Historia de dos barcos

Estos textos forman parte de “Libro de lo perdido”, aún inédito Essex Lo primero que pierde al despertar, para enfrentar las nubes bajas de esa mañana de finales de enero al cabo de un sueño destemplado donde...

Ilustración Pablo Bolaños

Estos textos forman parte de “Libro de lo perdido”, aún inédito

Essex

Lo primero que pierde al despertar, para enfrentar las nubes bajas de esa mañana de finales de enero al cabo de un sueño destemplado donde se acomodaba en los brazos de una mujer similar a su esposa que emergía entre la espuma del océano para convocarlo con una mirada que condensaba la negrura infinita de las profundidades es la esperanza en volver a encontrar el bote del segundo oficial al enterarse que se ha separado de su propia embarcación a treinta y cinco grados latitud sur y cien grados longitud oeste según ha alcanzado a registrar el capitán, en cuyos ojos enrojecidos se advierten cada vez con mayor nitidez los estragos causados por la desesperación y la fatiga sembradas por los casi dos meses y medio transcurridos desde que una ballena embravecida los embistió provocando el naufragio del barco originario de Nantucket a bordo del que él y otros diecinueve hombres cruzaban las inmensas extensiones desiertas del Pacífico Sur. Aunque a partir del misterioso ataque todo ha sido una acumulación de pérdidas, un acopio progresivo de carencias y sufrimientos que han recrudecido merced a la presencia tiránica del hambre y la sed, lo cierto es que la separación del segundo de los tres botes que consiguieron alejarse del sitio del naufragio con todos los tripulantes milagrosamente a salvo lo hunde ahora en un marasmo semejante a la calma chicha con que él y otros compañeros de barca han llegado a alucinar en medio de las borrascas que los sacuden desde que abandonaron la pequeña isla donde recalaron en busca de agua y alimento y en la que tres marineros decidieron quedarse a aguardar una improbable salvación en forma de ángel o buque.

Lo último que pierde al despertar tres días después de la separación al cabo de un sueño intranquilo donde se veía correr desnudo y cubierto de sangre por una playa vacía al fondo de la cual sabía que lo esperaba un festín compuesto por viandas humeantes cuyo aroma comenzaba a inundar su olfato y lo hacía salivar, es la sensación de irrealidad que lo apresa, como un enorme puño invisible desde que el capitán dice con voz de cristales rotos que la comida se ha acabado finalmente y que por ende uno de ellos cuatro debe sacrificarse para que los otros tres puedan sobrevivir. En lugar de atenuarse la sensación se ciñe aún más en torno de él cuando se efectúa el sorteo en que el destino le asigna el papel de verdugo del tripulante cuyo apellido parece anunciar una condena aciaga y que acepta el disparo a quemarropa que le vuela los sesos con una entereza escalofriante parecida a la que él, el capitán y el otro compañero despliegan al desmembrar el cuerpo y cortarlo en tiras que ponen a secar a lo largo del bote para comerlas despacio luego de asarlas en la discreta hoguera encendida dentro de un caparazón de tortuga que se usará de nuevo días más tarde cuando el tercer tripulante expire entre terribles estertores para dejarlos solos a él y al capitán, dos caníbales incidentales envueltos en un silencio puntuado por los sonidos salvajes del proceso de masticación e interrumpido hasta casi dos semanas después por el ulular de la sirena del barco que los rescatará.

Lo que jamás perderá en los años que le resten de vida es el sabor de la carne humana que tendrá alojado como un huésped incómodo en algún sitio de la caverna del paladar hasta en sueños sudorosos donde estará navegando a bordo de embarcaciones comandadas por cadáveres incompletos que de vez en cuando voltearán a observarlo con una nostalgia no exenta de extrañeza y recriminación.

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Waratah

¿Por qué la gente se siente siempre tan seducida al escuchar o leer relatos de barcos que se pierden en altamar sin dejar más huella o explicación que esos relatos y quizá unas cuantas imágenes por lo general torpes que los tornan aún más espectrales, aún más inasibles, como si en verdad nunca hubieran existido y todo fuera producto de la fantasmagoría?, pregunta el hombre con quien bebo un aguardiente más bien dulzón desde primera hora de la tarde en que la lluvia comenzó a cubrir con sus amplios cortinajes el puerto donde ambos esperamos algo que no podríamos decir exactamente qué es. ¿Qué tanto del destino de un buque se halla cifrado en el nombre con que se le bautiza, por ejemplo si se ha elegido el de una flor que según afirman funciona para iluminar la noche oscura del alma y se ha convertido desde hace unos años en el emblema floral de uno de los seis estados australianos pese a haber acarreado mala fortuna a otras cuatro embarcaciones que se llamaron de igual modo y acabaron por extraviarse en distintas aguas tumultuosas de un siglo ya ido, que fue pródigo en desapariciones y naufragios? ¿Qué no darían los propietarios del quinto buque con nombre de flor por haber prestado atención no sólo a la historia que tantas y tan duras lecciones conserva entre sus páginas llenas de ausencias sin solución sino a las señales que apuntaban a que su navío, al ser vinculado a un símbolo de fragilidad y delicadeza, no conseguiría soportar el peso conjunto de cargamento y pasajeros con que circularía por regiones caracterizadas por un clima de fiera inestabilidad, corrientes traicioneras que recuerdan a mujeres enrabiadas, tifones dispuestos a formarse en un santiamén y olas que se inflaman como leviatanes líquidos hasta rebasar en ocasiones los veinte metros de altura? ¿Habrá tenido alguna relevancia el hecho de que veinte días antes de que se le avistara por última vez nuestro buque floral recogiera a casi cien personas entre las que se contaba un convicto escoltado por dos policías y sometido al proceso de extradición de quien jamás se volvería a saber nada, ni el crimen que cometió ni las razones por las que debía ser custodiado no por uno sino por dos hombres que quizá se sentían forzados a guardar el secreto de un acto particularmente violento para no alarmar al resto de los pasajeros? ¿Habrá sido en realidad un sueño repetido por triplicado lo que un ingeniero que viajaba a bordo de nuestro buque floral aseveró haber experimentado durante la misma madrugada, y que lo impulsó a renunciar a la travesía y desembarcar en tierra firme dos días antes de que el navío se esfumara en las brumas de una mañana de acelerado deterioro climático, o se habrá tratado más bien de una de tantas sombras nocturnas que nos visitan sin que seamos capaces de reconstruirlas al despertar y que en su caso se concretó en un hombre vestido de manera peculiar que según asentó le resultaba por entero extraño, un desconocido que en la mano derecha sostenía una espada larga mientras en la izquierda empuñaba un trozo de tela empapado de sangre y a sus labios pugnaban por aflorar palabras que no alcanzaron a ser pronunciadas? ¿Será que debemos confiar en los testimonios de quienes declararon haber participado en los avistamientos finales de nuestro buque floral en la fecha de su tránsito al mundo de lo invisible: el oficial de otro vapor que intercambió saludos e información mediante el reflector de señales y que observó cómo nuestro buque era devorado lentamente por el horizonte, el capitán de otra embarcación que horas después distinguió una gruesa columna de humo brotando de una nave que se desvaneció al cabo de dos intensos fogonazos que podrían adjudicarse a sendas explosiones, el militar que desde su puesto de vigilancia asistió por telescopio a la lucha que un navío similar al nuestro entablaba con el océano embravecido hasta que un golpe bárbaro de agua lo venció? ¿Será que hasta hoy no se ha recuperado un solo resto de nuestro buque floral, que pudo o no ser engullido por la voracidad de un remolino, porque hay cosas que han sido creadas específicamente para volatilizarse sin dejar tras de sí ni el más mínimo vestigio de su existencia? ¿Quién, en efecto, gobierna el profundo mar azul?, pregunta el hombre con el que bebo un aguardiente más bien triste en tanto la lluvia hace del anochecer un lienzo indefinido y opaco atravesado a intervalos regulares por los alfilerazos de luz que arroja el faro ubicado en un extremo del puerto adonde gente como nosotros viene a esperar algo que nunca atinará a decir exactamente qué es. ¿Quién lo rige en medio del espanto que provocan las leyendas gestadas en su seno, en medio de las olas que se levantan como titanes enloquecidos, en medio de la rabia de corrientes que arrastran con el vigor de mujeres atenazadas por los celos, en medio de los temporales que no cejan en su empeño por borrar del mapa a aquellos que navegamos? ¿Quién cabalga en el anchuroso mar helado que nos llama con las voces de los cientos que han sucumbido junto con los barcos sepultados en tumbas ignotas que al carecer de lápida no pueden recibir las flores que tú y yo les llevaríamos para alumbrar la noche oscura de las almas que ellos continuarán transportando por toda la eternidad?

Algo sobre el autor Mauricio Montiel Figueiras (Guadalajara, México, 1968) es narrador, ensayista, editor, traductor y gestor cultural. Parte de su obra literaria ha aparecido en medios de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Cuba, Estados Unidos, España, Italia y Reino Unido. Entre sus libros más recientes se encuentran El funeral (2023), Señor Papas (2024), La bruma y el detective (2025) y Vendrá la muerte y tendrá tus letras (2025). En 2019 la editorial Almadía publicó su traducción de Ciento cincuenta cuentos cortos, antología personal de la escritora estadounidense Lydia Davis. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés y el Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, de la Fundación Rockefeller, de The Hawthornden Retreat for Writers en Escocia, de la Kone Foundation en Finlandia y de Studio 88 Artist Residency en Tailandia. En 2004 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.

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