Y cuando está se fue

Revista Número 21

Por Valeria Sol Groisman

“Nadie como ese hombre la había mirado nunca con tanta concentración
y tanta lejanía”. 
Marcelo Cohen

Una vez me enredé con un músico semifamoso que, además, de tanto en tanto, hacía las veces de actor rompecorazones en una ficción que por entonces se consideraba de lo más cool de la televisión argentina. Fue hace mucho tiempo y duró poco. Su música no era la música que yo escuchaba, tal vez sí, un poco más, la de su padre, otro famoso. En fin, la pasábamos bien juntos, supongo que nos gustábamos, pero yo era demasiada nena y él andaba lo suficientemente volado como para lograr espantarme de un sopetón. Bastó con conocer a sus amigos, acompañarlo a un par de antros y escuchar sus historias de fracasos amorosos. En algún punto de la relación (¿será que llenaba los casilleros necesarios como para ponerle esa etiqueta?), me acobardé y lo dejé en la puerta de un hospital, como quien deja una torta de chocolate por la mitad al final de un cumpleaños.

Después me pasé al lado supuestamente correcto de las relaciones amorosas y salí con tipos que encajaban en la idea romantizada de la pareja perfecta para una “Susanita” como yo: profesionales, miembros de familias estándar, especímenes masculinos afincados en la camisa, el saco y la corbata. Me casé, tuve dos hijas (todo pasó muy rápido), y, con el paso de los años, volví al mundo de la cultura, pero ya sin caer en el abismo hipnótico del artista errante.

Una tarde de sábado, me invitaron a leer fragmentos de mi última novela en un bar con micrófono, escenario y todo. Apenas recibí el flyer vi su nombre. Ahora había devenido escritor, pensé, y me reí. Él era el cuarto en la lista; yo, la sexta. Nos separaba una línea finita.

Se preguntarán cómo nos conocimos. Por esa época, yo daba clases en una escuela de periodismo, y, los sábados, corregía los trabajos de mis alumnos en el patio de comidas de un shopping que quedaba cerca de mi casa. No iba sola. Mis amigas me hacían el aguante.

En la mesa de al lado solían sentarse unos pibes que venían de jugar al fútbol. Eran siempre los mismos. Una tarde se sumó alguien nuevo. Era él. Cruzamos un par de miradas. Él sabía que yo sabía quién era. Yo sabía que para él yo no era más que una minita cualquiera a la que buscaría levantarse, llevarse a la cama y chau. End of the story. A eso de las seis de la tarde, cuando ya estaba por irse, pasó por al lado mío, me dijo hola y preguntó:

—¿Me das tu teléfono?

Le di vuelta la cara y lo ignoré.

Repitió la pregunta.

Lo miré y le respondí:

—Ni loca.

La semana siguiente pasó algo similar, y pronto la escena se volvió cotidiana.

Conclusión: lo suyo fue pura perseverancia. Pero lo cierto es que yo nunca cedí, fue una de mis amigas la que le anotó mi teléfono en una servilleta justo cuando yo me había levantado a comprar un café.

Debería haber sospechado que algo había cambiado, porque esa tarde, antes de irse, no me hizo la pregunta de rigor. Solo pasó cerca mío y me sonrió. Esa misma noche me llamó.

Un poco me hice rogar. Repito: yo era una nena. Al final quedamos en encontrarnos en una confitería en la intersección de las avenidas Corrientes y Callao. Pedimos una cerveza y una Coca Light. Me preguntó por mi familia; yo por la suya. Le dije que la canción del oso había sido parte de la banda sonora de mi infancia. Después indagó en mis lecturas (era muy curioso, o simulaba estar interesado en mi vida). Le dije que leía mucho, pero que lo que menos leía era literatura argentina. Me ofreció unos cinco argumentos acerca de por qué debía arriesgarme con autores como Manuel Mujica Lainez, Leopoldo Lugones y David Viñas. Pensé que quería hacerme el cuento de la educación sentimental. Cierta altanería, algo de paternalismo en eso de superarme en una década y media y haberse comido la biblioteca de su padre con el privilegio del que más que trabajar puede pasar el tiempo entre textos y acordes.

Pidió la cuenta, pagó, me tomó de la mano y me dijo:

—Vayamos a caminar.

Tomamos Corrientes en dirección al Obelisco. Íbamos en silencio. Oscurecía y había refrescado. Me ofreció su pañuelo azul y se lo acepté. Olía a su perfume. Después de dos o tres cuadras, cruzamos la avenida y me dijo:

—Esta librería es muy linda. Entremos.

Le solté la mano. Quería chusmear la mesa de novedades. Él disparó hacia la estantería donde reposaba la literatura argentina. Yo lo miraba de reojo. De entre todos los libros, eligió uno. Se acercó a la caja y lo compró.

—Es para vos. Tomá.

Le agradecí. Creo que me puse colorada.

Rompí el envoltorio y descubrí que era Inolvidables veladas de Marcelo Cohen. Estaba dedicado: “Para Val, en una tarde gris de la fabulosa Buenos Aires, iluminada por tu mirada profunda. Con placer y deseos de disfrute”.

En la primera página, el narrador de la novela citaba una pieza de tango que se titulaba Quizá porque me miras. Ahora, que busqué el libro para recuperar la cita, veo que en el margen escribí a mano: “Tu mirada profunda”.

El cantante era bueno para la sanata.

Tal vez fue esa una de las razones por las cuales empezamos a vernos más seguido. Me halagaba a menudo. Solía pasar a buscarme por mi trabajo, que quedaba por la zona de Once, y recorríamos las mismas calles de la primera cita. Seguíamos hablando de libros, yo había empezado a leer algunos que él me sugería y lo había convencido de leer a Kundera, a Steiner, a Barnes. A Sontag.

Una noche, chateábamos por ICQ, y me dijo que estaba escribiendo la letra de una canción y quería dedicármela. Recuerdo que pegó el texto en el chat y yo me descubrí en frases como “habla con post-datas” o “finge vocabularios” o “parece confundida y ese es su regalo”.

Semanas más tarde, habíamos quedado en vernos luego de dar clases, de nuevo, como casi siempre. Un rato antes de la hora pautada, recibí un llamado. Era mi mamá: habían internado a mi papá. Salí corriendo para el hospital y me olvidé de avisarle que íbamos a tener que cancelar. Al rato me lo encontré en la sala de espera. Nunca supe cómo se había enterado. Yo no le había presentado a mi familia, pero él tenía el teléfono de algunas de mis amigas.

Me vio y corrió a abrazarme. Le dije que tenía que volver a la habitación. Fui cortante.

Me dijo:

—Subo con vos. Te quiero acompañar.

Le dije que no.

Mi papá dormía, conectado a cables y aparatos que pitaban.

Traté de imaginarme ahí, sentada junto a él, haciéndole compañía a mi papá. No pude.

Casi a medianoche bajé a comprar un café y me lo encontré sentado, esperándome.

—No puedo —le dije.

—Hablemos en unos días —me respondió—. Estás cansada. Y angustiada.

—Si sabe que salgo con vos se termina de infartar.

Se rio, pero no tanto.

Y cuando está se fue, terminaba la canción que me había dedicado. Nos vi, a él y a mí, como dos personajes de un libro, diciéndonos chau en la puerta de un hospital rebosante de historias en las que las despedidas sangraban por lo bajo.

Algo sobre la autora

Valeria Sol Groisman nació en Buenos Aires en 1982. Es editora asociada de la revista Be Cult y publicó ensayo, novela y libros de divulgación científica. Fue becada por la Cátedra Vargas Llosa y es fellow de Narrativas de Salzburg Global. Su última novela es Vantablack (Gata Flora, 2025).

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