Aves cansadas | Cara de Perro

Aves cansadas

Samantha Victoria

1.

En un departamento sencillo de un barrio tranquilo. Nilda usa un pijama maltrecho y agujereado, lleva una bata encima, quemada en una de sus puntas, y pantuflas. El reloj marca las tres de la tarde y ella toma un té con bizcochitos mientras mira la tele. Al masticar uno de los bizcochitos siente un intenso dolor de muela y deja de comer.

NILDA: ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¿Cuántas veces más te va a pasar, Nilda? Te ponés a ver la televisión y te olvidás. ¡Te olvidás! Que tenés la muela carcomida por la maldita caries y que no tenés que masticar con el lado izquierdo porque lo tenés tan mal que si un dentista te viera saldría corriendo a pedir auxilio, porque una sola persona no alcanza para reparar todo lo que está ahí dentro roto y maltrecho. Ay, ay, ay. Ya no tiene sentido ni seguir comiendo, te arruinaste el apetito y las ganas de disfrutar del dulcecito de la tarde, porque  no vas a dejar de pensar que tenés que ir al dentista o si no la muela se te va a podrir y te va a provocar no sé… una infección, algo con pus, una de esas cosas que se te suben a la cabeza y que te dejan ahí sin más, tiesa en medio del living sobre la alfombra que encima mandaste a lavar hace poco y sin que nadie se entere, hasta cuando pasen tres días y José se dé cuenta por el olor cuando pase a sacar la basura.

Nilda se siente observada por la fotografía de su difunto marido.

Ya sé que tendría que llamar a la obra social, Ernesto, pero no tengo ganas de hacer todo ese esfuerzo para pasarla mal… ducharme, vestirme, salir, buscar un taxi, caminar, esperar, hablar con gente desconocida, que no te escuchen, y luego se me pone la piel de gallina solo con imaginarme el sonido del taladrito ese con el que te perforan la muela, el olor a la pasta esa blanca que te ponen y la anestesia que te deja babeando por horas. Encima es carísimo, ¿te acordás de ese tratamiento que te hiciste?, estuvimos pagándolo durante meses. Ese Dr. Soravito que te atendía a vos debe ser millonario. Ahora que lo pienso creo que no le avisé de lo tuyo, no sabe que ya no estás. Sería raro ir y tener que explicarle recién ahora, que ya pasó casi un año. Responderle sus preguntas con la boca abierta. Prefiero quedarme sin dientes.

Nilda ve la merienda que quedó sobre la bandeja y suspira. Se sienta a continuar viendo la novela.

Había pedido con tanta ilusión estos bizcochitos. ¿Por qué la vida no será como en la televisión? ¿No, Ernes? ¿No estaría bueno saber en qué vidas se inspiran las personas que crean estos programas para entender cómo se logra vivir de esa manera, a dónde tiene que ir una para que le pasen las cosas fantásticas que les pasan a las protagonistas? La gente ahí nunca tiene problemas con las muelas ni les duele nada. El otro día Estela me dijo que está basada en “Romeo y Julieta”, la obra esa de teatro de Chekspieare, y la veo por eso. Ya ni te debés acordar porque fue hace mucho, pero en la secundaria, antes de que nos conociéramos la hicimos en el colegio… “Romeo y Julieta”, pasó tanto tiempo. Yo quería ser la protagonista claro, todas queríamos, pero me pusieron de soldado. Yo me sabía mejor los diálogos que a la que le dieron el papel, pero como yo era un poco gordita me chantaron la armadura. Me acuerdo que en mis tiempos libres me aprendía la parte de Julieta por si el día del estreno se enfermaba mi compañera y necesitaban una suplente. ¡Ay! Ni recordar tranquila me deja esta muela. Voy a tener que tomarme una de esas pastillas que tomabas vos. Es como si todavía te viera ahí sentado diciéndome “gordi pásame una de las pastillas que llegué doblado hoy”.

Nilda se queda mirando al vacío en silencio.

Siempre pensé que iba a ser yo la primera en irse.

El teléfono timbra y Nilda se asusta, tarda en decidir si contestar o no.

¡Ay, la pucha! Esa seguro es Estela, siempre llama en los momentos más inoportunos. Seguro llama para preguntar si ya tomé turno con el dentista, es una pesada. Otra que me trata como una niña. Entre ella y Paula me hacen sentir que ya no sirvo para nada. El otro día se mandó un lance y me dijo: “Te estás dejando estar hermana, ahora una puede vivir hasta los noventa años y a vos todavía te quedan por lo menos dieciocho”. ¡Eso me dijo! Y luego siguió: “Tenés que animarte a hacer algo con tu vida, yo no quiero ver que te quedes encerrada, la vida no se termina con el marido. Tenés que salir y bla, bla, bla.” ¡Ja! Lo dice la que tiene el marido con vida y a los hijos y los nietos cerca.

Nilda va a buscar una cajita de pastillas para el dolor en el baño. Nilda se mira al espejo y se toma una pastilla para el dolor.

¡Ay, Nilda! Si Estela o Paula te vieran así, sufriendo por una muela, hablándole a la nada. Pensarían que ahora sí te volviste loca, pensarían lo mismo que pensabas vos de la abuela cuando quedó viuda. ¿Vos creés Ernes que la Pauli haría lo mismo que mi papá? No, ya sé, no puede, está lejos. Me convencería de ir a una “casa de descanso”, así se le dice ahora. Como si lo único que una necesitara fuera descansar después de cumplir setenta. ¿Sabés qué es lo peor? Que creo que me convencería. Me diría “mamá necesitás que te cuiden, no quiero que estés más sola. Hay personas especializadas que pueden mejorar tu vida, vos sabés que te quiero, necesitás estar sana y bla, bla, bla”. Y yo si estuviera en un mal día, en uno de esos días que siento que todo lo que hice fue cocinar, coser, cuidar, comer y criar, le diría que sí, que tiene la razón, que lo único que necesito es descansar.

En el balcón de su departamento se escucha una paloma piar pero queda tapada por el teléfono que timbra.

Ahora está enojada. Me regaló uno de esos aparatejos que sirven para llamar y mandar mensajes, pero no lo uso y me dijo que si no lo hacía no me iba a llamar más.

Nilda se acerca al teléfono y lo desconecta.

Que piense que me volví loca. No me importa, ya estoy vieja y tengo derecho a estar de mal humor y nunca más salir de mi casa si no me da la gana. Toda mi vida cumpliendo con cosas. Ahora por lo menos quiero rebelarme quedándome encerrada.

Nilda se sienta con el teléfono que acaba de desconectar en sus piernas. Le habla a Ernesto, aunque ya no mira su foto.

Después de que te fuiste me di cuenta enserio de eso, de que los dos habíamos vivido cumpliendo lo que se esperaba de cada uno. Sin cuestionar ni preguntarnos si eso era en verdad lo que queríamos. Vos salir a trabajar todos los días como mula y yo mantener la casa y cuidar de Paulita, peor que dueña de pensión. Cumpliendo, cumpliendo los dos, sin pensar que el tiempo se pasa volando.

Nilda agarra un almohadón, lo abraza y guarda silencio. En el balcón se vuelve escuchar el piar desesperado de una paloma. Nilda se acerca al balcón extrañada. Mira al cielo, hacia los costados y entre las macetas con plantas secas encuentra una paloma herida en su ala, piando.

 

2.

Nilda camina con el teléfono en la oreja. Sobre la mesa hay una toalla en la que está envuelta la paloma que encontró ayer.

NILDA: Ayer. No sé, no sé qué hora era. ¿Qué importa? ¿Qué diferencia hace? Estaba lloviendo y lo metí a la casa. No iba a dejarlo ahí y que se muriera de frío. Ay, no digas esas cosas Estela. Está herido, tiene una patita doblada y el plumaje todo apachurrado. ¿Cómo me iba a poner a pensar si está lleno de bichos o no? Ahora está envuelto en una toalla. Es como si un gato lo hubiera querido agarrar y quedó maltrecho. No, no hay ninguna madre ni familiar que lo esté buscando. Sí, estoy segura. Además, me parece que ellas vuelan juntas, pero cuando quieren se van solas también, son muy independientes. Sí, igual me quedé esperando un rato en la ventana, por si alguna aparecía, puse hasta miguitas de pan y nadie vino. Tendrías que haberlo visto, todo estropeado llorando… digo piando hasta que lo agarré y lo metí. Enseguida se acurrucó en la toalla que le puse y se durmió. Era como si supiera que llegó a un lugar seguro y puede descansar tranquilo. ¿Eh? Ya sé que podría ser una “ella”, claro que lo pensé, pero es un “él”. No sé, los colores, la manera en la que mira. Si lo vieras me darías la razón, tiene los ojitos negros y brillantes como aceitunas. Es simpático a pesar de ser medio feo, es de esas criaturitas que de ser tan feas te parecen lindas. Si yo no lo ayudaba no iba a sobrevivir, estoy segura. Hasta le puse nombre. Ay, sos antipática. Ya sé que se va a ir igual que como llegó. No te voy a decir. Te vas a reír, ya te estás riendo. Bueno, ya está. Te llamé por otra cosa. Quería preguntarte sobre cuando papá trajo una gallina para engordar y comerla en fin de año. No, tonta. No me lo voy a comer. ¡Qué cosas decís! No sé qué darle de comer y las migas ya lo hartaron.

Nilda mira dentro de la caja y lo acaricia.

¿No Romeito? Ya no querés solo pan. Sí, le hablo. Me estaba mirando como diciéndome “ya sé que estás hablando de mí”. Entiende todo. Cuando quiere algo mueve la cabecita o cierra los ojos. No voy a decirlo de vuelta. ¿Para qué querés que lo diga si ya lo escuchaste? Ah, cómo eres de pesada. Se llama Romeo. No sé, me gusta, que sé yo. No, no por el cantante de bachata, por la obra esa de teatro. Ay, no sabés nada Estela, estás peor que yo. Dale, en serio. Me da miedo que se enferme. ¿Te acordás o no de qué le daba de comer papá a la gallina esa? ¿Maíz? ¿Solo eso? Es que él tiene el pico chiquitito como la punta de un lápiz. Me recuerda a mi Paula cuando era así bebita y me necesitaba todo el tiempo. Es lindo sentirse necesitada otra vez. Ay, no empecés, vos tenés a tus nietos, tu marido sigue vivo. No, no me estoy quejando, solo diciendo las cosas como son. ¿Paula?, estamos peleadas. Ya sabés, tiene un carácter.

Romeo empieza a piar intensamente.

Luego te hablo, tengo que resolver qué le voy a dar de com… Nada, nada. Es la misma frase que te decía cuando el Ernesto llegaba del trabajo y también tenía que colgar. Y sí, el tiempo pasa, pero algunas cosas se quedan igual.

El pichón continúa piando con insistencia.

Bueno, bueno. Luego hablamos. Mandale saludos al Roberto, chao, chao.

Nilda cuelga el teléfono aliviada y mira hacia Romeo.

Bueno querido, tenés que poner voluntad y paciencia hasta que descubra qué te puedo dar de comer, eres el primer pajarito que cuido.

Nilda va hacia la alacena y empieza a buscar entre sus víveres.

A ver, no sé qué puedo darte. No tengo idea. Pan, no. Leche, no. A ver esto. No tengo idea.

Elige un paquete de arroz, toma un puñado, y lo pone dentro de la caja. Se escucha piar, Romeo molesto.

¿Pero qué querés que haga? No sé qué comés y no te gusta nada de lo que te doy. No conozco ningún lugar al que llevarte y si te llevo a la veterinaria seguro piensan que estoy loca por querer salvar una paloma. El Ernesto era el que siempre resolvía estas cosas, yo… yo no me quiero exponer, no quiero salir, no estoy lista.

Romeo pía desesperado y Nilda camina por la casa tratando de pensar. Finalmente se decide y va para su habitación. Regresa con una cajita de celular cerrada.

A ver, con esta cosa tal vez… ¡Las cosas que me hacés hacer! Si estuviera el Ernesto… él no sentía vergüenza de nada, ni cuando tapaba el baño en casa ajena se ponía incómodo.  Yo desde niña siempre fui la más tímida. Me daba miedo subir árboles, cantar en las fiestas, me gustaba actuar pero nunca me animaba y cuando lo conocí a él, que no pensaba tanto, hacía no más, me enamoré como una cabra, porque sentí que nunca más iba a tener que pasar vergüenza de nada, y él se reía y me decía: “Ay, Nildita. ¿Qué sería de vos sin mí?” Y yo me reía y me ponía colorada y ahora… ahora ya no está.

Mira la foto de Ernesto.

¿Qué hago, qué se supone que tengo que hacer ahora? Al final te tocó la parte más fácil de todo y yo soy la que tiene ahora que empezar de cero sin vos. En el hospital, el día que tuvo el infarto me dijo: “No tengas miedo vieja, no tengas miedo”, y yo no le dije nada, solo le dije que se callara. Él ya sabía que me iba a quedar sin él, ya sabía, y ahora si estuviera acá me volvería a decir lo mismo; “no tengas miedo vieja, no tengas miedo”.

Nilda conmovida mira la caja del celular en sus piernas y la abre, mira lo que hay dentro. Enciende el celular por casualidad después de probar varias cosas.

Ay, lo logré, se prendió. ¡Se prendió! A ver… a ver… La Estela tiene uno de estos y lo usa así, presiona por todas partes y en la tele la gente hace pun, pun, presiona y se le abren cosas.

El teléfono empieza a timbrar llamando a alguien.

¿Hola? ¿Hola? ¿Emergencia? Bueno… encontré un pichoncito y no sé con qué alimentarlo.

Del otro lado de la línea cortan y queda solo el pitido del teléfono.

¡Me cortaron! Primero me pregunta qué necesito y cuál es mi emergencia y luego me corta… La gente está del tomate.

Nilda sigue intentando usar el celular,

A ver sigamos… vamos avanzando. Si sigo intentando supongo que alguien o algo que me ayude voy a encontrar. ¡Ay, acá dice el nombre de mi hija!

Presiona entusiasmada y el celular empieza a timbrar hasta que Paula contesta.

NILDA: ¿Paula? ¿Estabas dormida? Perdón allá debe ser de madrugada. Qué lindo escucharte. ¡Me animé! Sí, este aparatejo funciona. Cuchame, lo prendí porque estoy cuidando un pichoncito y no sé qué darle de comer. Sí, sí. Es una historia muy larga. ¿Qué le doy? No tengo idea. ¿Vas a fijarte en Gugle? Dale, dale. Espero.

3.

Nilda mira la televisión concentrada mientras toma un té con galletitas. Está sentada junto a una cajita de zapatos en la que se encuentra Romeo. Mientras habla le pone semillitas de girasol y de calabaza que tiene dentro del bosillo de su bata.

NILDA: Ese es el padrastro de Juana y no quiere que se junte con Marcelo porque es hijo de Cacho que lo traicionó hace unos años con la empresa que tenían y lo dejó sin nada. Se odian por lo menos desde hace diez capítulos. Marcelo y Juana tratan de que se amiguen, pero como decían en mis pagos, “difícil que el chancho chifle”.

Mira concentrada la tele. Se escuchan diálogos de la telenovela que avisan que Juana se va a casar y Nilda se asombra.

¡Ay, no! La van a obligar a casarse con un ricachón del campo a Juanita. Marcelo se va a poner como loco, seguro le va a proponer que se vayan juntos a Brasil y dejen a sus familias pagando. Eso es lo que me acuerdo que era lo que pasaba en la obra. Romeo le pedía a Julieta que huyeran hacia no sé dónde para poder vivir felices… pero no les salía bien.

Nilda queda en silencio, se termina las galletitas, come con cuidado del lado derecho. Cuando termina se levanta para limpiarse las migas y dejar la bandeja con el té en la cocina.

Qué cosa ya saber el final, me quita la ilusión de que puedan estar juntos. No lo había pensado antes. Ahora tengo que resignarme a que la historia avance y conformarme con que todo acaba en desgracia. Yo creo que hay algunas historias a las que una tendría que poder cambiarles el final, tirar todo a la basura: las tradiciones, los miedos, las ideas y decir ya está, esto no va a terminar como todos esperan… pero bueno, es difícil, eso sí. Animarse y soportar la incertidumbre de que algo puede salir mal o el rechazo de la gente porque se cambió algo que era lo que esperaban ver. Qué cosa tener una historia pero sentir que no podés modificarla y estar todo el tiempo pendiente de lo que creés que quiere el público.

Nilda guarda silencio, se entristece, la novela anuncia su final y mira la hora.

Uff, se pasó volando, últimamente se me pasan los días sin que me dé cuenta. Igual, hoy lo único que tengo pendiente es doblar la ropa así que tampoco me perdí de mucho. Ya tengo como tres tandas de ropa ahí en el tender, pero no me gusta guardarla… cada vez que abro el placar siento el olor de Ernesto todavía en su ropa y me hace mal. Ya sé, ya sé que tendría que haberla donado, vaciado los cajones, tirado todo lo que ya no sirve. Estela y Paula ya me lo dijeron cientos de veces, no me tenés que mirar de esa manera vos también, Romeíto. Es fácil decir lo que hay que hacer al otro, decirle seguí adelante, recuperá tu vida, pero no es tan fácil. Todo lo que hay en esta casa me recuerda a algún momento de nuestras vidas, tendría que quemar todo para hacer lo que me piden.

Nilda va a una estantería donde hay recuerditos de bodas y bautismos, toma algunas y las mira. Se queda con una que es un suvenir de quince años.

Esta es de cuando Paulita cumplió quince, ahorramos un año para poder hacerla, tuvo todo lo que quiso, piñata, vestido de princesa, torta; la estuvimos maquillando una hora antes que saliera. Yo estaba en cada detalle, cuidando que todo saliera perfecto. Todo salió tan lindo, me acuerdo incluso que Ernesto preparó un momento sorpresa en el que le cantaba “Piel canela” a Paulita, había estado ensayando a escondidas porque quería darle la sorpresa. Estaba tan divertido cantando y haciendo sus pasitos sin ritmo en medio de la pista y el loco en un momento se atreve a tomarme de la mano e invitarme a cantar con él la última estrofa, pero yo no me animé. Me morí de la vergüenza, además la miré a Paula y estaba roja del bochorno, así que no iba a ir yo y empeorar todo cantando. No, no, no una tiene que saber cuándo guardarse y mantener la cordura.

Nilda tararea el bolero, toma una toalla seca del tender y se la pone como vestido y canta algunas estrofas y un nuevo recuerdo viene a ella.

La primera vez que estuve en un escenario, ay no. Yo creo que ahí quedé curada y me prometí nunca más volverme a subir a un escenario. Viste que te había dicho que en la secundaría habíamos hecho “Romeo y Julieta” y yo, aunque ya me habían dicho que iba a hacer de soldado, me aprendí todas las partes de Julieta con la esperanza de que el día del estreno mi compañera se enfermara o le pasara algo y a la maestra no le quedara otra que dejarme actuar a mí. Bueno, cuando llegó el día del estreno, ay no, dios mío. Como era de esperar, mi compañera ese día estaba bárbara, se sabía todo y yo tuve que hacer nomás de soldado, pero cuando me tocó salir a decir mi partecita… entre las luces, el vestido apretado y los nervios de ser la primera vez que pisaba un escenario, empecé. No pude ni decir las primeras líneas que empecé a marearme y sentir que el estómago se me revolvía hasta que… vomité… sí, ahí enfrente de toda la gente del pueblo que había venido a vernos… y sobre el vestido de Julieta. Luego me desvanecí. La gente quedó helada, Julieta gritaba furiosa y angustiada. El resto de la gente no sabía si subirse y ayudarme a mí o a ella. Lo siguiente que recuerdo es a mis compañeros riéndose y a Estela con mi papá subido al escenario ayudándome a bajar. Desde ese día no me animé ni a cantar el feliz cumpleaños. Cada vez que recordaba ese momento se me iban las ganas de cualquier cosa, hasta dejé de salir. Me veía solo con la familia.

Toma el retrato de Ernesto.

Por eso cuando te conocí me gustaste desde el principio. Venías de la capital y yo quería dejar el pueblo con tantas ansias. Eras todo lo que quería, confiado, seguro, hablabas sin vergüenza para tratar de vender las cosas que traías de la capital. Una vez me regaló unas medias de seda. Ahí confirmé que era el indicado. Era lo más parecido que se podía encontrar en el pueblo a un galán de telenovela y cuando le contaron lo que había pasado en el teatro no le importó. Ni se inmutó.  Me lo contó mi prima que trabajaba en el mismo local de camisas que la que hizo de Julieta, se lo contó mientras veía el catálogo de pijamas y enaguas. Me dijo: “Se lo contó disfrutando cada palabra, pero cuando terminó, él no le respondió nada, ni una mirada, nada”. Yo me enteré de eso un tiempo después, hasta ya nos habíamos casado. Y nos casamos tan jóvenes, yo tenía diecinueve años y él veintidós.  Fue una boda muy linda, sencillita pero muy linda. Me acuerdo que mi abuela me regaló su cajita musical en la que guardaba sus joyas. Yo era su primera nieta. Me quería a montones. Por eso cuando se hizo mayor y vi cómo se apagaba y se quedaba sin ganas de hacer nada me dio muchísima pena. Era una mujer llena de vida, pero el abuelo se murió y quedó hecha pelota. Con mi papá no pasó eso porque mi mamá falleció cuando éramos niñas y él tenía todavía sus mejores años por delante, pero capaz si era al revés y mi mamá era la que se quedaba sola hubiera sido igual. Hubiera dejado de juntarse con sus amigas a jugar al buraco, a hacer las caminatas largas que le gustaban cerca del río, a cocinar ollas de puchero que luego regalaba a todos los vecinos.

Romeo pía y se mueve dentro de su cajita. Nilda bosteza.

Ay, podría seguir hablando toda la tarde, pero bueno hay que doblar esta ropa y hacer el pedido al súper. Se siente bien contarle cosas a alguien sin estar preocupada de lo que pueda pensar.

4.

Nilda recostada en el sillón de su living dormita. Tiene la cara hinchada por su muela y Romeo pía en una jaula.

NILDA: ¡Ay, no Romeíto! Ahora no. Me está matando el dolor de muela, necesito descansar. ¿Qué pasa? Te puse comida y agüita limpia hace nada. ¿No te gusta tu nueva casa? La caja de zapatos ya te quedaba chica. La idea es que puedas moverte y hacer tus cosas pero estar seguro, no querés que te vuelva a pasar lo del otro día que casi te caés por la ventana. Te hubieras estrolado contra el piso, cinco pisos para abajo tenés. Tratá de relajarte, con el tiempo te voy a conseguir una más grande, esta es temporal. Ya sé que esta es de hámster, pero es mejor que la caja de zapatos. No te podía dejar para toda la vida ahí. Además ya te vas a acostumbrar, es como decía el Ernes, “uno de acostumbra hasta a llevar una piedra en el zapato”. Y ahí te vas a dar cuenta que estás mucho mejor porque si te dejo salir, no sabés qué cosas te pueden llegar a pasar, te puede agarrar un gato, te pueden atropellar, te podés enfermar, aturdir, perderte, querer gritar y no saber a dónde ir, un día no encontrar alimento o que otras palomas te maltraten o se burlen por ser vieja y vos no saber qué hacer. Conmigo vas a estar mejor que afuera, no te va a faltar nunca nada y… si querés volar podés hacerlo dentro de la casa. Yo cierro todas las ventanas y vos volás por donde quieras, pero con la tranquilidad de que no te va a pasar nada.

Suena el celular de Nilda y se asusta al escuchar el sonido.

¡Ay!, esa debe ser Paula, toda la semana me estuvo llamando, pero si contesto se va a dar cuenta enseguida que algo me pasa. Vos la conocés, ya sabés que es súper perspicaz. ¿Te acordás que antes de que te diera el infarto te dijo que fueras al médico una semana antes? Como es médica, sabe las cosas. En el hospital, ni bien llegó se puso a hablar con todos los médicos que te atendían. Ayer me mandó un mensaje de voz en el que me decía que quiere decirme algo importante, pero seguro me va a preguntar si ya fui al dentista, si le compré lamparita al baño, si dejé de comprar comida solamente por envío. Estos últimos días todo el tiempo me pregunta cosas como para saber si salgo y yo la esquivo. Encima, el otro día que no le respondí llamó a la Estela que no sé qué cosas le habrá dicho porque luego me llamó preocupadísima diciéndome que si es verdad que hace más de tres meses que no salgo, que la tía me viene a ver y no le abro y bla, bla, bla… ya sabés.

El teléfono celular para y vuelve a empezar a timbrar hasta que Nilda contesta.

Hola… Pauli…sí. Estaba bañándome, me olvidé que ibas a llamar a esta hora. Ya sabés como soy, me olvido de algunas cosas. Ah, mucho, mejor. Justo ayer me atendió y me siento bárbara. Llamé despúes de que hablamos el martes y me dieron turno para ayer, una suerte. Tenía que ir, ya no aguantaba más, se me iba a dañar toda la dentadura me dijo el Dr. Soravito. ¿Te acordás de él? Fue él que te puso los aparatos cuando tenías dieciséis y le hizo a tu papá… ah bueno, bueno, sí te acordás. ¡Te veías tan linda con los dientecitos llenos de liguitas de colores! Parece como si fuera ayer, ¿no?, pero ya pasó un tiempo. Es así con estas cosas, los años pasan sin que una se dé cuenta. ¿Cómo fui? Y como va cualquiera, en… taxi… sí, en taxi. Así no tenía que caminar… No, no llamé uno. Salí y lo tomé en la calle y no sé en qué calle. ¡No me acuerdo!, pero cuchame, ¿por qué todo este interrogatorio? ¿No me creés? Si te digo que fui, fui. Hasta le compré una lamparita al baño que te dije que no andaba bien. Bueno, bueno. No pasa nada. Pará, ya sé que tenés que decirme algo importante, pero primero contame, ¿cómo te fue en esa prueba que tenías que dar para que te ascendieran? Era para ser jefe de tu piso, ¿no? ¿La pasaste? Ay, qué bueno. No sabés cuánto me alegro, sos un orgullo, si tu padre te viera se pondría tan contento. Yo estuve todo el día pensando en vos, pero no te llamé porque no quería. ¿Eh? No, no estoy cambiando de tema, es que quería saber cómo te había ido, cómo estás, soy tu madre, es lo normal. No veo nada raro en que una madre quiera saber de su hija o… bueno, ya está me callo. Está bien, decime. No, no me fije todavía en el buzón, y porque no salgo mucho… a ver qué hay en el buzón. Y… cuando fui al dentista me olvidé de revisarlo, pero decime igual. ¿Qué es lo que me enviaste? ¿Es tan importante que lo vea ahora? ¿No podés decirme? Bueno, bueno. Lo voy a buscar y te llamo.

Nilda cuelga y suspira.

Me trata como si tuviera cinco años. Yo le cambiaba los pañales, le daba de comer con cuchara y ahora me trata como si fuera una tarada. Encima en este horario José no está y no le puedo pedir que me traiga el correo. No voy a bajar solo por eso, debe estar exagerando, no creo que sea tan importante. ¿Qué puede ser tan importante? Igual ya sé, ya sé. Estoy entre la espada y la pared. Ay, dios mío, no puedo creer que esté sintiendo miedo de mi hija y ¡le tenga que mentir! No tengo otra opción. ¿Qué hago si llama y me pregunta por qué no fui a ver el correo al buzón? O le digo que fui y que no hay nada, o le sigo la corriente hasta que suelte la lengua y entienda de qué está hablando. No le puedo decir que no salgo, que no me gusta salir. Que desde que se fue su papá no siento las ganas ni la fuerza para subirme al ascensor.

Nilda mira la foto de Ernesto y el teléfono suena.

¡Ay, la pucha! En esta casa nunca dejan de timbrar los teléfonos. ¿Qué soy, el servicio de reclamos de la jubilación? ¡Diga! ¡Sí! Ay, disculpame Estela, es que estoy teniendo un día. Tengo la muela que me está matando, Romeíto que no para de gritar y la Paulita que me envió algo, pero no está el encargado y yo no puedo bajar a verlo. ¡No empecés vos también!, si parece que se hubieran complotado en mi contra. Te recuerdo que yo soy la mamá y lo mínimo que espero es un poco de respeto y consideración a mis decisiones como mujer adulta y pensante que es responsable y que… ¿Qué? Pará, pará. ¿Qué dijiste? Ahora tenés que soltar todo. Ya empezaste. Vos ya sabés qué es lo que quiere decirme. No, conozco ese tonito de voz y es que me estás ocultando algo. ¿Por qué no me podés decir vos? ¿Está embarazada? ¿Qué pasa?

Nilda se tapa la boca asombrada, se tira sobre el sillón. Se queda en silencio.

Sí, sigo acá. No, no creí que fuera eso, no tan rápido al menos. Apenas pasó un año desde la muerte de Ernesto. Yo… yo no salgo pero hago mis cosas igual y si ella viniera podría explicarle. A la abuela papá nunca la mandó a uno de esos lugares, aunque todo el mundo se lo decía. ¿Te acordás? Yo… no sé lo que quiero. No soy una carga, ¿o sí? ¿Cuál es el problema con que no salga? ¿Sabés qué quiero? Quiero a Ernesto, porque salir con él hacía que nada me dé miedo y vos y Paula no pueden entenderme. Solo están preocupadas de que no me convierta en una carga. Me da lo mismo el que elija, todos son iguales. Mi vida va a ser lo mismo en cualquier lugar.

Romeo pía molesto.

Ay, hoy está insoportable, no sé qué quiere. No entiendo nada Estela. No me llamés más.

Nilda llora angustiada y cuelga. Romeo pía en su jaula.

¿Qué? ¿Qué es lo que querés? ¿No te das cuenta que no puedo con nada? Solo quiero estar tranquila. Vos también pensás que no puedo sola, que me estoy deschavetando y necesito que me cuiden antes de volverme completamente loca.

El celular con el ringtone de Paula suena. Nilda lo deja timbrando hasta que termina la escena.

5.

Nilda arma una valija de viaje, con ropa de su placar y sus cosas personales. Romeo en su jaula permanece callado e inmóvil.

NILDA: Hay tantas cosas en este placar, estaba lleno de tu ropa, ropa que nunca te ponías Ernes. Vamos a tener que donarlas, porque al lugar al que voy no puedo llevar todo esto. Pauli me dijo que si quería guardar algunas cosas Estela nos las iba a guardar en su casa. Tienen razón ambas, quedarme aquí sola no me está haciendo bien, puedo estar con más gente y tener una rutina. Me dijeron que podría llevar a Romeo si primero lo llevaba a un veterinario, así que mañana, cuando venga Estela a vernos, vamos a ir primero al veterinario y luego a… se llama Vida Linda. en las fotos del tríptico que me envió Pauli se ve muy bien, tiene un jardín con huerta. ¿Te acordás que siempre fantaseábamos con jubilarnos y vivir en una casa con jardín? Tienen actividades grupales y podés salir cuando quieras. Pauli me aseguró que no van a controlar lo que hago ni nada por el estilo. Igual yo no creo que salga mucho tampoco, una vez que me acostumbre ya está, solo es cuestión de tiempo, como todo supongo.

Nilda se asoma a la ventana mientras dobla una falda.

Voy a extrañar el barrio, ya sé que no salía, pero qué sé yo… es el lugar en el que pasé casi toda mi vida. El otro día me vino a ver Rita, la de la panadería, a dejarme unas medialunas. Timbró y el encargado me avisó que estaba abajo, pero yo le pedí que le dijera que no estaba. No quería ponerme a hablar de cómo me siento, cómo es vivir sola, qué hago ahora. Iba a ser todo incomodidad. Le siguen saliendo muy ricas las facturas, por cierto, se acordó y me envió varias rellenas de membrillo. Esta valijita que estoy armando es la que tiene lo más importante, lo indispensable digamos. Ropa interior, pijamas, las pantuflas y los souvenirs. No voy a dejarlos, quiero que decoren mi habitación. Me voy a llevar unos cuantos discos y los álbumes de fotos. Así de a ratos si extraño, me puedo poner a mirarlos un rato.

Nilda dobla una blusa y la mete en la valija que ya está llena. Trata de cerrarla pero le cuesta.

Son demasiadas cosas para una sola valija. ¿Cómo podés meter una vida en un cuadradito de setenta por cuarenta? ¿Cómo se hace para empezar de nuevo sin que eso te parta al medio? ¿Viste que el otro día te dije que en la televisión nunca pasan telenovelas en las que las personas a lo que tengan que enfrentarse es al paso del tiempo? Es que es imposible. Nadie gana, no hay manera de que alguien venza al tiempo, recupere las cosas perdidas, congele los momentos felices para siempre.

Romeo pía con muy poca fuerza y un tono muy bajito. Nilda se acerca a él y lo mira.

No comiste nada de lo que te puse, no estarás otra vez remilgoso con la comida, ¿no? Son las semillitas que te gustan, las pedí especialmente para vos. Semillitas de lino y girasol. ¿Qué pasa querido? ¿Estás triste porque nos vamos y vos también te encariñaste con la casa? No te preocupes, vamos a estar juntos.

Nilda abre la jaula y lo toma entre sus manos.

¿Romi? Mirame, soy yo Nilda. ¿Por qué no tratás de comer un poco? Eso te va a hacer bien, es como decía mi abuela: “Enfermo que come no muere”. Dale, abrí el piquito.

Nilda lo mira de cerca.

No te ves bien, estás respirando rarito… mañana vamos a ir al veterinario con la Estela… ahora no sé a dónde podríamos ir…  no sé a dónde llevarte ni nada. Romi, no te me vayas a ir hoy que me da un patatuz y quedamos acá los dos. ¡Dale, Romi!

Nilda observa que Romeo respira con dificultad y que no puede mantener la cabecita levantada. Su respiración se agita.

¡Hablame! Decime algo bonito… ¡Dios mio! ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Nilda piensa angustiada, mira hacia la puerta, su valija, la casa.

¡Bastaaaaa! Nilda tenés que recomponerte… tenés que salir, tenés que buscar ayuda… No podés dejar que Romeo se muera por tus miedos, por tu inseguridad. ¿Vas a dejar que tu vida se vuelva en serio esto? Es ahora o nunca Nilda… es ahora o nunca.

Nilda acomoda a Romeo dentro de una toalla, toma sus llaves, su cartera y se para frente a la puerta.

Es tu desición, es tu vida, tu historia.

Nilda finalmente se decide. Abre la puerta y sale.

¡José! ¡José! Necesito que me dé una mano.

 

6.

Nilda sentada en su sillón del living mira al vació, sostiene la toallita en la que se llevó a Romeo en sus manos. La jaula de Romeo está vacía y ella permanece en silencio hasta que su celular timbra. Nilda contesta.

¿Estela? Desconecté el teléfono. No voy a bajar… no voy a ir. Sí, ya sé que lo hablé con Pauli, pero cambié de decisión. No quiero vivir encerrada, no quiero morirme dentro de una jaula por miedo. Ayer salí, después de todo este tiempo. Me di cuenta que muchas cosas que tenía miedo están en mi cabeza. Fui con José, me ayudó a llegar a donde quería ir y la gente de la veterinaria me trató muy bien. Querían ayudarme en serio. Me encontré con Rita la de la panadería y me acompaño todo el rato, porque estaba muy preocupada. No quiero irme, esta es mi casa, es mi barrio, es mi historia. No quiero perderla. Rita hasta me contó que va a clases de actuación en el centro de jubilados que está frente a la plaza. Actuar. ¿Te acordás? Yo siempre quise actuar. Tuve que salir, no me quedaba otra. Estaba armando la valija cuando me di cuenta que Romeo no se sentía bien, le costaba respirar y no abría los ojitos. Traté de llamar a Paula pero no me contestaba y sabía que si te llamaba a vos le ibas a quitar importancia, entonces salí. Lo llevé a la veterinaria que queda cerca de la estación de tren. José me ayudó a llegar, sí es cierto, ya te lo dije. Rita estaba ahí con su perrita Pocha, cuando le conté sobre Romeo me acompañó y se quedó ahí. Llamó a la peluquería para cancelar su turno y se quedó conmigo. La veterinaria nos hizo pasar y trató de reanimar a Romeo que estaba muy débil, le dio un suero por el piquito y abrió los ojos, con las últimas fuerzas que tuvo, me miró y entendí lo que decía. Ya sé que vos no creés en estas cosas, pero me habló, él entendía todo.

Nilda se tapa la cara con la toalla y llora.

No quiero morirme en una “casa de descanso”, Estela, quiero vivir. Vos misma me dijiste. Todavía me quedan por lo menos quince o dieciocho años más, no quiero resignar mi vida a morir dentro de una jaulita cómoda. No estoy más cansada, quiero volar.

 

 

 

7.

Nilda bien vestida, arreglada, se perfuma y prepara para salir. Habla con Paula por teléfono. De fondo suena un disco de boleros.

Hoy es mi primera clase de teatro, voy a ir con Rita. Estoy un poco nerviosa, pero la Estela me regaló unas gotitas de valeriana y ya me las tomé. Me puse una blusa que ni me acordaba que tenía. ¡Ah! Puse uno de los discos de tu papá, son tan lindos los boleros. Bueno, bueno voy a tener que colgar porque Rita me está esperando en su panadería y nos tomamos un cafecito antes de ir para la clase. ¡Ay! Y no sabés, me dijo que están ensayando “Romeo y Julieta” y que justo a la que está haciendo de Julieta la operan de la cadera en marzo. Así que quién te dice qué y no termino siendo yo Julieta. Todavía me acuerdo hasta de algunos versitos, ¿eh? Sí, claro que sí, pero otro día te los recito. Te quiero hija.

Nilda cuelga el teléfono y se mira al espejo. Se pinta la boca, se pone aritos, se mira y sonríe. En el living mira la fotografía de Ernesto.

¿Cómo me veo, eh? Estás sorprendido, no te vayas a poner celoso eso sí. Tenías razón al final viejo… tenías razón.

Nilda le da un beso a la fotografía, se pone un abrigo. Mira la jaula vacía de Romeo.

Romi, donde sea que estés… Gracias… Por un momentito pensé en guardarla y acordarme así de vos siempre, pero ¿sabés qué?, voy a tirarla a la mierda porque creo que es la mejor manera de rendirte un homenaje. Nunca más en esta casa habrá un animalito dentro de una jaula.

Suena el bolero “El reloj” y ella tararea y canta. Toma la jaula y sale de su casa. La casa queda vacía con el bolero sonando.

FIN

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