Mi querida bachiller
Revista Número 21
Por Daniel Tevini


Tengo una carta en la mano, una carta que escribió mi madre. No me la mandó a mí, la encontró mi prima dentro de un bolso viejo: estaba dirigida a ella. 50 años me separan de aquel acto de escribir. Está fechada, el 10 de diciembre de 1970. La carta partió de la que fue mi casa hacia Villa Gesell. “Querida Nelita: Hoy recibí tu carta, me alegro de que la estés pasando tan bien, aunque me imaginé que no podía ser de otra manera”. Muchos cuerpos al sol: chicas recostadas en bikini, los chicos por ahí en malla. La distancia que se marca entre los grupos, decide el sexo al que se pertenece. Es otra época, las cosas se definen de forma tajante, esto o aquello, blanco o negro, rosa o azul. Azul de mar. Hay ruido a mar. Hay gusto a sal en los labios, imagino en las pieles también. “Ojo! Con los hippies, bohemios, protestones y demás especímenes sueltos, no sea cosa que te vuelvas con algún recuerdo creciente de esas dunas”. Mi madre a la expresión “Ojo” solo le pone un signo de exclamación al final. Supongo que es una costumbre que le quedó de transcribir letras de canciones del inglés al castellano. Siempre se ufanaba de eso, sobre todo con las canciones que ella creía de jazz, en realidad, eran temas románticos tocados por grandes bandas. Por ejemplo, “Love is a many-splendored thing” que se convertiría en “El amor es una cosa esplendorosa”. “Ojo también con las dunas, cuidado con esconderse atrás!” Otra vez el signo de exclamación está solo al final. Mi prima tiene 18 años, es su viaje de egresada. Mi madre, a pesar de lo que se podría suponer, apenas le lleva unos 10 años pero ya es toda una mujer casada y me tuvo a mí, que acabo de cumplir 8 y a mi hermana que ronda los 4. Por eso su voz en la carta tiene algo de complicidad pero también de protectorado, un llamado familiar que la obliga a cuidar de su sobrina. Mi prima adelgazó mucho desde los quince años y ahora luce un cuerpo armónico y dorado sobre la arena, con cabellera larga y gruesa que le llega hasta el comienzo de la espalda. Mi madre viene de ver la transformación pasmosa que sufrió su cuerpo con los dos embarazos y todavía está en la etapa de intentar recuperar “aquella cintura”, “aquellas piernas”, nunca volverá a ser tan delgada pero todavía no se resigna. Se sienta en la mesa del comedor y escribe estas cartas amorosamente como si estuviesen casi dedicadas a sí misma, a su pasado que está algo lejano pero que lo siente, por momentos, ocurrido recién ayer. Yo grito en algún momento desde la pieza e interrumpo su escritura, después continuará. “Sé por tu madre que cambiaron de hotel, espero también que en este no se cuelen por ahí las visitas. Es por tu bien querida, no te enojes”. Se muerde el labio al escribir llena de ansiedad, igual que mi prima cuando lea la carta sentada en la cama del hotel en donde, obviamente, no podrá recibir a nadie. Tampoco sabría cómo hacerlo, no le enseñaron el modo de acercarse a un muchacho, por más que haya mirado a más de uno en la playa, eso sí, con disimulo; por más que repita en su imaginación escenas que vio en las películas. En realidad, es una única escena, la del momento del beso y no mucho más. No sabría qué debería dejarle hacer a su cuerpo después, qué sigue, qué sigue, la tía nunca le cuenta nada. Mi prima cierra la carta y apaga la luz, seguirá con la lectura después. “Ahora basta de recomendaciones y a informar sobre los demás. De tu casa no te digo nada, porque ya habrás recibido las cartas de ellos. Por acá todos bien, te mandan besos, abrazos y demás menudencias. La abuela te agradece la tarjeta y sigue rezando para que no caigas en la tentación. Tu tío churro te manda un beso grande, y Daniel y Marcela también”. Se oyen risas en el pasillo, chicas que cuchichean, mi prima no va a poder pegar un ojo. Su compañera de cuarto se fue con las otras a bolichear. Ella no se anima. Escucha un perro aullando desde la playa, en esa soledad que debe ser la peor de todas, la de una playa a oscuras. El reloj del desayunador dio las doce campanadas. Mi madre suda en la cama. En Buenos Aires, las noches de verano son insoportables. Al lado duerme ese hombre que es mi padre, que siempre quiere tener sexo, piensa mi madre, pero ella se niega. Desde el último embarazo le vino una especie de repulsión hacia esas cosas y ya no sabe cómo disfrazarlo. Antes de quedarse dormida, piensa que las mujeres están obligadas a mentir. Mi prima también se durmió al fin y ahora, a las 8 de la mañana, está levantada, se restriega los ojos y agarra la carta para seguir la lectura. Mi madre ocupada como estuvo en preparar la casa y comida para una celebración, no tuvo tiempo de continuarla. Recién hoy puede sentarse a escribir lo que mi prima está por leer. “A propósito de Dany recibió ayer tu postal, hermosa, y dijo que la va a guardar porque es una carta de amor. Si vieras que lindo cumpleaños, yo creo que fue el más lindo de todos porque vinieron algunos compañeros y vecinos”. Supongo que las dos se emocionan un poco, una al escribirla y la otra al leer. Después de todo habla de un chico que habla sobre cartas de amor. Mi madre ama la perfección, la emociona aquello que supone perfecto para su vida, aunque a menudo su vida le demuestre que tiene poco que ver con la que sueña. Mi madre tiene una gran imaginación, pero no es una imaginación romántica, ni llevada por el deseo hacia algún príncipe azul, más bien se piensa como una reina hermosa en un castillo de hielo plagado de sirvientes que la celan para hacer todo a su gusto. A mi prima le encantaría encontrar a un muchacho que la ame con la inocencia de su primo menor y un poco de la sensualidad de su tío sino fuese tan grande. Acaba de terminar el secundario, cuando entre en la facultad todo será distinto: los hippies, pero sobre todo los protestones que tanto temía mi madre, ocuparán ese lugar. La vida nunca nos da descanso. “Había en total 21 chicos y a la noche 32 mayores. Yo todavía estoy reponiéndome del cansancio, los nervios, porque te aseguro que no fue nada fácil contener al malón de 21 indios, pero Dany estaba tan contento que valió la pena”. No recuerdo nada de esa fiesta, la memoria es tan frágil como una medusa desgarrada por un anzuelo. Mi prima baja al desayunador, lleva una camisa atada al ombligo y bermudas sobre la malla. No le gustan mucho sus piernas, pero pensándolo bien, las hay peores. Se consuela y es verdad, no tendría por qué acomplejarse tanto. Pide un café doble y sin leche, siente que si lo pide así parecerá más adulta. Un chico la mira desde otra mesa del desayunador. Se acalora, no puede decidir si es lindo o feo, si le interesa o no, solo le gusta que la mire así. Se siente extrañamente desbordada y cohibida, como dos corrientes marinas de carácter distinto: una más cálida y tropical, la otra helada, venida desde las profundidades del océano. Mi madre dejó la carta, ve la pila de platos limpios que debe guardar y toda la vajilla que usó para el cumpleaños. Por suerte los chicos se fueron con el padre a hacer los mandados, piensa ella. Mi abuela, su madre, por entonces riega las plantas. Al menos ahora tiene ese momento de paz, de sosiego. Un momento de no hacer nada, puede no pensar pero eso es lo que más le cuesta, siempre está pensando en algo. Si no es en aquello, en lo otro, o en que falta tal cosa. Se olvidó de pedirle a mi padre que compre un poco más de pan para hacer el budín que mañana vamos a llevar a la casa de una de mis tías. Tendré que usar las flautitas y miñones que traigan, piensa. Estamos invitados a cenar y mi tía ama los budines de pan que hace mi madre. Es otro de sus triunfos. Tiene muchos en su haber relacionados con la cocina, por eso siempre da las recetas mal, les escamotea algún ingrediente, o algún paso, no es que cambie nada, eso no lo haría nunca, sería como tergiversar un secreto. Prefiere quedarse con algo de la información y adjudicárselo al olvido o a la distracción, le parece más educado. Aunque no tenga ganas ahora, debe continuar con la carta. “Bueno, mi querida bachiller, que sigas disfrutando de estas únicas vacaciones, me imagino que al recibir esta carta ya vas a estar por regresar. Así que no veo la hora de verte y de que me cuentes todo bien en detalle”. Mi prima sale del desayunador, pasa por la habitación, agarra un bolso y se va para la playa. Las chicas no están, nunca la esperan. Quizá no se hayan recuperado de la juerga de anoche. Su compañera no volvió a la habitación, tal vez duerme en otro cuarto. Cuando pone un pie sobre la arena, recuerda al perro que oyó aullar de madrugada. No quiere encontrárselo. Mi madre va hacia una de las ventanas y observa a mi abuela regar el jardín. ¿Cuando tenga su edad, tendré esas mismas caderas? ¡Qué desgracia! Vuelve ahora hacia la cocina a poner la pava para cebarse unos mates sin azúcar, por supuesto. Leyó en una revista femenina que si una hace pocos gestos, “mohines”, aclara la nota, a la larga la cara se arrugará menos. Va a ser poco expresiva a partir de ahora, los labios en línea recta. Los chicos se van a morir de risa, “Mamá, mamá, ¿qué te pasa?”, y después de miedo, “Mamá, mamá, dejá de hacer eso”. Se imagina que gritan y saltan alrededor. Chupa de la bombilla, el líquido deja una huella caliente y amarga que le atraviesa la garganta. ¿Cómo tomar mate sin que se frunza la boca? Mi prima lleva la carta en el bolso. Despliega la lona, se sienta, se la pone a leer justo donde la dejó ayer. Ni una línea de más, ni una de menos. Tiene una especie de memoria espacial que utiliza para guiarse también en estas cosas, sino ¿cómo saber en qué párrafo se dejó un libro o una receta? ¿Servirán para algo esas habilidades? No encuentra la respuesta. Afuera el mar, el mar, el mar, baña una y otra vez la playa, con ese ronquido que se expande y quiebra a un ritmo constante. Ve las piernas de un muchacho en las orillas, no ve al muchacho, solo esas piernas hermosas, hermosas, se repite ahora ella también como el mar. Sonrojada, decide concentrarse en la carta. El muchacho la vio. La voz de la tía se disuelve entre las letras y le llega clara como si la tuviese ahí. “Bueno muchachita, que vuelvas con todo el sol y toda la alegría de Villa Gesell encima (pero nada más, eh?). Mientras y a cuenta, un beso grande y mi solidaridad incondicional (esta carta no la vio nadie). Hasta tu regreso, tu tía del alma, Chachi”. Después hay otra frase más suelta, como una posdata informal. “Ojo! con la dolce vita”. Mi prima guarda la carta. Ella, no vio “La Dolce Vita”. No sé si mi madre sí. Lo que seguramente conocen de sobra es la imagen de Anita Ekberg metida en el agua de la Fontana di Trevi, con ese vestido escotado en la espalda, en negro. La cabellera mojada, la tela húmeda que le debe pesar, los pechos enormes. Mi prima siempre se queja de que tiene las tetas un poco chicas, mi madre piensa que las heredó de ella. La película culmina con el pez monstruoso que recogen unos pescadores en su red. Marcello Mastroianni, compara a esa criatura con el Leviatán, aunque no tenga un gran cuerno. Entonces reaparece la joven que Marcello acaba de conocer recién en el bar de la playa, lo llama para que se una a ellos, pero él no puede escuchar las palabras porque el ruido del mar las borra. En la última toma, mientras Marcello se aleja con los suyos, la chica lo saluda enigmática con una sonrisa que no entendemos. Muchos dirán después que esa escena representa la pérdida de la inocencia, pero yo todavía no lo sé. Yo no sé nada de cine por entonces. Apenas corro desde un cuarto al otro cada vez que escucho “When you wish upon a star¨, con el que comienza “El maravilloso mundo de Disney” en la tele pero en blanco y negro. Es que todo parece ser blanco y negro por entonces: Disney, Anita Ekberg, las pocas fotos que traerá mi prima de aquel viaje de fin de curso. Las del cumpleaños que me preparó mi madre también deberían ser así, pero a nadie se le ocurrió llevar una cámara, o faltó el fotógrafo. No hay registros de ese evento. Parte de esos años serán en blanco y negro hasta que llegue el color. Mi prima, sin embargo, que se levantó de la lona para meterse en el mar pero se arrepiente, recordará siempre esa primera bikini de un tono verde esmeralda. Mi madre que la observa otra vez a mi abuela en el jardín, sabrá que esas rosas que cultiva y riega, aunque estén cerradas, serán amarillas, de un amarillo papal, dice mi abuela y es verdad, se parecerán mucho al adorno de torta que me harán el día en que tome la comunión. Yo, en cambio, para mis ocho años ya tengo atesorados recuerdos multicolores muy recientes. La caja roja del Meccano con el que casi nunca voy a jugar; el fitito amarillo que se compró mi tío y en el que dimos varias vueltas una tarde; los del supertobogán desde el que nos tiramos con mi hermana sentados sobre una alfombra que nos pareció mágica. Fue en Mar del Plata y no en Villa Gesell, así que mi prima no se va a poder tirar. Veo a mamá humedecer el borde del sobre y cerrar la carta. Mi prima que acaba de leerla, la arrugó, porque tuvo que meterla a las apuradas en el bolso. Se le acercó un chico a hablarle. Le pregunta: ¿qué hacés? Mi prima no sabe cómo responder a una pregunta así. Espero a mis compañeras. Se queda parado frente a ella, contra el sol. Desde la arena, sentada sobre la lona, apenas puede adivinarle la cara, pero es alto y delgado. ¿Vamos a pasear?, es lo segundo que pregunta. ¿A dónde? No puedo alejarme mucho. A caminar por la orilla decía, y le extiende el brazo. Mi prima estira el suyo y él la levanta. La abuela revisa ahora las hojas del rosal. Debe estar abichado, ¡los pimpollos este año tardan demasiado en abrir!, le grita a mi madre que está en la cocina remojando trozos de pan en un bol con leche para el budín. Mi madre no le contesta. Escucha el agua caer de la ducha donde se baña mi padre. Lo imagina desnudo bajo el agua. Pocas veces lo vio así, desnudo, de cuerpo entero. Casi siempre es en partes. Por supuesto, lo que más conoce en detalle es justamente eso que una señora no debería mirar. No es que mi padre haga gala, o se jacte de lo que tiene. No es ese tipo de hombres, piensa. Pero él una vez comentó algo que la angustió. A ella le molestaba que a las mañanas siempre lo tuviese en “alzas”, así se lo dijo. Recuerda que procuró no usar la palabra “alzado”, le resultaba chabacano. Mi padre sonrió, antes de aclararle que no tenía ningún dominio sobre eso, es independiente, hace lo que él quiere, dijo y se fue. A mi madre le dio bronca esa independencia, pero después se quedó recostada en la cama con los ojos cerrados, se sentía vacía, muda, perdida en un sótano. Mi prima, mientras camina, observa al descuido cómo le sucede eso mismo al muchacho. Aunque no puede mirar mucho más. ¿Será de entusiasmo?, ¿se habrá enamorado de ella?, ¿ella le gusta?, se cuestiona porque hasta ahora él no le confió nada, solo hace preguntas: la edad, en qué colegio estudia, si le gusta ir a bailar, si ya tuvo novio. Para colmo sugiere ahora ir a pasear por las dunas. Tengo que vigilar las cosas que dejé ahí tiradas, esperar a mis compañeras, dice mi prima sin pensarlo mucho. Mi abuela, en cambio, decidida, entra a la cocina con unas hojas que sacó del rosal, tienen manchitas blancas, afirma segura que está abichado. No me distraigas, mamá, mientras cocino. A mi madre le da bronca que la molesten cuando está metida en una de sus recetas. ¿Pusiste las pasas de uva en agua hirviendo? Ya sabés que yo las remojo en cognac, mejor seguí con tus plantas. ¿Cognac?, cuando sobra la plata… Mi abuela va hacia al jardín, mientras lanza una de sus frases favoritas, esas que después recorrerán toda mi infancia. Muchos humos, muchos humos… ¡Las torres más altas se han venido abajo! Mi madre hunde las manos en el pan ya remojado en leche, está sudada, esa consistencia siempre le resultó asquerosa. Mi prima, mete a la vez, una mano en la arena, siente cómo le raspa, la piel, los dedos. Mi madre entonces saca su budín del horno, impecable, perfecto, a pesar de las maldiciones que le lanzó mi abuela. Es que mi madre no cree en los milagros de la cocina, ni en los de ninguna otra especie, solo se trata de seguir los pasos con atención. Pero sí le teme a las maldiciones. Quién sabe los conjuros que aún sigue lanzándole mi abuela desde el jardín y cuántas desgracias podrán traerle a futuro. Como la de ahora, que ya no puede ni tocar a mi padre sin sentir rechazo, por culpa seguro de esas primas que desde el primer día, le decían a todos: “un matrimonio perfecto, un matrimonio perfecto”.
Daniel Tevini nació en 1962, en Buenos Aires. En el año 2003 publicó La noche más polar, novela que obtuvo el 2º premio del Fondo Nacional de las Artes y mención honorífica del Premio Municipal. En el año 2005 publicó el libro de poesía, Hotel des Bains, con la ayuda del FondoCulturaBa. Su novela Arlteana, se editó en el 2007. En el año 2018, publicó su tercera novela, Fuimos, y en el 2023, Queen Cleopatra. Su última novela, Historia del auténtico niño barbado de la China, salió este año.
