La Chica de Carlitos | Cara de Perro

La Chica de Carlitos

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Daniel Escolar

Semana Santa de 1979. Estamos en Carlitos de Villa Gesell con Lalo y su novia. Afuera llueve. Llovió todo el fin de semana. Los tres en la carpa, ellos dos y yo. “No cojan conmigo al lado”. “¿Cómo hacemos si no para de llover?” “No cojan y listo”. Pero cogían y el que se tenía que ir de la carpa era yo. Carlitos va de un lado a otro en ese espacio entre los mostradores en el que él es rey. Las hamburguesas de un lado de la plancha, los panqueques del otro. ¿Por eso serán tan ricos? Entonces (siempre hay un primer entonces), entra ella con su novio; están empapados, él se sienta, ella se saca el piloto rojo y se para detrás. Él pide una hamburguesa, ella lo abraza mientras él come y se chorrea kétchup con mayonesa y mostaza. Las servilletas se apilan al lado del plato, ella lo besa en el cuello, esos ojos. El viaje de vuelta a Buenos Aires es interminable, doce horas de Antón Doble Camello en medio de la lluvia. No puedo dejar de pensar en ella: Ella y su pelo negro, la musculosa mojada pegada al cuerpo, Sonia Braga, pero mejor. Al día siguiente tomo el 60 en Las Heras para ir al colegio, 40 minutos de Palermo a Vicente López. En Belgrano suben varios chicos de mi colegio, los mismos que suben todos los días. La última en subir es una chica que viene hasta el fondo del colectivo y se para frente a mí, pero no me mira. El guardapolvo blanco, el piloto rojo, el pelo negro interminable, los ojos como almendras: la Chica de Carlitos va a mi colegio y yo no lo sabía.

Es mi último año de colegio, tengo un grupo con el que hacemos música: Piazzolla, Brubeck, blues, algo de rock. Tocamos en los actos, en las kermeses que se organizan para juntar fondos para la nueva biblioteca, somos el orgullo del colegio. Yo toco sólo para ella. Los chicos gritan y bailan y yo toco para ella. La veo entre el montón, la detecto como si fuera Wally, como si tuviera un reflector que la sigue siempre, el piloto rojo, el pelo negro. Pero no me acerco. Sé que tiene novio y yo tengo novia. Mi novia sí se le acerca y se hacen amigas. Un día nos encontramos en la Vicerrectoría, vamos por cosas distintas, ella está con su mamá, nos sentamos en el mismo sillón, no puedo respirar, es la primera vez que huelo ese perfume.

Termina el año, al año siguiente voy a entrar a la facultad. Mi papá me regala un viaje de fin de curso; viajamos con mi amigo Diego: México, Nueva York, Europa. Antes de salir me entero de que ella va a estar en Inglaterra estudiando inglés. Lo convenzo a Diego de ir a Londres. Él consigue el teléfono, se lo pide en el colectivo uno de los últimos días del año, “vamos a estar allá con un amigo”, le dice. El día que llegamos a Londres Diego la llama desde la pensión de Gloucecster Loudge. Le dicen que ella vive en un pueblito del sur, Eastburne, cerca de Brighton, le dan la dirección. Nos tomamos un tren, después un micro y caminamos; la casa tiene dos pisos, es igual a todas las otras casas del pueblo. Una señora nos informa sin demasiadas ganas que ella no está, “se fue a Londres a encontrarse con el novio"; el de las hamburguesas, pienso yo. Volvemos a Londres con ganas de volver a Buenos Aires, el viaje ya no nos interesa. Caminamos tristes por el Hyde Park, esa inmensidad verde en el corazón de la ciudad, extrañamos a nuestras novias, a nuestros amigos, a nuestros padres. Por la misma senda por la que vamos nosotros, viene una pareja de la mano. El tapado rojo, el pelo negro. Todos nos sorprendemos: “esto es increíble, qué casualidad, te llamamos ayer”, dice Diego; no les decimos que fuimos a buscarla, que estamos ahí por ella, que eso no puede estar pasando. Nos damos un beso (el primero) de despedida y seguimos caminando. Quiero volver a casa ya.

1981, Primer Encuentro del Color y de la Forma en el Centro Cultural de Buenos Aires. Pintamos un mural con mi novia, la misma novia. De pronto me parece ver pasar a la Chica de Carlitos entre la gente; la busco por los salones, por los patios, por los pasillos, la espero en la puerta del baño, a la salida. Nos vamos tarde en la noche y no puedo dejar de pensar en ella.

1983, Feria del Libro. Salgo del stand de la Flor donde trabaja mi amiga Flor y en el medio del pasillo está ella, tiene puesto el mismo tapado rojo, está como esperándome junto a un señor alto con sobretodo que debe ser su padre. “El pianista”, me dice con una sonrisa que nunca le había visto antes, y es la primera vez que me nombra. Me cuenta que acaba de casarse, que estudia Ciencias de la educación. El padre parece apurado. Ella me da un beso en la mejilla (el segundo) y se va.

1989. Estoy en la librería de mi amigo Marcelo, tomamos café en su escritorio lleno de libros, yo miro para adentro. Una voz detrás de mí dice: “¡A mí me vas a decir, que me acabo de separar!”. La Chica de Carlitos está a contra luz, se la ve más grande, parece cansada. El pelo negro es un remolino interminable. Me mira: “el pianista”, dice. Me levanto. Hablamos, no sé qué le digo, pero hablamos; salimos de la librería hablando. “Por qué no nos vemos”, digo sin pensar, “te hago una pizza”, dice ella. Nos saludamos con un beso en la mejilla por tercera vez. Su departamento está en un piso alto, se ve el río, la cancha de Excursionistas; miro sus cosas: el tocadiscos, los libros, la mesa, el sillón donde se sienta, las cosas que ella toca, que huelen a ella. Comemos, me prepara un café irlandés, me cuenta de su separación, llora. Antes de irme la invito al cine y le doy otro beso de despedida, el cuarto. Vuelvo a casa en la madrugada bailando por las calles de Belgrano. Dos días después nos encontramos en el centro para ver La Ley del deseo de Almodóvar. Cenamos poco y rápido, vamos a su casa y sin decir nada entramos a su cuarto, algo se detiene entre nosotros antes de tocarnos por primera vez, algo como un aviso, tal vez una pausa para tomar aire, para darnos envión. Ese día me quedo a dormir con ella y ya no me voy más. Después pasan 30 años, tenemos una casa con jardín e higuera, tres hijos, un perro, dos perras, una gata y una tortuga. La vida entera.

Miro por la ventana sobre mi escritorio, se escucha el violín de mi hijo Mischa que estudia la primera sonata de Bach para violín solo. El viernes pasado dimos un concierto los dos juntos en mi departamento (en mi departamento que antes fue de Astor). Vino toda gente que nos quiere: la novia y algunos amigos de Mischa, mis otros dos hijos con sus novias, mi socia la pianista, mi socio japonés (que no vino pero siempre está ahí), y varios amigos de toda la vida. Una de las primeras en llegar fue ella, traía humus y berenjenas con huevo; organizó la comida, cortó el pan, puso la mesa y escuchó el concierto muy atenta sentada en la escalera. Cuando terminamos de tocar, abrazó a su hijo violinista y después me abrazó a mí, y mientras me abrazaba y me decía algo al oído, de pronto estábamos otra vez en Carlitos de Villa Gesell, cuarenta años antes, afuera llovía sin parar y yo comía una hamburguesa enorme y me ensuciaba las manos, ella me rodeaba con sus brazos y su pelo negro y yo iba dejando una montaña altísima de papelitos sucios sobre el mostrador.

   

 

 

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