Jose Maria Arguedas
Revista Número 21
Por María Teresa Andruetto

La Revuelta de la Sal fue un conflicto armado entre comunidades indígenas de Huanta y el Ejército del Perú, durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando la pequeña aristocracia terrateniente del interior peruano fue desplazada del poder por sus pares costeros y la burguesía mercantil del litoral, dedicada a la exportación de guano y caña de azúcar. En consecuencia, la producción del interior quedó relegada y Perú se fragmentó política y económicamente. En ese contexto el Estado se adjudicaba el monopolio del comercio de la sal e imponía impuestos, algo que nunca había sucedido en la historia de la región. En un intento por defender su modo tradicional de vida frente al nuevo capitalismo, los campesinos indios del interior se levantaron en armas bajo la dirección de la aristocracia regional. «…Desde los tiempos del Rey jamás hemos pagado por la sal que Dios ha creado en los cerros para los pobres y con la que nos han bautizado».
Quien nos habló de estas cosas desde la perspectiva de los indios fue José María Arguedas, uno de los (sino el) más grande escritor peruano de todos los tiempos. Escribió novelas, cuentos, ensayos, poemas en quechua −su lengua primera, a falta de madre, trasmitida por las indias que servían en la casa de su madrastra− mitología prehispánica, folclore, educación popular. Haberse educado dentro de dos tradiciones culturales, la occidental y la indígena, le permitieron comprender y describir como ningún otro intelectual peruano la compleja realidad de los indios con quienes se identificó de una manera desgarradora. Lo que preside toda su escritura es la vida, y los sufrimientos de ellos en las haciendas y aldeas de la sierra del Perú y su búsqueda mayor, la más compleja, fue la lengua, cómo hacer hablar a sus indios en el castellano de sus libros, cómo encontrar una lengua que permitiera que sus personajes (monolingües quechuas) se pudieran expresar en un castellano que no sonara falso. Lo resuelve con una mixtura inventada sobre una base de palabras de origen español y con el ritmo sintáctico del quechua, para trasmitirnos la desposesión de tierras que sufren los habitantes de las comunidades y la dignidad del nativo que supo preservar sus tradiciones a pesar del desprecio de los sectores de poder.
«Yo no soy un aculturado −dijo− yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece… lo he conseguido», dijo en el discurso que dio un año antes de su muerte, al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega.
Soy hechura de mi madrastra, mi madre murió cuando yo tenía tres años. Cuando tenía seis, mi padre se casó en segundas nupcias con una mujer que tenía tres hijos. Yo era el menor y como era pequeño me dejó en la casa de mi madrastra que era dueña de la mitad de un pueblo. Tenía mucha servidumbre indígena y el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio. Y como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo debía vivir con ellos en la cocina.
Comer y dormir ahí.
Mi cama fue una batea de esas para hacer el pan, todos las conocemos; sobre unos pellejos y con una frazada un poco sucia pero bien abrigadora. Pasaba las noches conversando y viviendo tan bien que si mi madrastra lo hubiera sabido me hubiera llevado a su lado para torturarme.
Así viví muchos años.
Cuando mi padre venía a la capital del distrito era subido al comedor, se me limpiaba un poco la ropa, pasaba el domingo. Después mi padre volvía a la capital de la provincia y yo a la batea, a los piojos y al frío. Los indios y especialmente las indias vieron en mí exactamente a uno de ellos. Con la diferencia de que, por ser blanco, acaso necesitaba más consuelo que ellos.
Y me lo dieron a manos llenas.
Pero algo de triste y poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo de los que sufren tanto a los que sufren más, porque quedaron en mi naturaleza dos cosas sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos y a las aves. Y el odio que le tenía a quienes como una especie de mandato supremo los hacían padecer.
Así mi niñez pasó quemada entre el fuego y el amor…
Mi Perú, país de todas las sangres.
Dijo.
A modo de epílogo, Eduardo Galeano cuenta que antes de los exilios, antes de todo, volvió cierta vez de un viaje con un libro de Arguedas en la mano, un libro póstumo donde Arguedas antes de pegarse un tiro dice que ya no tiene fuerzas para hacer lo que quiere y entre las cosas que quiere está ir a Montevideo y encontrar a Onetti para apretarle la mano con que escribe.
Dice Galeano que llegó a Montevideo y fue a ver a Onetti, fue a decirle eso, a leerle eso que Arguedas había escrito, y que Onetti simuló por unos segundos que podía poner cara de estatua, pero que no pudo. Y que entonces él bajó la mirada por pudor…−dice− para no ver el tajo de humedad que le atravesaba la cara.
Algo sobre la autora
María Teresa Andruetto es una escritora argentina. Nacío el 26 de enero de 1954 (edad 71 años), Arroyo Cabral . En 2012 recibió el premio Hans Christian Andersen, considerado el «pequeño Nobel de la literatura». La construcción de la identidad individual y social, las secuelas de la dictadura en su país y el universo femenino son algunos de los ejes de su obra.
