Fragmentos de «Lo más parecido al amor»

Ilustración Pablo Bolaños

Capítulo 35 – El letrista / Choza precaria.

Me siento en una silla frente al mar y contemplo. La islita de enfrente, la playa con sol, las personas que pasan. Más que en la isla de Superagüí, pero menos que en cualquier playa de Mar del Plata. Mi referencia en cuanto a playas, mi referencia en cuanto a cantidad de gente. Orlando almuerza con su mujer y ni bien termina se me acerca otra vez con un plan. Siempre parece tener uno. Yo estoy dispuesto a decirle que no, pero lo de Yaka me intriga. Un viejo que vive metido en la selva, el único letrista de la isla. Al que conozco de años atrás, pero nunca visité. Orlando lo quiere buscar porque el viejo desapareció dejándole un trabajo a medio hacer, el nombre de un bote. Un bote con motor que se compró Orlando, pero que no funciona. Al que le puso igual que a la posada: Parada Obrigatória. Señala hacia el bote para que yo corrobore: la inscripción dice Parada Obri.

Al rato vamos hacia la selva por un sendero que se torna cada vez más estrecho. Por sectores, el agua lo cubre en su totalidad. Orlando y su mujer se descalzan para pasar y yo, temeroso, lo cruzo en ojotas. Hasta que una se me incrusta en el barro y se rompe. Sigo avanzando con la ojota sana puesta y la rota en la mano.

A Yaka lo conocí años atrás, mientras contaba su historia en un bar. Más adelante descubrí que la contaba en diversos bares, a quien la quisiera escuchar. La historia era la siguiente: Yaka vivía en Curitiba y trabajaba en un banco. Una tarde volvió del trabajo más temprano de lo habitual y descubrió a su mujer con el amante en la cama. Entonces, se produjo una pelea en la que Yaka terminó clavándole una faca al tipo. Esa misma noche huyó, sin saber qué pasó con el herido. Dejando casa, trabalho, mulher e carro. Se vino para la isla y nunca más volvió al continente. Yaka dice que fue la mejor decisión de su vida. En esa parte y como final del relato, levanta la vista hacia el mar, abriendo sus brazos.

Beleza —dice, y su mirada se pone vidriosa.

Lo curioso del relato es que siempre es el mismo y con el mismo entusiasmo. Tal vez, una fórmula para tomar gratis, porque nunca falta el que se conmueve y le invita una copa. Una vez, una mujer, entre lágrimas, le dijo: Usted me hace acordar a mi padre. Puede que sea inverosímil la historia. Pero que el hombre saque una tajada para mí no quiere decir nada malo; si con su dolor encontró una manera de pasar mejor el rato, en todo caso, la vuelve más verdadera que falsa.

Al cabo de media hora, llegamos a la casa metida en la selva. En realidad, una choza precaria. Orlando golpea las manos. Nada. Se asoma hacia el interior por una ventana. Nos dice que lo ve a Yaka durmiendo. Dos de la tarde. Me asomo. Yaka duerme sobre un colchón tirado en el piso, al cual lo rodea un tul antimosquitos. Un tul que cuelga desde el techo y que abarca toda su cama. Lo curioso es que está repleto de agujeros, del tamaño por los que podría pasar una pelota número cinco. Uno tiende a pensar que así Yaka no se defiende de nada. Sin embargo, la cantidad de agujeros define el modo en el que Yaka consigue seguir resistiendo.

De pronto, Yaka se mueve ante los gritos de Orlando. Gira su cabeza y nos mira con desconcierto. Como si antes de reconocernos se preguntara si, en verdad, sigue siendo parte de este mundo. Orlando le habla sin que el viejo reaccione. Yo aprovecho para escaparme y hago una mini excursión por la choza precaria. Botellas tiradas, trastos viejos, un ancla, tachos de pintura. Todo carcomido u oxidado, como si fueran los restos de un hombre vencido. Sin embargo, ahí sigue, resistiendo en la selva. Aunque, viéndolo, no quede claro si la noche que encontró a su mujer con otro, su vida empezó de una vez o se derrumbó para siempre.

Cuando vuelvo, Yaka está en la ventana, sonriendo, moviendo las manos en un paso de danza.

—Soy un fantasma —escucho que dice, o me lo imagino.

Lo del viejo me impacta. Su total abandono, su final en la selva. Yendo de bar en bar contando su historia. Orlando lo regaña, lo miro y no entiende nada. No ve la belleza ni la mierda del mundo. Tiene los ojos y el corazón de adorno. Lo cagaría a trompadas. Aunque no sé quién es peor: Orlando, que no ve nada, o yo, que solo encuentro belleza en lo que está abandonado.

Cuando nos despedimos, Orlando me cuenta que arreglaron para mañana temprano. Que ahora vamos a lo de una hermana que vive en la zona. Otro plan. Pero le digo que no.

—Prefiero seguir caminando solo.

—¿E o que você vai fazer caminhando sozinho?

—No sé, pero quiero caminar solo.

Y le pido perdón. Como si nunca pudiera hacer lo que quiero sin tener la necesidad de disculparme con alguien.

Algo sobre el autor Ulises Martino es Escritor, Psicólogo Social, Coordinador de encuestas, Terapeuta de Parejas y director teatral. Participó en el taller literario de Pablo Ramos, durante cinco años, donde trabajó la novela Lo más parecido al amor, aún inédita.

Escribió el libro de cuentos El Mundo de las mujeres el cual resultó ganador del Concurso Nacional A. Bioy Casares 2020, edición 14º, en la categoría libro de cuentos.

En 2021 obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Vías Navegables “Memoria, Rio y Cultura”, con el relato “Mañana con sol”. También resultó finalista en el Concurso literario de cuentos cortos –APAIB 2021, donde obtuvo el tercer premio con el cuento “El Tren del otro lado”.El cuento “Un buen nadador” fue seleccionado y forma parte del libro Los vicios de los muertos (Cuentos Rockeros I) editado por Hormigas Negras en 2020.

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