El tren de la muerte | Cara de Perro

El tren de la muerte

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Ulises Martino

  La primera vez que pensé en el viaje el plan era con el auto. Manejar hasta Bello Horizonte, estacionarlo en una buena sombra, y subirme al tren para hacer ida y vuelta. Pero el auto se había ido cayendo y el viaje quedó supeditado a los diagnósticos del mecánico. Después, a la compra de un auto mejor. Por eso la noticia me había caído tan mal. Aunque tampoco me habría caído bien si no hubiese tenido en mente lo del viaje. Digo, que tal vez no habría sido terrible.

−Tengo un atraso –había dicho en la noche.

Y a las dos horas el atraso se convirtió en embarazo.

Esa mañana, sin haber dormido más que dos horas en el auto en la puerta de casa, estaba entre los papeles, en el cuartito de la terraza al que no entraba hacía meses. Lleno de cosas, me sorprendió la capacidad que tenía de acumular lo inservible. Sillas rotas, un televisor con carcasa, una vajilla de porcelana que decía 80 piezas (regalo de mi madre para cuando me casara), no sé cuántas tapitas de luz de la marca Plasnavi con las que me habían pagado una encuesta. Tardé unos quince minutos en poder divisar el tubo con el mapa del Tren de la Muerte. Olía a pis de gato, como casi todo en ese cuartito.

Bajé la escalera corriendo y me metí en la cocina. Puse a calentar el agua. Extraje el mapa, sin pasarle un trapito al tubo, y lo desplegué en la mesa como era mi costumbre: sosteniéndolo con una taza en cada punta. Solo que esta vez tenía nada más que tres y en la cuarta esquina coloqué un cenicero.   

−Tengo un atraso –había dicho. Y volver a tener ese mapa adelante era no olvidarme, de lo que más que ninguna otra cosa en el mundo quería hacer.

Sonó el timbre. Ni hice el amague de levantarme a atender. Ella no podía ser, habíamos hablado en la noche. El timbre volvió a sonar. Salí al balcón apenas asomando un ojo. Era el vecino nuevo de abajo.

−En mi casa hay goteras, se llueve –dijo−, y preguntó si podía pasar a ver o si me podía fijar. Le respondí que sí, que cualquier cosa avisaba.

De nuevo en el mapa me asombró lo completo que estaba. Era un mapa que no se podía comprar, me había encargado yo mismo de hacerlo. Estación por estación, en varias etapas. Repleto de anotaciones: cantidad de habitantes de las principales ciudades, kilómetros de estación a estación y hasta un sector para comentarios donde figuraban fechas tentativas de partida que no había cumplido. Incluso, hasta los cambios que, durante la confección, sufrió el recorrido. Marcados con indeleble. Porque al comienzo el tren salía de Bello Horizonte y cuando estaba terminado el mapa me había enterado de que salía de Campo Grande. Por suerte seguía empezando en Brasil, que era la parte que me gustaba, terminando en Santa Cruz de la Sierra. Aunque ese era un dato que tenía que corroborar. Lo último que había escuchado es que estaban por reducirlo de nuevo, esta vez hasta Puerto Quijarro.

Me pareció un detalle curioso: que a medida que lo fui posponiendo el recorrido se había ido achicando. Es decir que estaba a tiempo de hacer el recorrido que quedaba, pero si lo seguía postergando era probable que luego no existiera ningún recorrido.

Tengo un atraso –decía mi cabeza. Y el timbre volvió a sonar.   

−La gotera no para –dijo el vecino. Lo hice pasar.

En la escalera se puso a hablar de los caños. Que lo aconsejable era limpiar cada tanto, que si no se tapaban. Preguntó de qué material eran, en qué condiciones estaban y si había una rejilla ciega. Todas preguntas sin aguardar mi respuesta, aunque no la tuviera. Un hombre con la notable capacidad de hacer preguntas incomprensibles, para otro, cuyo debate interno era el tren de la muerte.

Cuando vio el mapa en la mesa preguntó si yo era arquitecto.

−Algo así −respondí.

Lo acompañé a la terraza y lo dejé revisando, excusándome con que estaba preparando una entrega. Sobre el mapa lo encontré a Cuello Blanco, acostado. Panza arriba, esperando caricias. Como si mi propio gato supiera que esta vez iba en serio: el último intento de viaje por el tren más peligroso del mundo a juzgar por su nombre. Eso también lo había investigado. Había muchas versiones. Una era que los mosquitos, durante el tendido de los rieles, habían picado y matado a muchos trabajadores. Otra decía que el nombre se debía a que en una época trasladaban enfermos con fiebre amarilla y muchos se morían en el camino. La que más me gustaba decía que nadie moría en el camino, que directamente trasladaban cadáveres.

Desde entonces siempre pensé que viajar en ese tren era un poco como estar muerto, o como pasar por la muerte para ver qué se siente.

De pronto, me asustó el teléfono, que sonó como si estuviese en un lugar oculto de la casa. Esta vez no dudé: era ella para preguntarme qué íbamos a hacer. Porque mientras yo me concentraba en el mapa; el vecino en el techo; y el tren de la muerte seguramente en pleno trayecto, ella seguía con su embarazo. Demostrando que la realidad es siempre esa multiplicidad de cosas que suceden al mismo tiempo. Me pregunté a qué realidad pertenecería yo, probablemente a todas me contesté, incluso a la de los enfermos que morían en el tren.

El vecino bajó diciendo que había encontrado la rejilla tapada que le estaba inundando la casa. Le dije que el lunes lo solucionaria pero insistió en arreglarlo.

−Es una pavada –afirmó−, y nos quedamos tranquilos.

Tranquilo vos hijo de puta, pensé.

−Solo hace falta una buena limpieza –agregó. Y me preguntó si tenía una manguera, una escoba, una palita y un tirante. Le di todo menos el tirante porque un tirante no sabía qué era.

−Cecilia −gritó, y siguió repitiendo ese nombre hasta que Cecilia se asomó abajo. Me quedé esperando, porque sospeché que Cecilia iba a pasarme el tirante y yo tendría que pasárselo a él. Cuando lo tuvo lo metió por el hueco. Le entró a dar con todo.

−Acá nadie limpió en veinte años –se quejó.

Nadie era yo.

Treinta días no alcanzan, pensé, de nuevo mirando el mapa. Los treinta días para los que supuse que me alcanzaría la guita. Y me dio tanto cagazo que temí que el viaje se atrasara de nuevo, que otra vez quedara en la nada.

Hasta que pensé en lo de Ushuaia. De cuando a los veinte había soñado con irme una noche viajando en el 56 y al final me llamaron para hacer una encuesta en Usuhaia. Era igual.

Lo único distinto era que nadie me iba a llamar para hacer una encuesta en Brasil. Me tenía que sacar el pasaje, gastarme la plata de las encuestas y después explicarles. Que en base a tantos años de confianza me lo perdonaran. Porque es así que iba a financiarlo. Con la plata que en base a la confianza me habían adelantado para un trabajo en Pico Truncado y que estaba en un sobre. Fui a buscar el sobre y lo puse en la mesa. Me lo quedé mirando. Porque para poder pensar en el viaje, tenía que pensar en el sobre. En si era capaz de dilapidar la confianza que me había ganado en tantos años.

−Treinta días me sobran –dije (o pensé), y recobré el entusiasmo. Un día en avión hasta Bello Horizonte; dos hasta Campo Grande; diez días para hacer ida y vuelta en el tren; otros cuatro de vuelta. Hasta podía aprovechar para hacer una encuesta en Santa Cruz de la Sierra, una encuesta sobre la paternidad, ya que tenía el dato de que era el lugar de Latinoamérica con padres más jóvenes.

Volvió a interrumpir el vecino con gritos de felicidad, como si hubiera solucionado el percance. Cuando me asomé descubrí que estaba festejando con Cecilia, que miraba desde abajo. Por un instante quedé entre los dos. Mi vecino en el techo, su mujer abajo, yo en el medio, y tuve la certeza de haber sido interceptado por una pareja atravesando un día difícil, cuya dificultad había avanzado como una gran infección hasta los caños de casa.

−¡Es temporario, eh! –aclaró cuando se estaba yendo.

−Esto también –respondí, señalando el mapa.      

Ni bien se fue salí al patio. Se escuchó un trueno, la lluvia iba a ser torrencial. Enseguida los escuché conversar abajo y me pareció captar que el vecino le contaba a Cecilia que yo vivía solo. Me los imaginé durante la lluvia, abrazándose. Sin goteras. Y con el agua corriendo a más no poder por los caños desestancados que había dejado el vecino.         

Tal vez eso sea la felicidad y yo no comprenda, pensé.   

Prendí el último Camel, iba a tener que salir a comprar. Cuello Blanco estaba otra vez estirado sobre el mapa. La radio, que ni siquiera recordaba haber encendido, hablaba sola en la cocina.

−La verdadera tragedia es la ausencia del amor –dijo la voz de un oyente que había dejado su mensaje en el programa de radio.

Rodrigo A Peralta
Daniel Escolar

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