Tregua de Navidad | Cara de Perro

Tregua de Navidad

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NegroFiero

 

Acabo de recibir un mensaje de la editora de la revista donde me informa que este número, el quince, será el último hasta nuestro retorno en 2022 porque, a veces, también los que habitamos este ecléctico mundo de los medios digitales nos merecemos un descanso.

Caigo entonces en la cuenta de que es ahora cuando debo despedirme de mis lectores, -pacientes y generosos lectores-, porque se acaba el año y llegan las fiestas, ¡vamos, todavía!

Todos sabemos que lo que se nos viene, ese período denominado “las fiestas”, implacable y a veces cruel, nos resulta por igual esperado, deseado, angustiante, y hasta odioso. Habrán algunos que celebrarán reunirse con quienes aman y otros tendrán que compartir con quienes no toleran. Muchos pasarán todo esto como una obligación, mientras miran de reojo a los que parecen disfrutar de verdad, quizás con envidia, quizás con curiosidad. Algunos tendrán la suerte de encontrarse después de muchos años, otros estarán en soledad y, para muchos, todo será un mero trámite. Son “las fiestas” y, si naciste en Occidente, si la cuenta de los años suma 2.021 y comienza con el nacimiento de un bebé, fruto de una mujer virgen y una paloma, ocurrido en un establo iluminado por una estrella errante y acompañado por unos señores que nadie conocía pero que traían regalos, entonces estás condenado a transitar por este período del año, sin más escapatoria que en un avión con un destino, far, far away.

Así, hablés castellano, guaraní, portugués, inglés, quechua, alemán, italiano, francés o valenciano, formás parte de una misma escena. Y, a veces, esto puede ser peligroso, porque seamos sinceros, ¿acaso los argentinos somos lo mismo que los ingleses? ¡D10s nos libre, con la pícara mano o la santa gambeta! No señor, somos todos diferentes y nos odiamos. O nos tenemos que odiar, porque para eso se crearon las fronteras y los ejércitos, y los señores galardonados y empenachados, con rimbombantes grados como general, mariscal o contralmirante, (¡y que te recontra!).

Hace ya muchos años atrás, en medio de una de esas puestas en escena donde gente que no se conoce se masacra para beneficio de gente que sí se conoce pero que no se mata, ocurrió un aterrador hecho que puso los cimientos de nuestra sociedad a temblar. Se lo llamó “La tregua de Navidad”.

Es 1914 y, como cantó Gardel en “Silencio”: “Un clarín se oye, peligra la patria, y al grito de guerra, los hombres se matan, cubriendo de sangre, los campos de Francia” (1). La Primera Guerra Mundial, comenzada en julio de ese año, le está enseñando al mundo lo que puede hacer la industria, cuando se vuelca al honorable –y muy redituable- arte de asesinar. Esta guerra va a destrozar la capacidad de asombro del mundo, consumiendo en cada batalla la misma cantidad de vidas que antes consumía una campaña completa. Las más eficientes herramientas de aniquilación que se hayan visto hasta entonces: las armas químicas, las ametralladoras, los bombardeos de artillería, los aviones, los dirigibles, los submarinos y los tanques, todos dicen presente en esta contienda. Pero van a ser dos aspectos los que definirán a la Primera Guerra Mundial: la trinchera: una zanja, más o menos compleja, donde estar al amparo de las balas segadoras, y la “tierra de nadie”, es decir, el terrero entre la trinchera nuestra, y la del enemigo.

Para diciembre de 1914 ya tenemos trincheras y “tierra de nadie”. Toda Francia está cruzada por las trincheras francesas e inglesas, de un lado, y las alemanas, del otro. En esas trincheras se agolpa la juventud de los países contrincantes, que reclutados de a cientos de miles y transportados por veloces trenes, se hacinan en su zanja, a la espera del espeluznante silbatazo, que cada tanto retumba en la zanja como anuncio de la propia muerte ya que obedecer al silbato es salir de la protección de la trinchera para poner el pecho a disposición de las armas enemigas, mientras que desoírlo es poner el pecho a disposición de los fusileros propios, luego de la veloz justicia marcial (2).

Pero es diciembre y, mientras los gordos generales, mariscales y contralmirantes, (¡y que te recontra!), están fumando y bebiendo en sus cómodos despachos estudiando los mapitas, tratando de entender por qué cada carga de infantería termina siempre con los soldados propios muertos y con los enemigos sin bajas, debatiendo si, acaso, con una carga más lo lograrán, al tiempo que discuten cuántas bajas son aceptables, si 50.000 o 100.000, en las trincheras están los hombres de a pie. Albañiles, panaderos, herreros, obreros, estudiantes y maestros. Y mientras los jefes tratan de ver cómo derrotar al enemigo, ellos comienzan a recordar que, ¡sí!, se acercan las fiestas. Ponen adornos, guirnaldas, arbolitos, estrellas. Lo que tengan a mano para hacer sentir al infierno menos infernal. Y cantan. De un lado comienzan a cantar “Stille Nacht” y del otro les responden con “Silent Night” o “Douce nuit, sainte nuit!” (3).

Poco a poco, y casi a todo lo largo de las trincheras en Francia, los que eran enemigos a muerte encontraron que, en realidad, eran más parecidos de lo que creían. ¡Compartían las fiestas! Y así se decretó una tregua, no por decisión de los engalanados generales, mariscales o contralmirantes, (¡y que te recontra!), sino por orden de los conscriptos, los cabos y acaso algunos sargentos.

Primero fueron los villancicos, pero, ¿qué son las fiestas sin invitados? Así que poco después comenzaron a cruzar la “tierra de nadie”. Alemanes con ingleses, franceses con alemanes. En una u otra trinchera se recibió al enemigo, pero como invitado. Y el invitado traía regalos. Una botella de whisky escocés para que la comparta esa sección de “boches” (4), mientras que unas cuantas botellas de la preciada cerveza pilsner pasaban a manos de esos húsares de Northumberland. ¡Si hasta se arreglaron para organizar unos cuantos picaditos de fútbol!

Quizás alguno hablaba la lengua del otro. Quizás se enteraron que, allá en Köln (5), Hans trabajaba en la bicicletería de su padre, mientras que John, que era un verdadero geordie, es decir de Newcastle, resultó que sabía mucho sobre carbón y sobre minería. Pero lo peor de todo fue que, a lo mejor, Hans y John habían oído eso de que la guerra real era entre clases, y que ellos, el alemán y el inglés, eran soldados de la misma clase. Y en la otra clase estaban, juntitos, el Rey y el Káiser. Si se puede ver al enemigo como compañero en otra lucha, va a resultar más difícil matarlo en nombre del Rey-Káiser.

A los bien surtidos y perfumados generales, mariscales y contralmirantes, (¡y que te recontra!), cuando les llegó la noticia de la tregua proletaria, ¡casi les da un infarto! La sola idea de que sus soldados pudiesen ver hermanos donde tenían que ver enemigos los aterró. Y no es de extrañar, todo se sostenía en la enemistad. Así que basta de confraternización, ¡a la carga, que suene el silbato! Y así, pronto, volvió la muerte, ahora quizás con más saña, porque “estos proletarios insubordinados se ve que prefieren intercambiar alcohol antes que proyectiles, y parece que han estado oyendo de un tal socialismo y de una lucha entre clases, ¡nos libre el Rey!, así que mejor mandarlos al matadero, porque aunque ya se sepa que la carga será inútil para derrotar al enemigo, al menos va a ser muy efectiva eliminando peligrosos proletarios cofraternizadores”.

Cuando celebremos las fiestas este año habrán pasado 107 años desde la Tregua de Navidad. Reconozco que no soy una persona religiosa, pero no puedo negar la magnitud que tienen estas fiestas para los que nacimos en este Occidente y contamos los años desde el nacimiento en el establo. Son, en realidad, tan poderosas que, hace 107 años, estuvieron muy cerca de acabar con la guerra en Francia. Y si uno lo piensa, por más que parezcan un trámite, una obligación o incluso para algunos un tedio familiar, son algo para reconocer.

Así que queridos amigos lectores, aunque en este 2021 no sea una guerra lo que tengamos que detener, -o quizás gracias a que no haya una guerra por detener- levantemos nuestras copas y, por un instante y de corazón, deseemos lo mejor a los demás. ¡Hasta la vuelta y feliz 2022!

El NegroFiero

 

1 “Silencio”, Tango de 1932 de Carlos Gardel, Alfredo Le Pera y Horacio Pettorossi, que narra los horrores de la Primera Guerra Mundial en Francia.

2 Los fusilamientos como medida ejemplificante para desertores o por cobardía fueron comunes durante la guerra.

3 Versiones en alemán, inglés y francés de “Noche de Paz”

4 Boche era una de las maneras despectivas de referirse a los alemanes.

5 Colonia, ciudad alemana.

NegroFiero
Daniel Escolar
Rodrigo Peralta

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