Resonancia magnética
Revista Número 21
Por Ulises Martino


Un traumatologo de nombre Philips me indica hacer una resonancia. Un bulto debajo de la rodilla que lleva casi un mes, que en vez de achicarse se agranda. Es el tercer traumatólogo que visito en la guardia. Pero el primero que pide una resonancia.
Cuando voy por el turno lo que me ofrecen es ciertamente irrisorio. Domingo a las seis de la mañana, viernes a las tres de la madrugada. Si quiero un horario de estilo normal tengo que esperar cuatro meses.
–No es urgente pero hay que hacerlo –había dicho Philips.
Dudo en la ventanilla, frente a la chica de cara insípida al otro lado. Viernes a las tres de la madrugada únicamente borracho.
–Domingo a las seis –le contesto.
Mientras la chica confirma el turno en su computadora, internamente resuelvo que voy a venir a las once. Llego, y digo que me dormí. Va a sonar comprensible. Y capaz me la hagan igual.
Evalúo durante los días que faltan –tres o cuatro– si debería ir o no a las seis de la mañana. La noche anterior, mientras en casa duermen, me debato fuertemente en la cocina porque no me decido.
¿Quién soy? ¿El que va o el que no va?
Pero más que la respuesta me preocupa otra cosa: ¿Cómo una simple consulta médica puede llevarme a una crisis de identidad? Preguntarme quién soy o no por una consulta. Sigo balbuceando en la noche una respuesta que no aparece:
¿Quién me representa más, el que va o el que no va? ¿Con quién estaría más contento?
La indecisión persiste. Por momentos, me agobia.
Me da mucha fiaca despertarme a las cinco. Los domingos me gusta despertarme a las once, desayunar en silencio, leer. No quiero entorpecer el placer. El bulto va a seguir estando, vaya o no vaya. ¿Pero si tengo algo malo? ¿No es conveniente saberlo a tiempo?
Bukoswsky no iría, pienso. Dejaría que todo llegue a un extremo. Que el problema desaparezca mágicamente o llevarlo hasta la máxima consecuencia. Pero el yo que supuestamente soy yo, no es Bukowsky. Vivo en familia, me preocupan mis hijos, sostengo un matrimonio. Lo que finalmente decido es no poner el despertador. Y si por casualidad me despierto a la madrugada, voy. Que lo decida el azar.
Me acuesto y sigo pensando. El que va me parece que es un tipo que se preocupa demasiado por la salud. Está tan pendiente de la realidad que esta se lo puede llegar a comer. El que no va, me parece más relajado. Al fin y al cabo, siempre hay un dolor. ¿Para qué otorgarle excesiva importancia? A veces conviene eludir a la enfermedad. Hacerse el otario. Pero si después se complica tengo miedo de acusarme por eso.
Finalmente me despierto de madrugada suponiendo que son apenas las tres. Meo. Después me asomo a la cocina y compruebo en el reloj que son justamente las cinco. Como si hubiera funcionado el azar. Pero me vuelvo a la cama. Intento dormir. Y esta vez negocio con el azar que si a las cinco y media no lo consigo, me levanto y voy. Quiero dormirme y no puedo. Busco la mejor posición, no encuentro. Al final, me levanto. Por un momento temo que ya sean las seis, que se haya pasado el tiempo. Haber no dormido al pedo. Pero son en punto las cinco y media.
Prendo un cigarrillo. Pongo a calentar la pava. Tomo unos mates. Y en el silencio de la cocina la pregunta retorna.
¿Quién soy? ¿El que va o el que no va?
Tiendo a pensar que soy el que no va, pero me visto. Subo al auto. Manejo semi dormido. Avanzo por Rivadavia y sigo de largo en la calle que tendría que doblar. Pero retomo e igual llego a tiempo. Estaciono frente al hospital. Cuando apago el motor, escucho mi pensamiento en el silencio del auto:
–Al final fui el que fui.
Busco el subsuelo. Llego a la ventanilla. Me presento. Una chica de cara no insípida me pide el papel con el turno. Se lo doy.
Pregunto:
–Si venía a las once, ¿me atendían igual?
–No –dice.
Pero es una pregunta tonta. Si no pasa, no podés saberlo.
–Ya lo van a llamar, fíjese en la pantalla.
Soy el único en la sala de espera. Diez minutos hasta que llega mi turno. Una médica con pinta de practicante me lleva hasta un cuarto. Me saco los collares y anillos.
–¿Cuánto va a durar? –le pregunto.
–Quince minutos.
La practicante me da instrucciones de cómo ubicarme en la camilla. Me explica que esta va a meterse en el gran aparato que veo adelante. Que una vez adentro no puedo hacer nada. Ni pestañear. Me pone auriculares para prevenirme de los sonidos. Me pregunta si quiero una frazada. Digo que no, por pudor.
La médica o practicante desaparece. Se encierra en una cabina, en donde supongo que estarán los comandos. Me arrepiento de haberle dicho que no a la frazada. Y que en la madrugada de mi desconcierto una mujer desconocida me arrope.
Quedo metido en el gran aparato en donde solo queda mi cabeza por fuera. Mi cabeza que sigue pensando:
–Más que el que va o no va, soy el que deja todo librado al azar. Al fin y al cabo, fue el azar quien decidió que viniera.
¿Pero fue solamente azar? ¿O el azar sin estar impregnado por mis pensamientos?
El sonido de la máquina se torna cada vez más ruidoso o se vuelve más ruidoso el mismo ruido que fue al principio. Sonidos nuevos que atropellan los viejos. Cierro los ojos. Al punto de sentirme aterrado, hago de cuenta que estoy viajando en un tren. El ruido es de las vías. Los otros ruidos que escucho, juzgo que son del campo. El canto de diferentes pájaros mientras el tren avanza. En la imaginación, los pájaros cantan de noche. El viaje es artificial, pero por un momento consigue imitar a la realidad. Eso es lo que trata de hacer siempre lo artificial: imitar a lo natural.
¿Por qué lo artificial trata de imitar a lo natural? Y si fuera así: ¿para qué se inventa lo artificial?
Van mucho más de quince minutos. Necesito fumar. Volver a lo natural. Es lo más natural que encuentro en mis pensamientos para cuando termine este viaje.
La máquina se detiene. Algo en el comando se acciona y la camilla retrocede. Abro los ojos. Ahora hay silencio. De pronto, frente a mi vista descubro el nombre del aparato, la marca. Philips. Médico y aparato lo mismo. El azar otra vez, jugando como si tuviera un domingo libre.
¿Será el azar el que reparte las cartas mientras yo me debato frente a la pregunta más sin respuesta del mundo?
–¿Quién soy?
No pido mucho. Al menos algo con lo que engañarme un poco.
Algo sobre la autor
Ulises Martino es Escritor, Psicólogo Social, Coordinador de encuestas, Terapeuta de Parejas y Director teatral.
Participó en el taller literario de Pablo Ramos, durante cinco años, donde trabajó la novela Lo más parecido al amor, aún inédita.
Escribió el libro de cuentos El Mundo de las mujeres el cual resultó ganador del Concurso Nacional A. Bioy Casares 2020, edición 14º, en la categoría libro de cuentos.
En 2021 obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Vías Navegables “Memoria, Rio y Cultura”, con el relato “Mañana con sol”.
También resultó finalista en el Concurso literario de cuentos cortos –APAIB 2021, donde obtuvo el tercer premio con el cuento “El Tren del otro lado”.El cuento “Un buen nadador” fue seleccionado y forma parte del libro Los vicios de los muertos (Cuentos Rockeros I) editado por Hormigas Negras en 2020.
