Cinema Dwarf

Revista Número 21

Por Alejandro Frinkel

Primera parte
Los enanos artistas

Budapest, Hungría,  julio de 1944

1

Europa estaba rota. En el oeste, las tropas aliadas habían pisado Normandía; en el este, el Ejército Rojo avanzaba por Polonia como una mancha de aceite. Entre ambos frentes, Hungría vivía sus últimos meses de ocupación. Desde marzo, las botas alemanas pisaban sus calles. En el norte, aldeas enteras habían dejado de encender las luces por la noche; y los trenes partían llenos y volvían vacíos, o no volvían. 

Sin embargo, Budapest parecía intacta. Los cafés permanecían abiertos. Los tranvías atravesaban la ciudad con menos pasajeros. Era un verano espeso, de calor y de miedo. Los diarios publicaban que los movimientos aliados eran pura mentira; en las radios infiltradas por los nazis se repetían discursos sobre el triunfo de los ejércitos de Hitler. Mientras tanto, las fábricas de muerte tenían órdenes de los altos mandos, de no detener el exterminio.

En los despachos del Reich se hablaba de “reubicación” y “evacuaciones”, como si las palabras pudieran cubrir el olor a cuerpos calcinados que viajaban con el viento desde los campos hacia la frontera polaca, los nazis empezaban a hacer el intento de disfrazar sus crímenes. 

2

El secretario escuchó del otro lado de la puerta, y dudó en interrumpir. El general llevaba media mañana con la misma melodía y no quería ser molestado, solo quedaban quince días para el concierto sorpresa que él, y su hija darían en el cumpleaños de su esposa. La hija estaba preocupada, a ese ritmo de ensayos no llegarían a tiempo para el concierto. 

El general, confiaba en que lo harían, parado frente al espejo cerraba los ojos, apoyaba su mentón contra la madera fría del violín y retomaba desde el principio una y otra vez. Los dedos gordos le dificultaban el estudio del instrumento. Usaba tiradores y faja para esconder la panza. 

La melodía tardó en aparecer, el sonido era bajo, el brazo temblaba, hacía vibrar el arco.

El secretario golpeó la puerta del despacho con timidez y se escuchó el chillido de la cuerda.

—¿Y ahora qué? —dijo el general. 

—¡Heil Hitler! —dijo el secretario, dio un paso al frente y golpeó los tacos de las botas— Papeles urgentes —agregó.

El general dejó el violín, y el arco sobre la mesa, agarró la carpeta de cuero que tenía grabada la cruz esvástica en color dorado, caminó hacia el escritorio y se sentó.

—¿Cómo está su hija?

—Se recupera, gracias mi general.

—Es importante que haga reposo, en estas tierras inmundas, y con estos fríos cualquiera está a merced de enfermedades extranjeras.

El general, sintió el aroma a cuero nuevo. Agarró la lapicera pluma que le había regalado el Führer durante la cena de camaradería de las S.S. en Berlín el día que fue ascendido. Sobre el escritorio había dos portarretratos, en uno había una foto de su esposa y sus dos hijas, en el otro una foto mal enfocada, donde un perro ovejero le lamía la cara. También había una libreta donde él escribía poemas inspirados en el Führer. 

Se tomaba su tiempo, era meticuloso para leer los documentos. Entre mayo y julio de ese año había firmado la deportación de 424.000 judíos húngaros, que habían sido deportados en trenes con destino al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, y la autorización para que la gendarmería húngara colaborase con la S.S. en el operativo. 

—¿Y esto? —preguntó el general.

El secretario se inclinó un poco hacia adelante.

—Enanos, mi general.

—¿Enanos?

—Enanos, siete enanos artistas para ser preciso, están en el mismo tren, señor. 

—¿Cómo en el mismo tren? ¿Quién autorizó esto? Es claro que una cosa son los judíos y otra son los enanos, eso es una obviedad.

—Himmler. Señor. También tiene la firma del Führer en persona, señor. 

El general se puso de pie. 

—¡Heil Hitler!

El secretario levantó el brazo.

—¡Heil Hitler! —repitió.

El general se sentó nuevamente. 

—3493 judíos y 7 enanos. 

—Exacto señor.

—Esto le puede interesar a mi amigo Josef. 

Revisó los documentos, asintió con la cabeza.

—Que los mantengan a salvo y se los entreguen a él en persona.

—Como usted ordene mi general.

Con su firma, el general Franz Abromeit, experto en deportaciones, autorizó el traslado de las obras de arte expropiadas a los judíos húngaros en el tren de las seis de la mañana desde Budapest a Berlín. El traslado de los judios y los siete enanos a los campos. Cerró la carpeta y se la devolvió al secretario. 

—Que se mejore su hija.

—Gracias general. ¡Heil Hitler! El secretario golpeó los tacos de las botas y salió por la puerta.

—¡Heil Hitler! —respondió el general. 

Agarró el violín.

—No vas a poder conmigo pequeño amiguito con cuerdas.

3

El tren de la red ferroviaria nacional alemana Deutsche Reichsbahn, tenía como destino los campos de Auschwitz-Birkenau. Cargado con judíos griegos, macedonios, bosnios, croatas y húngaros, se detuvo antes de cruzar la frontera polaca por desperfectos en uno de sus vagones. 

Afuera, las órdenes de los soldados, en un idioma que pocos prisioneros entendían, retumbaban en el campo. Se escuchaba el eco de los disparos y ladridos de perros. Algunos soldados se divertían escupiendo contra las ventanas de los vagones y decían a coro “Auf Wiedersehen, dreckige Ratten”. Adentro, el olor a vómitos, orines, a metales oxidados y carbón se sumaba a la falta de aire. La mayoría de las ventanas estaban tapiadas, en las que tenían barras de hierro los prisioneros mostraban sus brazos. Los pisos de los vagones eran de tablones de madera astillada. El murmullo se hacía más fuerte. Sin espacio para moverse, los prisioneros no sabían en qué parte del mapa estaban. No veían una señal, un cartel. Cuando algún judío moría, lo arrastraban hacia el fondo, y le sacaban el abrigo y lo que tuviera de valor. En medio del hacinamiento, el hedor, y ese calor imposible, una mujer enana de cara huesuda y manos fuertes le terminaba de cantar una canción al oído a su bebé de pocos meses. Con una coordinación rudimentaria, utilizando un pedazo de soga y el abrigo de un judío muerto, los demás enanos lograron hacer un paquete para proteger al bebé. Mientras ocultaban la escena de la mirada de los soldados alemanes, la mujer lo bajó lentamente por el hueco donde los judíos hacían sus necesidades durante el traslado a los campos. El tren no tardó en ponerse nuevamente en marcha, y solo minutos después, el bebé quedó entre las vías bajo un cielo de verano.

4

Eran las cinco de la mañana cuando el mismo tren fue recibido por oficiales de la S.S. en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Con música de Wagner de fondo, entre gritos y ladridos de perros ovejeros, mujeres, niños y hombres formaron filas delante de los hangares. Mientras los llantos de las madres enfurecían a los oficiales de las S.S., otros oficiales se entretenían dando golpes y al mismo tiempo ordenaban desnudarse y arrojar pertenencias sin valor a una hoguera desde donde el humo llenaba de olor a peste y hacía el aire irrespirable. Las cosas de valor eran apiladas y seleccionadas en los hangares. En el centro del campo, después de rapar a los prisioneros, hombres vestidos con guardapolvos blancos revisaban las bocas esperando detectar dientes de oro, los que arrancaban con tenazas de carpintería.

Los enanos artistas fueron separados de los demás y enviados como ofrenda a Josef Méngüele. Los prisioneros acusados de ser homosexuales, comunistas, intelectuales y religiosos fueron puestos de espaldas a una montaña de bolsas de tierra y fusilados de inmediato. Los más fuertes fueron separados para el trabajo en los campos, los restantes llevados en caravana, primero niños, mujeres y por último los hombres. Los rezagados fueron golpeados en las piernas con varas de madera hasta sangrar. La caravana llegó a otro hangar donde fueron obligados a entrar en las cámaras de gas. Para el final de la guerra terminarían siendo 565.000 los judíos gaseados en los campos.

5

Horas más tarde, mientras el cielo empezaba a apagarse y la noche caía sobre las vías del tren, una monja del convento Spišská Kapitula, llamada Viktória, a quien le habían permitido andar a caballo, vio algo que le llamó la atención mientras estaba de regreso. La estrella de David cosida en la tela del paquete hizo que se acercara un poco más y al moverlo con la mano descubrió la cara rosada de un bebé. De inmediato montó a caballo y regresó al convento deseando que las demás hermanas le ayudasen a protegerlo de las hordas nazis. Después de varias reuniones, las hermanas mayores decidieron no dar aviso a las autoridades, y mantener al bebé oculto en el convento, como a veces hacían con hijos de mujeres desesperadas o soldados heridos. Lo llamaron “Majhna” (pequeño) en idioma esloveno.

Algunos meses más tarde, Robert Mac Marcian I —empresario inglés de una firma de aceros con negocios en Europa del Este— visitó el convento para ofrecer donaciones. Pero su verdadera intención era la mano de obra barata y sobre todo, discreta. Allí, fue donde conoció la historia de “Majhna”. Imposibilitado de tener descendencia y viendo en aquel niño la promesa de un futuro, decidió adoptarlo. Como no tenía ninguna identidad, Robert firmó la adopción con los documentos falsos que consiguió a través de un contacto local, y lo llevó a Inglaterra. En los registros quedó asentado como Thomas, aunque la familia le dio un nuevo nombre, una nueva identidad y un lugar seguro, lejos de las hordas nazis. Así, el pequeño sobreviviente se convirtió en Robert Mac Marcian II.

Continúa

Reseña de la saga Cinema Dwarf

En1944: un bebé enano, sobrevive al destino de Auschwitz. Una monja lo rescata y, tiempo después, es adoptado por la familia inglesa Mac Marcian. La saga sigue el recorrido de varias generaciones. Cinema Dwarf no es una historia sobre enanos: es una historia que intenta narrar cómo la compasión humana trasciende, aunque el mundo insista en hundirnos en el desprecio.

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