Sun Kil Moon, mi hijo y yo
Revista Número 21
Por el @pezenvenenado
Yo metido en la cama, tapado hasta la nariz. En la tele, el final de la tercera temporada de Sons of anarchy. El protagonista seguía, desde lejos, a la pareja que había adoptado a su hijo. No sé por qué, la primera vez que vi la escena, y escuché la canción que sonaba de fondo, tuve la sensación como si me hablaran a mí. “Alesund”, de Mark Kozelek, con Sun Kil Moon, tiene una melodía triste, pero sin drama. Poco solemne. De esas que parecen no pedir nada y, sin embargo, se te quedan adentro. Me alejo del momento para meterme de nuevo en la época en la que tenía una seria obsesión con la música de Nick Drake.
La paternidad me había puesto en un estado difícil. Sentía que no había cosa más hermosa que pudiera darse entre dos seres humanos, y al mismo tiempo, un miedo silencioso, como si algo pudiera romperse en cualquier momento. Y si hay algo que me vuelve lo más parecido a un monstruo, es el miedo.
Mi hijo tenía la particularidad de llorar. No como yo imaginaba que lloraban los bebés. Él empezó a llorar y no paró hasta un año después.
Cada noche ponía “Alesund” para dormirlo, y misteriosamente funcionaba. En cuanto sonaban los primeros acordes, se le aflojaban los brazos y la respiración se le hacía más lenta. Yo me quedaba ahí, mirándolo, esperando que el tema terminara, las veces que fuera necesario.
A veces pienso que no era la canción lo que lo dormía, sino la calma que me provocaba a mí. Como si la música nos calmara a los dos.
Con el tiempo dejé de ponerla. No sé bien por qué. Tal vez porque él creció, o porque yo ya no necesitaba tanto esa calma.
Hace poco, apareció en mi pieza, le había cambiado el cuerpo, el pelo, la cara, los brazos, la voz con la que me dijo que no podía dormir. Me pidió que lo acompañara un rato. Así estuvimos, con pocas palabras y algo de fondo en la televisión, hasta que le dije que iba a probar algo. Agarré la guitarra, me acosté a su lado y, sin pensarlo, le tarareé “Alesund”. Cerró los ojos y, unos minutos después, se quedó dormido como cuando era bebé.
Una canción no es solo un recuerdo: es un lazo que sigue sonando en el cuerpo-alma, aunque nadie le dé play nunca más en la vida.
