Escribir sobre las ruinas de uno mismo

El próximo 20 de noviembre, a las 18 h, presentaré mi libro Las cosas que amábamos en Nesqui. Me acompañarán Inés Garland, Julieta Obedman y Ulises Martino. Estas palabras son una reflexión sobre el  arte como posibilidad sanadora. En definitiva, eso es lo que quiero celebrar: la posibilidad de transformar la experiencia, incluso sus zonas más dolorosas, en literatura; de hacer de la escritura una forma de elaborar las heridas y de encontrar, en las palabras, una manera de reconciliarnos con eso que hemos vivido.

Hay cosas de nuestra vida que no sabemos cómo contar. No porque las hayamos olvidado, sino porque todavía nos duelen. Hay recuerdos que permanecen demasiado cerca de la herida, personas cuya ausencia sigue ocupando un lugar en nosotros y experiencias que, por más que intentemos explicarlas, se resisten a encontrar un sentido. A veces, para poder hablar de lo que nos pasó, necesitamos transformarlo en otra cosa. Necesitamos escribir.

Creo que ahí comienza, para mí, el sentido de la autoficción. En esa posibilidad de volver sobre la propia vida sin tener que reproducirla exactamente como ocurrió. Porque quien escribe ya no es del todo la persona que vivió aquellos acontecimientos. Algo ha cambiado. Hay una distancia, por pequeña que sea, entre el que sufrió y el que ahora intenta comprender lo sucedido. Y en esa distancia aparece la literatura.

Al escribir Las cosas que amábamos, me interesa explorar ese territorio incierto en el que la memoria, la imaginación y la experiencia personal se confunden. No escribimos solamente para recordar lo que pasó. Escribimos, también, para preguntarnos qué hicimos con aquello que nos pasó, cuánto de nosotros quedó atrapado en el pasado y cuánto de las personas que amamos sigue viviendo, de alguna manera, en nuestra forma de mirar el mundo.

La sensibilidad tiene mucho que ver con esto. Ser sensible no significa solamente sentir más, sino también quedar más expuesto a lo que nos sucede. Hay personas, momentos y palabras que nos acompañan durante años, incluso cuando creemos haberlos dejado atrás. A veces basta una imagen, una canción o un gesto para que regrese algo que creíamos olvidado. La memoria no siempre obedece a nuestra voluntad. Tiene sus propios caminos, sus asociaciones misteriosas, sus regresos inesperados.

La literatura me permite entrar en ese territorio sin necesidad de encontrar todas las respuestas. Me permite detenerme en aquello que la vida cotidiana nos obliga a pasar por alto, mirar de nuevo una escena, escuchar de otra manera una voz, preguntarme si las cosas fueron realmente como las recuerdo o si el tiempo las ha transformado. Porque recordar también es inventar, completar, deformar. No necesariamente por voluntad de engañar, sino porque nunca podemos recuperar el pasado tal como fue. Lo reconstruimos desde quienes somos ahora.

Quizá por eso no entiendo la escritura como una simple confesión. No se trata de contar la propia vida para dejarla expuesta ante los demás. Se trata de encontrar una forma que permita comprender algo de ella. La ficción nos da esa libertad: podemos modificar los hechos, desplazar una experiencia, inventar una escena o reunir en un personaje aspectos de distintas personas. Y, sin embargo, en esa transformación puede aparecer una verdad que la reproducción exacta de los acontecimientos no habría conseguido alcanzar.

A veces pienso que escribir es una manera de ordenar las ruinas de uno mismo. No para reconstruir la casa tal como era antes, ni para fingir que nada se ha roto, sino para ver qué queda entre los escombros. Qué objetos todavía reconocemos, qué voces siguen resonando, qué partes de nuestra historia merecen ser conservadas y cuáles necesitamos mirar de otra manera para poder seguir viviendo.

No creo que el arte nos salve en un sentido absoluto. Escribir no borra una pérdida, no devuelve a quien murió ni repara automáticamente aquello que nos hizo daño. Pero puede cambiar nuestra relación con lo vivido. Puede permitirnos mirar una herida sin ser solamente esa herida. Puede convertir el sufrimiento en una pregunta, la tristeza en una imagen, la confusión en palabras. Y eso, aunque parezca poco, a veces es mucho.

Porque existe el riesgo de terminar identificándonos con nuestro dolor, de creer que somos únicamente aquello que nos pasó. La escritura introduce una pequeña diferencia. Quien escribe sobre su propia historia es también alguien que la observa, que decide cómo contarla, que busca las palabras y establece relaciones entre cosas que hasta entonces parecían inconexas. Por un momento, dejamos de ser únicamente los protagonistas de lo que sufrimos y nos convertimos en quienes intentan comprenderlo. No dejamos de ser los mismos, pero algo se modifica en la manera de habitarnos.

El título Las cosas que amábamos nace, para mí, de una pregunta que no termina de resolverse: ¿qué ocurre con el amor cuando aquello que amamos desaparece? No hablo solamente de las personas. También amamos lugares, objetos, momentos, una casa en la que fuimos felices, una época de nuestra vida, una versión de nosotros mismos que existió junto a alguien. A veces, cuando perdemos a una persona, perdemos también el mundo que habíamos construido a su lado. Y entonces no sabemos muy bien qué estamos llorando: si su ausencia, lo que fuimos con ella o todo aquello que ya no podrá suceder.

Incluso podemos seguir amando a los muertos. Lo digo porque me parece una de las experiencias más extrañas y, al mismo tiempo, más profundamente humanas. Podemos amar a alguien que ya no está, que no puede respondernos, que no puede acompañarnos ni ofrecernos nada nuevo. Desde una mirada práctica, ese amor parecería no tener ninguna utilidad. Sin embargo, permanece. Seguimos hablando con los muertos en nuestra memoria, recordamos sus gestos, imaginamos qué habrían dicho ante una situación determinada. A veces descubrimos que una parte de nuestra vida continúa organizada alrededor de alguien que ya no forma parte de ella.

Entonces me pregunto: ¿amamos porque el otro nos resulta útil, porque satisface una necesidad o porque su presencia mejora nuestras condiciones de existencia? ¿O amamos, precisamente, porque no comprendemos del todo ese sentimiento, porque hay en él algo que escapa a la razón, algo que no podemos medir ni explicar y que parece cifrado en el misterio del universo?

Pienso en Interestelar, la película de Christopher Nolan, y en esa intuición de que el amor puede atravesar la distancia y el tiempo, de que hay vínculos cuya importancia no se agota en la presencia física ni en la posibilidad de recibir algo a cambio. No sé si el amor tiene una explicación última. Quizá no la tenga. Quizá lo que nos hace humanos sea, en parte, nuestra capacidad de seguir vinculados con aquello que ya no está.

La literatura puede prolongar ese vínculo. No resucita a los muertos ni devuelve intacto el pasado, pero les concede un lugar en el presente. Escribir sobre alguien es, de algún modo, volver a acercarse a su ausencia, darle una forma, permitir que algo de esa persona permanezca en las palabras. No es recuperar lo perdido. Es reconocer que lo perdido sigue formando parte de nosotros.

Tal vez ahí se encuentre la dimensión más reparadora del arte. No en cerrar definitivamente las heridas, ni en alcanzar una reconciliación perfecta con nuestra historia, sino en aprender a convivir con aquello que no pudimos resolver. Hay pérdidas que no se superan del todo. Hay preguntas que nos acompañan durante toda la vida. Pero podemos encontrar una manera de darles lugar sin permitir que ocupen todo el espacio.

Una biografía rota no tiene por qué ser una biografía sin sentido. A veces, es precisamente en los fragmentos donde encontramos algo que antes no podíamos ver. No porque el sufrimiento sea necesario ni porque las heridas nos vuelvan mejores, sino porque, una vez que han ocurrido, necesitamos encontrar alguna forma de incorporarlas a nuestra historia. La escritura puede ayudarnos a hacerlo.

Al final, creo que uno escribe porque hay cosas que no consigue olvidar, porque hay personas que siguen viviendo en su interior y porque algunas experiencias, si no encuentran una forma de expresión, permanecen encerradas en nosotros. Escribimos para acercarnos a lo que nos duele, pero también para acercarnos a lo que amamos. Y quizá ambas cosas sean inseparables.

No escribimos para volver a ser quienes éramos antes de la herida. Escribimos porque ya no somos aquellos y necesitamos descubrir quiénes somos ahora. Para encontrar una lengua que nos permita nombrar lo perdido, reconocer lo que permanece y aceptar que hay zonas de nuestra vida que nunca terminaremos de comprender.

Quizá eso sea, en última instancia, Las cosas que amábamos: un intento de acercarme a todo aquello que la vida nos quita, pero que, de alguna manera, continúa viviendo en nosotros. Una manera de preguntarme qué queda del amor cuando ya no podemos tocarlo, qué queda de una persona cuando solo tenemos sus recuerdos y qué puede hacer la literatura con todo aquello que no hemos sabido resolver.

No tengo una respuesta definitiva. Tengo la escritura. Y, a veces, escribir es la única manera que encuentro de seguir conversando con lo que perdí, de darle un lugar a lo que amé y de hacer las paces, aunque sea por un instante, con las ruinas de mi propia historia.

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