Balloonfest

Revista Número 21

Por Iván Cherem

Era otro mundo aquel en el que, en 1986, un grupo de visionarios de Cleveland, Ohio, emprendió la hazaña histórica. 

Fue necesario construir un redil que abarcara una cuadra entera de la ciudad. Después lo cubrieron con una malla y consiguieron que cientos de voluntarios, sobre todo estudiantes de prepa, inflaran un millón y medio de globos. Te recomiendo buscar los videos del magnífico momento en el que los dejaron volar. Fue hermoso. Una sola enorme masa de globos sube y se amolda a la forma del aire como una nube puntillista que se abraza alrededor de una torre de reloj antes de dispersarse y volverse una manta que vuela sobre la ciudad, entre los edificios, sobre las carreteras, en las que algunos coches se estampan, sobre el lago, donde un frente frío los hace bajar al agua, donde dos pescadores llevan perdidos varias horas. Los buscan desesperadamente, pero los helicópteros no ven nada más que globos. El guardacostas busca un par de chalecos salvavidas naranjas que deberían destacar en lo oscuro del agua, pero ese día el agua está pintada de colores. Los pescadores mueren. 

​Algo que me parece importante de este evento es el tono revolucionario con el que su organizador describe la hazaña en las entrevistas previas al desastre. 

¡Será un récord mundial! 

¡Nadie nunca lo ha intentado! 

Muchas de las cosas que nadie nunca ha intentado son terribles estupideces, claro, pero eso no se menciona. El ambiente es de diversión pura. Si es que algunos ambientalistas se quejan, las cámaras los ignoran. 

​ —Hay un fuerte viento hacia el norte —ríe un reportero bronceado de dientes blanquísimos—, así que por suerte los globos los van a tener que limpiar los canadienses. 

​Ni siquiera vale la pena mencionar la fachada de altruismo con la que recubrieron el evento. No importa. Alguna fundación, alguna causa. El desastre de los globos causó tanta destrucción que, lejos de recopilar donaciones, acabaron perdiendo un dineral en disputas legales, psicoterapia para las viudas de los pescadores y refacciones para los coches estampados. 

Pero eso no es lo esencial. Este incidente sirve para ayudarnos a pensar en la catástrofe ambiental que se aproxima. La pulsión de muerte en la modernidad ya no puede llamarse Tánatos, porque no es a través de la agresión que avanzamos hacia la ruina. Hoy nos enfrentamos al peligro de morirnos de diversión.

Algo sobre el autor

Iván Cherem nació en la Ciudad de México en 1993. Estudió Filosofía y Ciencias de la Computación en la Universidad de Tufts y ha trabajado como ingeniero de software en varias empresas de tecnología en San Francisco. Hoy se dedica a escribir cuentos, ensayos y novelas.

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