Malcom | Cara de Perro

Malcom

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Por Silvia Appugliese

Cuando conocí a Malcom yo tenía doce y él dieciocho. Le decíamos así, Malcom, como le gustaba a él que le dijeran, y nos pedía que le lleváramos una letra de una canción o una historia, cualquier cosa que pudiera servir para inspirarlo en el guión. Lo llamaba así él, el guión, y yo a los doce todavía no entendía plenamente a qué se refería y me imaginaba que guión era eso, una línea, un secreto, una línea secreta al final del camino. Yo era chica, pero me gustaba Malcom. Y entonces empecé a escribir, aunque yo nunca había escrito. Me gustaban las cuentas, no escribir. Pero me esmeraba. Me levantaba temprano, agarraba un cuaderno y escribía, a veces me parecía que Malcom me miraba desde la vereda de mi casa. La primera vez agarré la hoja en blanco y me imaginé que la mano se movía así y asá y salía el cuento que nos habían leído en clase. Pero no era cuestión de movimiento la escritura, y solo garabateé los números de siempre.

Pasó tiempo y dejamos de ver a Malcom. Pensé que me había olvidado de él pero a los dieciséis yo caminaba por la plaza y se apareció por la avenida como un cowboy, un forastero, con esas botas y la camisa afuera.

—¿Cómo estás, Zinzi? ¿Tenés algo para mí?
—¿Algo como qué?

Él sacó una billetera del bolsillo. La billetera estaba llena de papelitos. Desplegó uno cualquiera.
—Letras.
—¿Letras de qué?
—Una letra, un poema.
—No escribo más —le dije. Enfrente, en la plaza, unas nenas corrieron y se fueron a sentar a las hamacas. Él me dio una palmada en el hombro.

—Ahora ya estás grande —me dijo. Me guiñó un ojo, el derecho, que era el que siempre guiñaba a las chicas. Después siguió caminando con ese paso ralo como si arrastrara algo muy pesado y a mí me dieron ganas de seguirlo pero qué lo iba a seguir si yo iba exactamente para el otro lado. Me quedé parada escuchando a las nenas que gritaban y se reían y después me acordé de lo que tenía que hacer y fui y lo hice. No sé qué me gustó de él. Ese vientito que iba regando por la calle de tierra. Tal vez solo me llamó la atención.

Al año siguiente Malcom se fue del pueblo y ya nadie hablaba de él. Nuestras hermanas mayores habían empezado a casarse y algunas chicas estaban de novia. Si tu novio era de otro pueblo te pasaba a buscar y te ibas para aquel pueblo y a la larga no volvías. Yo todavía tenía una foto de Malcom guardada en un cuaderno con la sonrisa que le mirábamos siempre y que era lo primero que se veía de lejos cuando llegábamos al baile. También algunas de las cosas que ensayaba para él, frases, poemas que no me animaba a llevarle porque él nunca me había vuelto a pedir y entonces uno deja de esperar o se olvida de lo que espera. Había terminado la escuela y empecé a trabajar en la caja del supermercado. Era la única caja y en casa se habían alegrado. Papá tomaba vino con soda y cuando le preguntaban decía que me había zanjado un futuro. La gente hacía cola y querían saber los precios de los productos antes de que los pasara por la máquina registradora porque nunca estaban seguros de poder pagar. Algunas veces pedían de fiado y dejé pasar paquetes de café, azúcar, harina y fideos. Después instalaron las cámaras y solo pude pasar cosas chicas de vez en cuando, un paquete de manteca, unos calditos, o las cosas que manoteaban los bebés sin que nadie dijera nada.

—Hola Zinzi —dijo un día y se apareció en la caja como si se hubiera caído del cielo raso. Tenía un paquete de yerba en la mano. Yo usaba camisa blanca y me ajustaba un poco, tenía bordado mi nombre con azul en el bolsillo.

—Pensé que era con S —me dijo él. —Sinsi.

Pasé la yerba por la máquina registradora.

—¿Tenés algo para mí?
—¿Qué cosa Malcom?
—Ya sabés, Sinsi. Letras.

Me quedé mirándolo. El sol de la tarde entraba por la puerta y empezaba a subirme por la espalda.

—Ya te dije que no escribo.
—Cierto. Me habías dicho.
—¿Llevás algo más?

Él me miró a los ojos como queriéndome decir algo. Yo me di cuenta porque muchas veces me miraron fijo pero nunca con palabras como me miró él ese día.

—Voy a la loma a tomar unos mates —me dijo.
—¿A esta hora?
—Me voy a poner debajo de algún árbol.

Le dije que sí con la cabeza.
—Son tres con cincuenta.

Él sacó unos papeles del bolsillo, todos escritos con letra diminuta. Los puso encima de la mesada. Después sacó las monedas y llegó a tres pesos con cincuenta y me pareció que se había quedado sin nada.

—¿Tenés agua caliente? —me dijo entonces.

Miré las góndolas, a esa hora de la tarde no había nadie así que le dije que me acompañara del otro lado de las cortinas de plástico donde estaba el depósito de mercaderías. Tampoco había nadie porque era la hora de la siesta. Estaba fresco y olía a harinas y conservas. Había también un poco de olor a humedad y a cartón y todo eso junto que para mí era más o menos el olor a trabajo. Me acerqué al bidón contra la pared.

—¿Dónde pongo el agua?

Él se sacó la mochila, abrió el cierre que parecía a punto de estallar. Sacó un termo. Me lo dio y cuando lo agarré sin querer le toqué la mano, estaba caliente, tal vez era porque venía andando al sol. Me agaché y llené el termo casi hasta el final, prestando atención a que quedara un espacio vacío para que no rebalsara al poner la tapa y fuera a quemarse. No estaba acostumbrada a usar termo, en el pueblo todos usábamos pava, pero Malcom no.
—¿Algo más?

Él miró el depósito.
—¿Todos los días trabajás acá?
—Todos los días.

Levantó la cabeza y miró hasta la última lata de conserva de la última fila, que era lo mismo, me pareció, que mirarme a mí.

—Ya tengo que volver —le dije.

Él guardó el termo con agua, sacó un envase vacío de gaseosa de la mochila y me lo dejó.
—¿Tenés sed? —le pregunté por preguntar.
—Un poco —me dijo él.

Llevé el envase para dejarlo en el cajón pero pensando como estaba en esto y lo otro, metí el dedo en la botella y no lo pude sacar. Malcom me preguntó dónde había una pileta, me llevó y me puso la mano abajo del agua, me enjabonó con cuidado, con un jabón que siempre estaba ahí, hasta que el dedo se deslizó solo. Después dejó la botella en el piso. ¿Te duele? Me preguntó y me acarició la mano. Volvimos al salón y me senté apurada en la caja, como si estuviera lleno de gente esperándome, pero como siempre a esa hora, no había nadie. Cuando miré hacia atrás Malcom ya había salido, se veía solo un contorno amarillo de sol y por adentro oscuro. Me gritó chau Sinsi con s. Yo me acordé de que no le había dado de tomar y me dio pena que se fuera con sed con ese calor que hacía en el pueblo.

A la salida caminé lento para pensar las cosas que habían pasado y ver si de esa manera se me iban quitando los pensamientos por el camino. Pensaba en Malcom sentado abajo del árbol, en el termo con agua caliente, y también en que el agua le recordaría a mí. Después dejé de pensar pero ya no estaba como siempre. En casa mamá cocinaba y papá estaba sentado en el sillón. Pero entonces papá dijo Zinzi y me llamó. Lo escuché bien porque él no me llama habitualmente. Ni a mí ni a nadie. Salí del cuarto y papá ya estaba casi en mi puerta, con una camisa en lugar del overol y unos pantalones de vestir.

—Tenemos visita —me dijo.

En el salón estaba Franco que había venido como todos los viernes del otro pueblo pero esta vez además de hacer la ronda de pedidos se había detenido en casa. Venía bien vestido, no como cualquier viernes cuando se lo encontraba al final del día en el bar antes de que se hicieran las nueve, se sacudiera el polvo y saliera de regreso al pueblo suyo. Había traído nueces y aceite. Saber de la presencia de él me cambió de humor y pensé en las cosas de todos los días y en Franco y en ese pueblo de aceite y nueces. Cuando me saqué la camisa para cambiarme se me vino a la mente Malcom leyendo mi nombre y me pregunté dónde dormiría esa noche. Después me cambié y fui al comedor.

—Al fin llega la contadora —dijo mamá mientras con la cuchara tiraba un puñado de puré en el plato de Franco. Después sirvió otra cucharada y otra. El puré espeso quedó pegado en el plato en tres manchas blancas y gordas.

—Zinzi, por qué no le servís un poco de vino con soda.

Tres veces más volví a ver a Malcom. La primera, en el casamiento de Franco. Yo le digo así, el casamiento de Franco, por más que antes que nada fue mi casamiento. Tal vez me quedó de chica, de esa manera de darle vuelta a las cosas, a ver si eso era escribir, pero en el fondo sabía que no podía ser así. Seguía trabajando en el supermercado, y varias veces me habían faltado vueltos pero nunca me había llamado la atención porque hay hambre en el pueblo y el hambre sabe desconectar las cámaras. Aquella vez Malcom estaba en la Iglesia. Yo me había encontrado bien en el espejo esa mañana cuando mamá vino con el vestido y hasta pensé que ese sería el día que estaría más linda y que al final de mi vida lo recordaría así, lo más joven y viva que podría estar en toda mi vida, aquel día, pero cuando lo vi a Malcom me sentí rara y pensé que con una camisa de las mías me hubiera sentido tanto mejor. Hacía calor y transpiraba y, un poco antes de verlo, mientras avanzaba por el pasillo para casarme pensaba que debíamos haber elegido el invierno. El pasillo de la Iglesia es muy corto y un pensamiento alcanza hasta llegar al altar. Un pensamiento y saludar a las personas, sobre todo a las mujeres, porque el casamiento es cosa de ellas. A Malcom no lo había visto todavía, sino hubiera dejado el pensamiento. Incluso tal vez hubiera dejado de caminar. A él lo vi después de la ceremonia, cuando estaba yendo hacia la salida de la Iglesia. Estaba en el último banco, vestido de traje, con el pelo largo, y la cara de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado por él. Me miró con una sonrisa y me di cuenta que, desde chica, era la primera vez que volvía a verlo sonreír y me dio una sensación inesperada que fuera por mí. No sé por qué pensé en las campanas de la Iglesia. Después él me hizo la seña, como si tuviera una lapicera imaginaria en una mano y en la otra un papel. Y ahí sí por primera vez pensé que estaba loco y que en el pueblo tenían razón. Pero Malcom era Malcom.

De ahí en más toda la fiesta pensé en el momento en que me tocara bailar con él, pero ese momento no llegó. Malcom era una sombra escondida atrás de un mozo, un brazo que se movía de pronto en una mesa, unos zapatos que daban vueltas en el pasto, y nunca llegaban a mi lado. Tuve que esperar al final de la fiesta y después de eso pensé más que antes en él. Al final de la fiesta me senté en una mesa sin gente, y me puse a jugar con las migas y con el arreglo floral que había quedado pelado porque es costumbre de las mujeres llevarse las flores y plantarlas en el jardín, o en cualquier pedazo de tierra. Hasta que lo vi, justo en la mesa de enfrente, vacía también. A mí ya no me molestó el vestido blanco que a esa altura estaba todo arrugado, y también me había quitado los zapatos y me sentía muy cómoda descalza. Él estaba como si no se hubiera movido de ahí en toda la noche, como si fuera esa su mesa de toda la vida. Me dijo que mirara a un costado y me fijara lo que era una mujer. Yo no me había dado cuenta del espejo y cuando miré me encontré a mí.

La anteúltima vez que vi a Malcom, eso no puedo asegurar que haya ocurrido, tal vez no fue así. Si alguna vez me preguntan, voy a decir que no fue. Algunas veces me lo digo a mí, cuando salgo del supermercado y el camino a casa se me hace estrecho y prefiero dar un rodeo por el monte antes de volver y entonces me siento debajo de un árbol y practico y me lo digo a mí: “no fue”. Y me lo digo solo para contestarme a mí misma después: “claro, claro que fue”. Dos días después de escaparse de la cárcel. No sé qué hacía Malcom en la cárcel pero está claro que no iba a quedarse ahí. Se apareció en el supermercado a la misma hora que aquella primera vez, esa hora en la que no hay nadie y solo se mueve la barriga del perro que duerme en la entrada. Él me llamó desde las cortinas de plástico, quién sabe cómo llegó ahí. Y yo lo seguí. Pensé que tenía sed, o hambre. Le pregunté cómo se había escapado de la cárcel y él me dijo que no había tiempo para hablar de eso, que él no tenía nada que hacer en la cárcel. Yo sé que es así. Fui hasta la pared, pensando en el agua, pero él me agarró del brazo con tanta fuerza que me asustó, me hizo dar vuelta. Después me abrazó. Cuando me abrazó noté que temblaba, como si tuviera frío, como si algo más le estuviera pasando.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Me pasa todo lo que me puede pasar. Y todo lo que me va a poder pasar de acá en más me está pasando ahora—. Me hubiera gustado entenderlo mejor. No soy tan tonta para creer que estaba hablando solo de mí. Sé que no se trataba de eso y nada más. Pero él me lo decía a mí, como un secreto, mientras me empujaba suavemente hasta que sentí la pared en la espalda. Él avanzó todavía un paso más. El olor del depósito no es más olor a trabajo. Cuando voy detrás de las cortinas respiro hondo y siento el olor de esa tarde como un recuerdo que me quedó, ahí atrás del supermercado. Él se fue lejos del pueblo, nadie sabe adónde y todos creen que cualquier día de estos se va a aparecer con la resolana de la ruta.

Después volví a intentarlo, esto de escribirle. Es extraño, tal vez, pero yo pensé que era lo más justo. Por decirlo de alguna manera, sentía que le debía algo a él, porque ahora yo lo tenía todo, aunque estuviera guardado. Al menos yo creía que era así. Hasta esa tarde de agosto que fuimos a la sala de cine con Franco y las nenas a ver la película que presentaban el domingo. Era un domingo sencillo de sol y me hacía ilusión salir del cine y caminar por la plaza con las nenas y verlas jugar en las hamacas mientras Franco y yo nos sentábamos en el banco a tomar un helado de la mano. Me hacía ilusión saber que más tarde pasaríamos por lo de Mirta a retirar las pastas que ella prepara los domingos. Y luego ir a buscar la leche de tambo, porque ese domingo tocaba, llegar al anochecer a la última casa que pisa el campo y esperar a que traigan el tarro y de ahí llenen la botella, mientras miro por la ventana el campo, ese último pedazo del pueblo antes de la inmensidad. Esa tarde en la película fue la última vez que volví a ver a Malcom, cuando yo estaba de tan buen humor por esas cosas que venían, y las nenas se habían portado bien, y Franco ya me tomaba de la mano. Lo vi al final, cuando la película todavía parece que sigue adentro nuestro pero en la sala van encendiendo las luces. Entonces vi su nombre al lado del guión, el nombre que él tenía de verdad. No me sorprendí de verlo ahí, me pareció que era así como tenía que ser. Solo le pedí a Franco que fuera saliendo con las nenas y me quedé sentada en el cine cuando ya todos se habían ido. Me quedé hasta que la última palabra se escapó por lo alto de la pantalla. Y aún me quedé un tiempo más.

 

Silvia Appugliese se formó en los talleres de escritura de Pablo Ramos, Inés Garland y en la carrera Ciencias de la Comunicación. A su vez, fue parte del grupo de escritura Taller de las Papas. En la actualidad realiza el traductorado de francés y participa de la clínica de escritura de Liliana Heker. Sus cuentos Malcom y El pan de las palomas fueron publicados en la antología Manuel Mujica Láinez, VIII y X edición.

Jimena Ruth
Silvia Appugliese

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