Agua de perro
Juan Guinot
Digo Marco y Laurita mira para otro lado, me dice que espere porque el agua está re-caliente y está viendo dónde hay una manguera para enfriar la Pelopincho.
El agua de tu pile se parece a la del Hotel del Sindicato, no digo la grande con trampolín, te digo la chica que siempre está caliente por todo el meo que se echan los nenes, me dice, medio enojada.
Marco, vuelvo a decirle.
Dale, ¿dónde está la manguera? Me insiste y le contesto que no sé, que hay un montón de cosas de la casa de las que no me acuerdo dónde están. Laurita se asoma al borde del caño, apoya las manos y no se da cuenta de que la lona está rota y que el óxido del caño le pintó la piel. No le digo, no vaya a ser cosa que se vaya porque ya sé cómo son los amigos que vienen de vacaciones, mientras están no hay nada mejor que vos, pero cuando se van no los ves más y, de solo pensarlo, se me hace más frío acá, adentro.
¿Ese perro?, pregunta y le digo que es mío. Ella se agacha, el agua le cubre el cuerpo, le limpia el óxido de las manos. ¿Cómo se llama?, me pregunta sin dejar de mirarlo y le digo que no me acuerdo, que a veces creo que era de un nombre y otro día de otro. ¿Muerde?, vuelve a la carga, con los ojos clavados en el perro y le digo que no le tenga miedo, que el perro no ladra ni muerde, que hace un montón que está ahí, parado, mirando para arriba.
Laurita se asoma por el borde, me pregunta si es una estatua porque no se mueve. Le cuento que el perro quedó así, mirando para arriba desde el día en que se tiró la que alquilaba el octavo del departamento vecino. Me doy cuenta de que no sabe de qué hablo, por qué tendría que saberlo, si ella llegó hace dos días a San Clemente y esa mujer se tiró en otro verano, uno que ya ni me acuerdo cuál, pero no fue este o, si fue, pasó antes de que ella venga o no le contaron, bueno, lo que sea, prefiero decirle cómo fue: la mujer se tiró a este patio y el perro se dio cuenta de todo cuando la tenía encima, y por eso quedó con el cogote duro y el hocico mirando para arriba.
¿Tiene miedo que se tire otra? me pregunta y le digo que más que miedo, ganas, así en esta se mueve. Laurita mira las ventanas del edificio y baja con la mirada al patio. Está pensando y no quiero que se olvide que vinimos a jugar a Marco Polo, hago olas con las manos, que se golpean y sueltan gotas.
¿Cómo hace para comer?, me pregunta y le contesto que cuando era cachorro mi mamá le daba con la mamadera de mi hermanito. ¿Dónde está tu hermano?, me pregunta y le digo que no sé dónde está ni él ni mi mamá ni mi papá, porque sé que mi papá dijo mañana nos vamos y yo no me quería volver, y me escondí. ¿De tu papá?, me pregunta y le digo que sí, porque nadie me ve, cuando me escuendo. Se dice escondo, hablá bien que no sos un bebé, me tira agua en la cara, se ríe. Le devuelvo el ataque.
Los caños de la Pelopincho se mueven y chillan con ruido a fierro. Nos reímos y no me vuelve a preguntar por nadie. Por eso me gusta hacerme amigos, con ellos juego y cuando juego, me olvido de todo.
Grito Marco.
Yo también tengo un perro, me dice mientras se tira para atrás el pelo, se lo escurre, el sol le pega en la cara. Tiene la piel morena del color del último día de las vacaciones, y pienso que la conocí antes de que se vaya y me entra mucho más frío, ese que me congela el pecho.
Los ojos verdes de Laurita me descubren mirándola y le pregunto de qué marca es su perro. Raza, bestiún, marca tienen los autos, larga una risotada, se muerde el labio, se pone seria. Es raza perro, bah, en realidad no sé qué raza es, mi papá nunca me dijo qué raza era. Le pregunto si lo trajeron a las vacaciones. Voy a buscar la manguera, cambia de tema y le insisto para que me diga si el perro es chiquito, grande, qué color de pelo tiene y le cuento que sé mucho de perros, que puedo adivinar qué marca es sin verlo.
No sé cómo es porque anda de noche, se me viene a la cama cuando estoy durmiendo y me lambetea.
Le digo que eso es un asco, que no puede andar por la calle chupeteada por el perro. Nene me baño todas las mañanas, vos que te pensás, si no me baño, mi papá no me dejaría salir de casa. Le pregunto si el papá sabe que el perro la chupetea. Sí, cuando le conté, él me dijo que me tengo que hacer la dormida, nunca abrir los ojos así el perro se iba solo. Le pregunto si durante el día anda por la casa. Nunca lo ví. Mi papá me dijo que, durante el día, el perro se la pasa adentro de la casilla del gas.
Me la quedo mirando, siento un frío punzante en la punta de mis dedos, el sol le pega en la cara, las pecas parecen lágrimas marrones.
Para mí que el olor a gas lo tiene todo el día dormido como a la tía Emilse que se le quedó abierta la hornalla, se durmió y no se despertó más. Y como mi papá cierra las llaves de gas antes de dormir, porque se quedó re mal con lo de la tía Emilse, el perro se despierta y se me viene a la cama a lambetearme.
Laurita se calla, el frío punzante me sube por los brazos, me pasa por los hombros, trepa por el cuello, la nuca, la cara, los labios, la lengua y le digo que sé lo que tiene que hacer para que el perro ese no la chupe más.
Dale, enseñame qué tengo que hacer, me dice entusiasmada. Y yo le digo que con una condición, que después de decírselo, jugamos. Sí, me dice ella. Y le propongo que me lo jure. Te lo juro por, y se queda callada, revolea los ojos. Le pido que no jure por un Santo, que sea por alguien que quiera mucho. Laurita me mira y creo, o me imagino, sentir que de sus ojos verdes me llega lo que recuerdo era el calor. Te lo juro por vos, me dice. Le digo que más le conviene cumplir su palabra. Ella dice que sí con la cabeza y se ríe con los labios pegados.
Le digo que mañana, cuando vuelva a su casa en Buenos Aires, esa misma noche, ni bien su papá cierre la llave de gas, que ella espere a que se vaya a acostar y ahí va y abre la llave de gas. Y, para estar segura de que el perro va a seguir durmiendo, le pido que abra todas las hornallas, sin prenderlas, y que se vaya al patio, que busque un lugar donde meterse, como hice yo, que me metí en la heladera al lado de la parrilla y ya nadie me volvió a molestar.
Los ojos verdes de Laurita se encienden y ahora el calor me llega como un recuerdo de hace un rato.
Le pregunto si lo va a hacer. Sí, me dice. Le pregunto si el próximo verano va a volver a San Clemente. Sí, me dice.
Nos quedamos mirando un rato, cada uno con la espalda apoyada contra la lona que da al caño de un rincón de la Pelopincho. Le digo que no va a volver y que ella juró.
Voy a cumplir lo que te juré, me interrumpe.
Noto que empiezo a olvidarme de lo que era el calor porque el frío baja por mi espalda, mi culo, las piernas. No me gustan las despedidas, quiero estar en el mismo lugar, sin dejar de jugar hasta el infinito.
Marco, grita Laurita y mete la cabeza debajo del agua.
Digo Polo y me sumerjo.
De afuera del agua, llega un ladrido.
Algo sobre el autor: Juan Guinot (Mercedes, 1969). Escribe narrativa y dramaturgia. En 2015 recibió el Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil por su novela Chacharramendi. En LIJ le publicaron Dos al vuelo, Mi primer OVNI, Misión Kenobi y Perico Carpio. En 2022 ganó el Premio Adarve Negra (España) con la novela Fuego Suicida (publicada por Real Noir, España). Su libro Misión Kenobi fue seleccionado para el Plan de Lectura de la PBA. Le publicaron las novelas 33rpm, 2022 La guerra del Gallo (finalista del Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón), Descenso brusco, Torre Arco y Fuego suicida. Participó en antologías de relatos en Argentina, Bolivia, Puerto Rico, Brasil, México, Francia y España. Es dramaturgo y su obra La Guerra del Gallo fue ganadora del concurso del Instituto Nacional del Teatro 2022. En 2026 se estrenará su obra de teatro El Paisanito. Es actor y realiza espectáculos de narración oral con sus cuentos.
