar que puedo meterle un edredón de plumas. Que va a lavar sin romperse, que estará hasta el final. Abro el cajoncito donde se vierte el jabón: limpísimo. Abro la tapa frontal: olor a nuevo. Claro que no voy abrazar al lavarropas, conservo cierto sentido del ridículo, pero podría. Sí que podría. En el display se lee: jeans, ropa infantil, ropa delicada, lavado rápido, secado. Es el lavarropas de mi vida.

Un vendedor se acerca. Camina con soltura. Tiene puesto un pantalón negro. Una camisa blanca toda abotonada. Corbata. Cinturón. Zapatos lustrados. Es un hombre bajo, sonríe.

—Es domingo —digo antes de que pueda abrir la boca.

Él levanta las cejas. Ahora que está más cerca me doy cuenta de que no es exactamente un hombre bajo sino que tiene mi misma estatura y eso me gusta. Serian abrazos sin dificultad. Abrazos cómodos. Mira en su celular.

—Sí —dice al fin—. Es domingo 23 de octubre y son las 10:12 minutos.

Y ahora hay algo en sus ojos. Un brillo que parece esconder una idea.

“¿Eso es todo? ¿El día, la fecha? ¿Y lo inesperado?” podría decir, pero lo único que digo es que me llevo el lavarropas.

Saco mi tarjeta de crédito, mi documento y cuando estoy por dárselos me arrepiento.

—Ni se te ocurra mirar la foto —digo.

Y le sale una carcajada que lo desarma. Tal vez piensa que si estoy en piyama no debería importarme lo fea que estoy en la foto. Con un gesto exagerado guarda el documento en el bolsillo de su camisa (la promesa de que cumple con mi pedido). Se toma un momento y empieza un dialogo que parece un juego de niños:

—¿En cuotas?

—Lo que tengas sin interés.

—¿Tres?

—Tres.

—¿Garantía extendida?

—De ninguna manera.

—¿Lo enviamos a capital o provincia?

—Provincia.

—Son doscientos más por el envío.

—¿Cuándo llega?

—El martes.

—Hecho.

 

Nos quedamos en silencio. Él tiene esa mirada de algo en la punta de la lengua. Sabe que aún no es el momento, pero en algo está pensando. Y parece que yo, otra vez, no tengo nada más para decir. Me pide que lo acompañe a las cajas.

“No es tan malo un piyama” eso quisiera decirle, pero es tarde.

Hay tres cajeras frente a mí. Tienen puestas camisas blancas con moños rojos. Polleras, medias largas, zapatos. Y aunque se ríen me da pena que todos estén tan vestidos un domingo temprano. La ciudad está mojada, fresca, y ellos acá, bajo los tubos fluorescentes, sin siquiera una ventana.

El vendedor dice que una vez que termine de pagar tengo que ir al sector de despacho y señala estirando el brazo. Y a mí me dan ganas de verlo en jean y remera. Miro hacia donde me indica y me doy cuenta de que está a menos de cuatro metros de donde estamos parados y él con el brazo estirado como si señalara un punto distante.

—¿No irán a entregarme el lavarropas?

Está vez sonríe con ternura, con una mirada seria, como si lo que tenía en la punta de la lengua, de pronto, se hubiese vuelto real. Se queda callado. Me recorre con la mirada y yo temo que el piyama tenga una mancha de café o de manteca. Quiero decirle que esa mirada de estar pensando es muy linda, pero una cajera me interrumpe.

Me pide los datos de entrega. Pasa mi tarjeta. Salen papeles del Posnet. Firmo varias veces, me dan una garantía del local, una garantía de la fábrica, un papel sobre la no garantía extendida y aunque no alcanzo a ver la letra minúscula, hago como si leyera cada papel.

—Terminamos —dice la cajera y me entrega la tarjeta.

—¿Y mi documento?

—En el sector de despacho.

Espero debajo del cartel hasta que aparece un chico. Otro chico. Nos separa un mostrador. Extiende un papel grande como un individual de mesa. Tampoco veo lo que dice pero parece no importar porque el chico estampa un sello en el papel, lo dobla y me lo entrega.

—¿Y mi documento?

—Te lo entrega él —dice y desaparece dentro del sector de despacho.

Y veo a mi vendedor que se está acercando y está claro que hizo trampa. Fue él el que organizó este encuentro sin sentido. Y ahora que estamos solos se acoda en el mostrador como si estuviera en un bar a punto de pedir un trago. Y algo de este grupo de empleados que quiere divertirse mientras trabaja debe gustarme, porque no hago nada. Dejo que el vendedor con mirada de pensar hable. Él desliza mi documento por el mostrador. Su mano tapa el documento.

—Quiero que me dejes ver la foto.

—Ni loca.

—Te muestro el mío. Mi documento. Mi foto.

—Ya me estás viendo en piyama, ¿no es suficiente?

—No voy a ver la foto sin tu permiso. Quiero que digas que sí, después vos y tu piyama y tu pelo se van y yo al menos tuve un sí.

Sus ojos me hacen sentir vergüenza por primera vez. Estoy bastante desnuda con un piyama en un local.

—Un sí —insiste.

Miro alrededor. Las cajeras conversan. Los otros vendedores también. No hay ningún cliente.

—Un sí —repite y un calor me sube por las mejillas.

 

Cuando salgo del shopping llueve y hay sol. Busco el arco iris y lo encuentro.

Nena, no estás diciendo y yo necesito que digas fueron sus últimas palabras, y me dejó sola, con la puerta cerrada, el cigarrillo apagado, y la inmensidad de la mesa blanca.

 

 

Sebastián Ronchetti
Por Daniel Tevini

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