Entre Piquito de oro, el misterio y Gustavo Ferreyra

Revista Número 21

Por Demian Naón

¿Cómo fue tu infancia en relación con la lectura?


En mi casa se leía, aunque no podría decir que fuera una casa culta. Mi viejo tenía un pasado complicado (combatió como voluntario en la Segunda Guerra Mundial, en África, en las Fuerzas Francesas Libres), pero yo nací cuando trabajaba de simple empleado. Igual, en esa época la lectura ocupaba un lugar importante. Creo que a los cinco o seis años uno ya empieza a elegir más el mundo que la familia, y la literatura estaba fuerte en el mundo.

Aunque, paradójicamente, bastante menos en la infancia que hoy en día. Yo leía los clásicos de aventuras: la colección Robin Hood, Salgari, Verne, todo ese universo de textos que en mi caso llevaba al placer y a la adicción. Cuando yo era chico, los pibes jugaban a la pelota, eran más callejeros. La lectura se vinculaba con el mundo de los adultos, tal vez. Yo vivía por Ortúzar e iba al colegio José Mármol, en Plaza y Carbajal. También andaba mucho en la calle, claro, pero la lectura siempre estuvo ahí.

Hoy a los chicos de las capas medias se los incentiva más a la lectura pero una abrumadora mayoría la abandona en la adolescencia para pasarse a lo audiovisual. Antes, ser adulto de capas medias suponía leer ensayos, ficción, qué sé yo. Capa media suponía algo más que levantar una oreja de 

conejo cuando tintinea una moneda.

¿Quién te compraba los libros?


Mis viejos. Era una casa de lectores promedio: no gente culta, pero sí lectores. La obligada Selecciones del Reader´s Digest, por ejemplo. Mi mamá leía novelas románticas o Morris West; mi viejo de intriga internacional. No eran “grandes lecturas”, pero se leía, y esa costumbre estaba.

¿Alguna vez robaste libros?


No, pero sí recuerdo leer de noche con una linterna, escondido bajo la frazada. En esa época no te dejaban leer después de cierta hora. Ese recuerdo me quedó grabado: la lectura como algo prohibido, más que compartido.
A los 13 o 14 años empecé a leer otras cosas. Era el paso de la primaria a la secundaria, en aquellos tiempos el fin de la infancia. Y también una época dura: comenzaba la dictadura.

¿Recordás alguna lectura que te haya conmovido?


Sí. Creo que El túnel, de Sábato, fue un antes y un después. Lo leí a los trece años, entendí poco, pero me impactó. Fue el primer libro “de adulto” que agarré.
Estaba veraneando en Mar del Sur, y a partir de ahí empecé a buscar lecturas más serias. Me guiaba por el suplemento cultural de La Nación, veía qué libros “había que leer” y trataba de conseguirlos. Muy pocos estaban en casa, empecé a comprar libros por mi cuenta. Fue una transición: a esa edad se mezclaban Agatha Christie, El túnel y cualquier cosa que me despertara curiosidad. Una ensalada, pero con ganas de leer.

¿Llevás diario personal?


No. Nunca. Pero siempre tuve buena memoria.

¿Tuviste experiencia en talleres de escritura?


Tampoco. Cuando empecé a escribir ni existían. Cuando aparecieron, ya había escrito… no sé, quince años por mi cuenta; ya había escrito El amparo, El perdón. Los talleres surgieron a mediados de los 90, me parece. Yo estaba escribiendo El desamparo, supongamos. 

¿Cómo relacionás la Sociología con la literatura?


Bueno, mi mujer y varios de mis amigos también son sociólogos, así que por más que hoy casi no leo textos sociológicos, formó y forma parte de mi vida. En mi caso, la conexión vino en la adolescencia. A los 17 o 18 años estudiaba en una escuela industrial, y mi camino parecía más técnico, más matemático. Pero en paralelo la literatura me abría a otro tipo de pensamiento, más ligado a la observación, a lo social, a entender cómo vivimos. Me interesé por la política, rompí con la clase media que me rodeaba y odié la dictadura. Estudié Sociología. Literatura y vida política coexistieron desde entonces, mezclándose algo quizá.

¿En qué momento de tu vida te sentiste escritor por primera vez?


Ay… no sé. Escribí, y sigo escribiendo. Pero eso de “sentirse escritor” es difícil. Mirá, el mundo tiende a decirte que sos lo que hacés para ganarte la vida. En ese sentido, soy profesor más que escritor. No sé si tiene una respuesta. Nadie la tiene, en realidad. Esa parte cada uno la rellena como puede.

¿Qué escritores te hubiera gustado que te influenciaran? ¿Y cuáles sentís que realmente te marcaron?


No sé… muchos los leí cuando ya tenía un estilo propio. Walser, Celine o Henry Miller, por ejemplo. O sea, los escritores que según la crítica parecieron orientarme los leí después de tener un estilo propio y de tres o cuatro libros publicados. Pero no creo en eso de las influencias directas. Supongo, el Ulises.

¿Qué sensación te dejó leer Ulises?


Una cosa compleja, claro. Lo leí en traducción, al castellano. Había noches que leía una página y me dormía. Pero igual lo seguí. Me parecía un libro que te descoloca, que te exige otro tipo de atención. Increíble, por otro lado; toda la vanguardia está ahí. Todos los estilos están ahí. Tiene fragmentos de una belleza demoledora.

¿Es cierto que escribís a mano alzada, hacia arriba con biromes Bic?

Es cierto. Escribo a mano, echado en un diván.

¿Cuál es el truco para estructurar una novela?


No hay trucos.

No te creo.

No me creas.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Cuántas correcciones puede tener un borrador tuyo?


Empiezo con bocetos muy vagos, cinco o diez renglones. Después lo voy estructurando, pero la historia siempre está “dentro”, como jugando a ciegas. La concentración es el truco si vos querés, porque no voy releyendo, sino que avanzo y avanzo y todo lo anterior está en la cabeza. No hay un secreto más allá del oficio y del tiempo. 

En general, lo que está en el cuaderno y fue saliendo renglón por renglón con la Bic, es lo que se publica. O sea, hago pocas correcciones. Mis editores casi no intervienen; confían en mí. Escribo para mí, no para lectores ni escritores, aunque publicar trae inevitablemente un público.

¿Tus personajes te sorprenden?

Sí. En la saga Piquito, por ejemplo, los personajes viven su propia vida. No hay una estructura rígida. Piquito se lanza y encuentra su propia verba. Y todo avanza a la vez, como subir una cámara dentro de sus cabezas.

Algunos colegas, te consideran el mejor escritor vivo, en Argentina.

No digas eso. 

No lo digo, pero eso me comentaron y en varias oportunidades.

En principio, no escribo para la fama, ni para premios, ni para etiquetas. Escribo porque escribir es un hacer que me hace. Me gusta escribir y me hace ser quien soy, aunque luego no me salga fácil decir: soy escritor. Y si alguien lo reconoce, bien; si fueran muchos, mejor. Son pocos, qué se le va a hacer.

¿Qué escritores actuales o pasados considerás que marcan la literatura?

Joyce, Kafka, Proust, Dosto…, Arlt, Borges, unos cuantos más, son las bestias. Te enseñan el límite de la escritura. Cada uno dejó su marca, y uno escribe con eso presente, aunque no de manera consciente.

¿Creés que existe la cancelación en la literatura?


No lo sé. No lo creo. Mirá, la literatura es libertad absoluta. Si te autocensurás, perdés el sentido de escribir.

¿Y en los talleres? ¿Se autocensura la gente?


Me imagino que sí.

¿Qué le dirías a un pibe que se automodera al escribir? Que duda, que te pregunta “¿esto está bien o lo saco?”


Le diría que no se canse de probar. Si creés que algo va ahí, va ahí. Todo puede formar parte de un texto literario. Un texto son frases que se buscan unas a otras. De repente aparece una palabra y tiene que estar ahí, aunque incomode. A veces hay que decir “cajeta”, aunque suene machista, aunque choque. Pero si esa palabra pertenece al texto, si tiene su lugar y se hace evidente que no hay otra, por sentido, por sonoridad, entonces hay que dejarla. Es así: el lenguaje no siempre es correcto, pero tiene verdad.

¿Un lugar en el mundo?


Cuesta Blanca, en Córdoba. Tengo una cabaña ahí. Es el lugar al que vuelvo siempre.

¿Un acierto y un fracaso?

El momento de irme de la casa de mis viejos, de empezar una vida distinta, de salir del nido. Fue difícil, una elección costosa en su momento por las circunstancias. Pero necesaria. Fue un acierto, que luego supuso pagar todo lo que se paga cuando Dios escucha tus plegarias. 

Fracaso: lo que no hacés. No haber aprendido a tocar el piano, por ejemplo. Eso me pesa. No tocar Para Elisa, algo sencillo… eso sí es un fracaso para mí.

Si de un lado del túnel estuviera el Gustavo niño, y del otro, el Gustavo de ahora. No podrían tocarse, pero sí verse y hablarse. ¿Qué creés que se dirían?


Le diría el grande al chico: “Qué sabio que eras, Gustavito”.

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