Campamento hippie

Ilustración Pablo Bolaños

Fragmentos de “Lo más parecido al amor”

Decido seguir por un sendero que se mete más en la selva viendo hasta donde me lleva. Tal vez, imagino, hasta dar con una playa que no conozca. A lo poco de avanzar me sobrevuela una nube de mosquitos que rodea mi cabeza. Desaparece y vuelve. Esa u otra. ¿Cómo saberlo? Me defiendo a los manotazos que no dan abasto, como si mis recursos fueran impropios del suelo que piso. Los mosquitos pican por todas partes y logro matar a algunos. Muchos explotan con sangre. Nunca supe si eso significa que ya me han picado o no. O si esa sangre le pertenece a algún otro. Si así fuera, estoy lleno de sangre ajena que mi cuerpo lleva en pequeñísimas muestras por el medio de la selva.

A los veinte minutos, un sendero de menos importancia se bifurca hacia la derecha por el que decido meterme. Me imagino que, hasta dar con la playa, para meterme al agua y limpiarme la sangre que no es mía. Pero al final del sendero hay una especie de campamento hippie, entre los árboles. Tres o cuatro carpas junto a una extraña construcción de cemento. Aplaudo. Escucho el eco. Vuelvo a aplaudir y a escuchar el eco. Un hombre surge de entre las carpas caminando hacia mí. Es tan flaco que un viento más o menos encumbrado se lo llevaría. Tiene vincha roja y anteojos redondos. Parecido a John Lennon. Tan parecido que si no murió acabo de encontrarlo. Su saludo es débil, mezcla de paz y desgano. Su pelo bien largo parece de paja. Su piel de escama. Con las uñas crecidas de los dedos de los pies podría degollar a alguien si se lo propusiera. Si John Lennon no murió y es este, puedo asegurar que está muy hecho mierda. Charlamos. Imposible saber de qué, por su portugués tan cerrado. Pero pegamos onda. No nos entendimos, pero pegamos onda. Imposible no hacerlo con John Lennon. 

Le pregunto por la casa de cemento y me invita a conocerla. Por las ventanas emana una especie de vaho envolvente que la vuelve misteriosa. Una casa de cemento con piso de tierra. Adentro hay tres piletones donde lavan la ropa y un depósito donde queman la basura. Me explica cómo se organizan. No entiendo el idioma, pero capto que allí nadie es dueño de nada.   

Le pregunto si hay playa y me señala un camino. Tomo la delantera. Pero en cuanto miró hacia atrás, John no está. Se acabó la visita guiada o tal vez me haya cruzado con un fantasma. Desemboco en una playa solitaria, rodeada de morros. Ni una persona a la vista. Una playa que la civilización parece no haber descubierto. Me siento a contemplar la belleza que el progreso no toca, y me imagino lo que vendrá en el futuro: hoteles, cancha de golf y una invasión de turistas.

No sé cuánto pasa hasta que abro los ojos.   

-Você se durmió –dice John, que está sentado a mi lado. 

Su rostro agrietado me asusta. Miramos el mar en silencio. El verde luminoso, con algunas nubes negras de fondo. 

De pronto, una mujer se acerca. A simple vista, más joven y dada que John. 

-Belinda –se presenta.   

-Lindo nombre –le digo. 

-La que atrai por sua belleza –dice John. 

De pronto el cúmulo de nubes negras me recuerda que estoy en la selva. Me pongo las ojotas. Se zafa la que anda averiada. 

-No sirve más –digo al aire. 

John dice que después me la arregla. ¿Después, cuando?, pienso.    

-Em breve será la noite –arremete Belinda. 

-Quédase –dice John-. Pode passar a noite no acampamento.

-Andar na selva à noite é perigoso –cierra Belinda.

El comentario me afecta. Distinto hubiera sido que lo dijera John. En boca de una mujer, el efecto de un comentario puede ser un destino. 

Comprendo que es el momento crucial de mi viaje. Terminar durmiendo en un campamento hippie cuando lo único que tenía que decir en Buenos Aires, era sí o no. No era tan difícil. Y por no decir que sí o no terminé durmiendo en la selva. Al fin y al cabo ¿Qué cosa tan rara era una embarazada?

En la noche ayudé a cocinar. No había mucho que hacer. Arroz y papa hervida. Belinda me explicó los secretos del arroz brasileño. Que es freír previamente un puñado de arroz con la cebolla y el ajo. Me llamó la atención de que hablara en perfecto español. Había nacido en México y viajado por todo el mundo. 

Durante la cena habló principalmente John, que se esmeraba en hablar pausado. Tocó temas diversos, pasando por la anarquía no violenta, su preocupación por el medio ambiente y la revolución sexual. Cuestión que me hizo pensar en que íbamos a terminar cogiendo los tres. 

-El azar não existe –dijo en un momento-. Si está aquí, é porque você sonhou isso alguma vez. 

Sus ojos brillaron como dos insectos de luz en la oscuridad y luego de abrazar a Belinda se fue sin decir palabra.   

-Te estuvimos llamando –dijo Belinda, después de un silencio incómodo para mí-. Cuando John te vio en la colina, dijo que alguien nos venía buscando.  

Belinda parecía una mujer transformada. Más joven, diez años menos de los que había tenido en la tarde. De su cuello colgaba un collar que terminaba en su pecho. Allí resaltaba una especie de moneda, en cuyo centro había una estrella dorada. 

Me pidió la mano. Apoyó la palma de la suya en la mía y la sensación del tacto me electrizó. 

-Si has llegado hasta acá, debes tener alguna pregunta -me dijo. 

Una de esas preguntas que, depende la situación, son imposibles de responder.  

-No se me ocurre ninguna.   

-No se te ocurre ninguna porque tienes miedo. 

-Casi toda la humanidad está asustada –me defendí.    

-Esta noche es maravillosa. Única en tu destino. ¿Qué es lo que te da miedo?  

-Voy a ser padre y no sé qué hacer. 

-Eso es maravilloso.

-Demasiado maravilloso. Pero me da miedo perder lo que soy. 

Belinda sonrió. 

-Te da miedo perder lo que dices que sos. 

-Buscas un destino maravilloso –me dijo-, y es por eso por lo que estás aquí. Pero es muy peligroso. No todo puede ser especial. 

-Ser padre tiene que ser especial. 

-Por eso ya tomaste la decisión.

-¿Qué decisión?

-La de recibir a esa personita. Ella te está buscando, ya está en camino hacia vos. Ahora por la selva estas escribiendo la historia y preparándote para ese encuentro. El gran problema de las personas es que se olvidan de que están escribiendo una historia.  

Dijo eso y Belinda se me acercó, me besó en la frente. Una de sus manos tocó mi cabeza, como si buscara en ese territorio algo nunca explorado. 

-Ves lo que otros no ven. Pero tienes que elegir bien. Luz u oscuridad. 

Teniéndola tan cerca tuve el impulso de besarla. No estoy seguro de que haya sido más que un toque de labios. Cuando se apartó sentí algo en mi mano. Un objeto metálico, con el dibujo de una estrella, con el mismo dibujo del collar de Belinda.

-Es una protección –me dijo-, para cuando seas padre-. Va a ser la hija más hermosa del mundo.  

En eso, una ráfaga de viento cruzó entre nosotros. Levanté la vista y debajo de un árbol lo vi aparecer a John. Me di cuenta de que estaba sin los anteojos y de que algo pasaba en sus ojos. Como si tuviera un poder. Uno ojo era verdadero, el otro no. Pero no podía saber cuál.  

A la noche hubo truenos y me costó dormir. Como si estuviera en la noche más profunda de mi soledad. Y no por azar. Porque soñé que me pasaba, exactamente, lo que me estaba pasando. Después soñé que tenía que elegir entre dos mundos. En uno la gente se moría de sed y en el otro de no sed. Yo quería pertenecer al primero. Aunque mi miedo era que después la sed no se me fuera con nada.     

Cuando me desperté en la mañana, no vi rastros ni de John ni Belinda. Como si me hubiera cruzado a fantasmas. Pero estaba la ojota arreglada, con un clavo, en la puerta de la carpa. Me la puse. Molestaba un poco, pero servía para seguir caminando. 

Tomé por el sendero y a la mitad del trayecto, sentí que alguien chistaba. Era John, a lo lejos, que saludaba con la mano en alto y los dedos en “V”. Y seguí caminando, sintiendo por primera vez en todo el viaje, que el camino que estaba haciendo y yo éramos la misma cosa.

Algo sobre el autor Ulises Martino es Escritor, Psicólogo Social, Coordinador de encuestas, Terapeuta de Parejas y Director teatral. Participó en el taller literario de Pablo Ramos, durante cinco años, donde trabajó la novela Lo más parecido al amor,  aún inédita. Escribió el libro de cuentos El Mundo de las mujeres el cual resultó ganador del Concurso Nacional A. Bioy Casares 2020, edición 14º, en la categoría libro de cuentos. En 2021 obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Vías Navegables “Memoria, Rio y Cultura”,  con el relato “Mañana con sol”. También resultó finalista en el Concurso literario de cuentos cortos –APAIB 2021, donde obtuvo el tercer premio con el cuento “El Tren del otro lado”.El cuento “Un buen nadador” fue seleccionado y forma parte del libro Los vicios de los muertos (Cuentos Rockeros I) editado por Hormigas Negras en 2020.

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