Algo para el frío
Revista Número 21
Por Javier Santos Rodríguez

No sé muy bien por ahora sobre qué voy a escribir; y en tanto espero que me vengan las palabras empiezo a desesperarme ya también por cómo escribirlas, por dónde empezar y hasta cuándo contar lo que ha de venirme entre los dedos. Para eso le rezo e invoco a la RAE, para que me dé letra, sin faltas de ortografía.
Pienso en tantas cosas juntas y vacías, tanta porquería mezclada con lo bueno, y trato de tejer los hilos de que están hechas las mejores para formar un tapiz, un pulóver que me abrigue, que me ponga a resguardo del frío que son la impotencia, la abulia, la anhedonia. Con punto cruz, en crochet, o alguno de esos. ¡Dame hilo, Penélope! ¡Dame ideas, Platón! Pero que no sea como el pulóver de Cortázar.
Entonces me recluyo en esta habitación atestada de libros que me rodean y que pienso describir con detalle. Tal vez si me ponga a contar que estoy en una biblioteca solo, los mismos libros de alrededor me sirvan en esto de crear un texto con significado, con trama, como un pulóver.
Me hallo sentado ante el escritorio principal de la biblioteca que se alza apenas de la tierra en un barrio de vecinos que ya no leen. Libros viejos, de páginas amarillentas, ajadas, con telas de araña en las tapas. Siempre pienso la literatura como en vías de extinción, como parque nacional y patrimonio, pero también como museo, como anacronismo, y hasta algunas veces como triste obsolescencia.
Y cuando uno mira el libro como objeto en extinción inmediatamente piensa en la muerte, como el yaguareté al que le han atravesado con una lanza el corazón. Pienso en el papel, en las tapas, en el volumen; y en los volúmenes, y en las colecciones y revistas, y en las enciclopedias; en los manuales de electricidad, en los manuales de tejido, en tantas otras aristas del saber que no sabemos. Todo junta polvo y todo pierde valor.
Ahí Don Quijote, cerrado y triste. Olvidado. Allá La dama de las camelias, apolillada. Sobre uno de los estantes del sector C, Veinte mil leguas de viaje submarino, al que le faltan páginas. Y así todo, carcomido por la quietud.
Esto ocurre con el transcurrir del tiempo, las horas, los días, los años, esa pérdida de tiempo que ahora aprovecho para ensayar estas líneas de fuga. Punto, punto, punto. Una manga, la sisa, el cuello.
Me han dado la oportunidad de coordinar el espacio de este cementerio de artes y de ciencias, como encargado de depósito de cachivaches para el mundo, o custodio de poetas muertos y malditos: Rimbaud, el Conde de Lautréamont, uno del Marqués de Sade. La gente viene, no ya a donar libros, sino a deshacerse de ellos; por lástima no los tira afuera, a la calle; entonces vienen y los dejan aquí, se deshacen de su materialidad, de su volumen y de su peso como si fuera una culpa. Sonata de Otoño, Valle Inclán.
Hay días con luz en los que aparece un interesado o una interesada y pide por El señor de los anillos. Son pocos esos días. Si tuviera la posibilidad ahora de desear y que se cumpla, encendería una vela por que la cultura del libro resurgiera acaso y por lo menos como lugar de la arqueología, esa ciencia detectivesca del pasado, buscadora de las fuentes que pueden dar sentido al porvenir. Nadie encendía las lámparas, Felisberto.
Pero la gente sigue pasando de largo, alimentando mi abulia, mi anhedonia, mi ataraxia. Sin embargo, gracias al libro, tengo el espejo de lo que soy sobre cada hoja escrita. Y en tanto que me dedico a leer y a escribir, las horas pasan de moda. Ya no hay tiempo perdido porque ya no hay tiempo que perder, porque entonces no hay siquiera tiempo.
La temperatura de la hoja escrita, su textura, su olor, su contenido, su imagen, su idea. Todo, todo es parte de mí y de este tiempo que no llega. Voy juntando línea tras línea el placer de la lectura y los libros llegan y llegan y llegan. La gente sigue desprendiéndose de ellos como si fuera ropa vieja. Pero yo, entretanto, buceo entre las páginas abiertas como un amante al que le traen noticias de su amada; como Cyrano, como Werther, como Emma Bovary, como Romeo y Julieta. Un amor muerto que resucita entre las hojas de cada libro cuando la brisa de la ventana levanta mi flequillo.
Ahora me parece tener un pulóver, una trama que ha empezado allá por pensar la punta del ovillo y que ya tiene una forma. Yo también soy parte de la trama que es este corpus de letras y puntos, soy el que teje y el que además es tejido en esta biblioteca abandonada, el que lee y el que escribe y el que sin darse cuenta pierde lana y pulóver a causa de la polilla, esa mala polilla de la quietud que trabaja incansablemente por quitarme las palabras, la lana, el pulóver entero.
