Una buena historia de amor | Cara de Perro

Una buena historia de amor

18
Ulises Martino

Cuando trabajaba de noche en la oficina de las encuestas, lo que más disfrutaba era tomar Coca Cola. No era más que un vaso o dos por noche, pero ese momento era de enorme tranquilidad y placer. En ese tiempo vivía con mis padres, ya no era tiempo de vivir con ellos a los veinte, pero así pasaba. Y en esa casa no había Coca Cola sino ocasionalmente. Puede que suene ridículo, pero ese vaso pulsaba en mí como otra vida posible, más allá de mi predilección por aquella gaseosa. El jefe que teníamos −allí de noche trabajábamos dos personas− tenía el hábito de dejar cada noche una botella de litro.

Mi trabajo era de data entry, y entre tanta carga de números la escena de la gaseosa era divertida. Era como renovar el espíritu. Evidentemente mi infancia había tenido privaciones y esta era una de ellas, aunque no podría asegurar que era todo privaciones en la casa familiar. Solo que mi padre era muy meticuloso en algunos sentidos, casi maniático. Controlaba que en la casa no estuviesen muchas luces prendidas a la vez, que las llamadas telefónicas fueran breves, y así con un montón de cosas. Nunca había gaseosas, por ejemplo, que de mucho no le sirvió tanto cuidarse porque no guardó debidamente aquello que supuestamente ahorraba y hoy vive con la jubilación mínima, teniendo que ajustarse verdaderamente.

Otra de las cosas que disfrutaba en ese trabajo eran las salidas. La oficina quedaba en una zona céntrica, Mitre y Ayacucho si mal no recuerdo, y algunas veces me escapaba a la calle y caminaba hasta La Americana, una pizzería de la zona. Me gustaba caminar de noche. Sentía una paz que no conocía, que descubría mientras andaba. Una paz que no había experimentado en Lugano, ni existía durante el día. Los sonidos llegaban como lejanos, y la oscuridad se me antojaba benévola. Me gustaba la gente que deambulaba en el centro, de noche. Algunos caminantes, la gente que comía de parada en La Americana. Gente que se me antojaba bastante solitaria y vagabunda. Gente que no podía imaginarme qué vida tenían. Quiero decir, que me resultaba previsible.

En todo caso, parecían querer de la vida algo muy distinto a la gente que andaba durante el día, que era mi registro. El día, el amontonamiento de gente, el apuro. Gente para el trabajo desconectada con la existencia.

La noche parecía tener, de hecho lo evidenciaba, otro significado. Creo que me hice amante de la noche, o adicto, o partícipe, no sé bien cómo definirlo.

Prefiero la noche, eso es todo.

La prefiero desde ese entonces, desde antes tal vez, tan solo que esas noches de soledad me confirmaron algo que venía sintiendo. Es mejor la noche, sucede algo mágico, incomparable, uno puede sentarse a pensar, uno puede caminar pensando. Puede ver gente que está perdida, yo tal vez necesitara por aquel entonces estar en contacto con gente que estuviera perdida, con gente que no hubiera podido descubrir cómo entrarle a la vida, por dónde, y que sin embargo, en la noche, lo siguiera buscando.

Mi compañera de trabajo era Alicia, una militante de izquierda que tenía unos diez años más que yo, que no me resultaba atractiva, físicamente quiero decir, era una pena que eso pasara, pero que tenía su visón del mundo. También le gustaba servirse su vaso de Coca Cola, manteníamos buenas charlas en la cocina, mientras avanzábamos con la botella de litro que dejaba el jefe. Una vez me contó que le gustaba afanar. Que admiraba a la gente que le gustaba afanar y que concretamente ella afanaba. Me transmitió su megalomanía, lo que más me transmitió fue la posibilidad de romper con los pensamientos de los cuales yo estaba hecho. Que afanar, por ejemplo, era malo.

Esa noche como prueba de la virtud, o para pasar al ejemplo práctico, mucho más categórico, me propuso empezar con la actividad.

−Tengo ganas de afanarme un libro –me dijo–. ¿Qué te parece? Nos afanamos un libro cada uno, ¿quién lo va a notar?

En la oficina había una biblioteca gigante que, según Alicia, estaba repleta de buenos libros. Tan gigante que para llegar al último estante había que subirse a una silla. Alicia daba cuenta de ser gran lectora, al menos conocedora de títulos, y después de elegir uno para ella, que dijo que era imposible poder comprar, me propuso que yo eligiera mi ejemplar dándome aviso de tres o cuatro títulos que estaban en la biblioteca y que ella juzgó de muy buenos y caros. Me incliné por uno de Sociología, de unas 700 páginas, cuyo título me llamó la atención: Mind, Self and Society. Un libro de un tal George H. Mead. Estaba escrito en inglés por lo cual no estaba seguro de que alguna vez fuera a leerlo y tampoco supe por qué elegí un libro escrito en inglés, creo que fue por seguir una corazonada.

Alicia me felicitó por la elección diciéndome que ese libro estaba agotado y que el día que decidiera venderlo iba a hacerme de un fangote de guita.

Luego ella quiso reiterar la actividad de los libros, un libro cada noche me propuso, pero yo por pudor o cierta desconfianza intuitiva no acepté. Alicia me gustaba y no me gustaba. Rompía con cierta forma del pensamiento predominante pero también era avasalladora, algo mentirosa y ciertamente fabuladora. Una noche me dijo que iba a venir a visitarla un amigo, Facundo Cabral. Y mencionó a muchos amigos de esos que uno podía reconocer del ámbito de lo público. El asunto es que esa noche Cabral no vino, ni vino otra noche una cantante que ahora no recuerdo el nombre pero que era bien conocida. Aunque a su favor, la vez que armamos un proyecto para llevárselo a Leopoldo Moreau, Alicia me convenció de armar un proyecto para armar nuestro propio negocio de encuestas; el político nos recibió en su oficina.

Una reunión que no llevó a casi nada, solo a publicar un trabajo sin rigor científico, en una revista del momento que dirigía Lanata. Principio y fin del proyecto.

A los tres meses de trabajar de noche, el trabajo de data entry se terminó y cada uno volvió a las encuestas por su cuenta.

 

Alicia cada tanto me llamaba. Era medio engorroso porque yo seguía en lo de mis viejos. Y Alicia era de charla larga. Proyectos, nueva reunión con Moreau, nueva publicación en revista para nuestro negocio, ver a Cabral. Un montón de propuestas que fabulaba sin que yo pudiera seguirla. Hubiese querido seguirla. Pero estaba concentrado en escapar de mi propia vida. De tanta tristeza con la que no podía romper como quería romper con los pensamientos.

Quería recuperar lo que sentía en la noche.

Y si Alicia me hubiera gustado, si al menos hubiera estado algo buena, yo le hubiera creído o hubiera empezado a escaparme con ella. De estar buena hubiera sido una linda historia de amor, pensaba.

Al cabo de unos meses dejé de atenderla ni devolverle llamadas.

Una noche cuando llegué a casa, mi madre que ya estaba durmiendo, me había dejado un cartel. Te llamaron de la oficina de encuestas. Dejaron la dirección de un velorio. Es por la chica, esa que te llamaba seguido. Se suicidó esta mañana.   

Fui a la dirección que había anotado mi madre. En la mochila metí aquel libro de Mead. Tal vez lo dejara junto al cajón. Curapaligüe no sé qué número. Dos de la madrugada. Nunca había ido a un velorio. Estaba triste pero principalmente incómodo. Cuando entré sin sentido, quiero decir que no sabía para dónde caminar, ni saludar a quién, me interceptó una rubia con una bandeja repleta de vasos de Coca Cola.

Agarré. ¿Qué iba a hacer?

Y en algún lugar difuso de la sala me quedé sentado escuchando los sonidos lejanos.

 

Ulises Martino es escritor, Psicologo Social, y Coorginador de encuentas. Además escribió y dirigió Medicina Pasto. Obra estrenada en 2010, en el Teatro Bodeo XXI. Participó durante cinco años en el taller de Pablo Ramos donde trabajó la novela Lo Más Parecido al Amor y algunos de los cuentos que forman parte de EL Mundo de las mujeres. Dicho libro de cuentos resultó ganador del primer premio del Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares. Edición 14. (Las Flores) 2020. 

 

Daniel Escolar
Daniel Tevini
Bob Chow

newsletter

suscribite

DEJANOS TU EMAIL Y RECIBÍ LAS NOVEDADES