Té blanco | Cara de Perro

Té blanco

1
Por Cecilia Garino

Salgo de la fiesta y la veo. Las dos estamos solas. Ella dice que lleva un rato esperando. Tiene una valija y un paraguas. Pero lo extraño es la ropa. Lleva una pollera acampanada. Quiero darme cuenta de si tiene o no miriñaque. Es imposible un miriñaque, pero su pollera también es imposible. Además lleva un sombrero tipo hongo, pestañas larguísimas. Se me ocurre que es actriz, pero en la fiesta no hubo ningún show.

—No va a venir —insiste— el remís me dejó plantada.  

Una mujer me hace sentir torpe. No importa cuál sea el gesto. Abrir la puerta, convidar un cigarrillo. Lo que salga de mí, dirigido a una mujer que no conozco, me hace sentir incómoda. Sin embargo me escucho decir que puedo llevarla y ella acepta rápidamente.

Le indico dónde estacioné el auto y empezamos a caminar. Las casas no tienen cerco. Se ven los jardines, las piscinas, las bicicletas tiradas en los frentes. Lo que ahora me llama la atención es la valija. Quiero saber qué guarda. Llegamos al auto. Busco la llave y le pregunto si prefiere guardar la valija en el baúl.

—Quiero mostrarte lo que tengo. Soy sommelier de Té. Enseño a catar tés —dice.

Meto la llave en la cerradura y las puertas se abren. Mi compañera sonríe. Ok, en la valija tiene té. ¿Y el paraguas? ¿El sombrero? ¿La pollera?

Enciendo el motor, acomodo el espejo y se presenta. No es posible que no esté haciendo una broma. No es posible que ella se llame Mary. Tiene los ojos chiquitos. Me da la mano.

 —¿Mary Poppins? —pregunto. No quiero ofenderla con mi asociación pero es imposible dejarla pasar. Por suerte a ella le causa gracia. Quiero preguntarle si está vestida así porque estuvo vendiendo sus clases, si Mary Poppins tomaba té. Pero comienza a darme indicaciones para salir del country. Ella cree recordar el camino y se concentra en eso. Dejo pasar mi pregunta. ¿Por qué tengo que saberlo todo?

Subimos a la Panamericana y vamos hacia atrás. Atrás es lo que se aleja de Capital Federal.

—Es nuevo —dice de pronto— es té blanco.

Sostiene una lata y está intentando destaparla. Me imagino que apenas la abra voy a tener que meter mi nariz en la lata.

—¿Un té nuevo? Eso sí que es sorprendente —digo. Y ella sonríe como si mi pregunta allanara todos los caminos. El té blanco resulta ser el té madre. El único té. El té que hace al resto pero en su estado puro. Sin cocción. Puro como una perla.

 —Té blanco —digo. Mi voz ahuecada. La nariz en la lata. Olor agrio. La miro. Es Mary Poppins. Se sacó el sombrero, lleva un rodete. El rostro maquillado. Me indica que en la próxima salida debemos bajar de la Panamericana y continúa con lo que está diciendo.

—Los chinos son la población mundial con menos cáncer por habitante. Los chinos beben té más que ninguna otra población. Los chinos no tienen cáncer —repite.

Un momento antes de verla en la vereda yo salía de una fiesta donde no se había hablado de cáncer y ahora la escucho hablar sobre los efectos del desodorante en las axilas. La forma en que las glándulas no pueden respirar y otra vez el cáncer. Mary Poppins abre los ojos y gesticula. Me muestra el lugar donde se ubican las axilas. Las personas pueden ser muy molestas incluso cuando les estás haciendo un favor.

Meto la mano en mi cartera y con dos movimientos consigo sacar un cigarrillo. Me lo llevo a la boca. Presiono el encendedor del auto. 

—Yo uso perfumes —digo— franceses, puros.

Enciendo el cigarrillo y no la miro. No hace falta. Puedo sentirlo. Mary Poppins me desaprueba. Doy una pitada y exhalo. Una voluta espesa llega al parabrisas y se deshace. Las luces de la Panamericana a los costados. El cigarrillo en la boca. Las manos en el volante.

—¿Fumás mucho?

—No tanto como quisiera.

Bajamos de la Panamericana y entramos a otro country. La guardia nos detiene. Me piden el documento y que abra el baúl del auto. Mary Poppins se disculpa y da explicaciones. Un señor con una linterna revisa los asientos traseros. Habla por handy. Cinco minutos después nos dejan pasar. Las casas del country están ocultas entre la vegetación y la cerca eléctrica. Al final de una rotonda vemos a una mujer hacernos señas.

—Esa es mi madre —dice Mary Poppins.  

Me acerco, detengo el auto, dejo el motor en marcha. La mujer camina en dirección a la puerta del conductor. Bajo la ventanilla y cuando estoy cara a cara con la mujer tengo la impresión de que estoy bajo los efectos de un alucinógeno. 

La mamá de Mary Poppins mueve los labios,  pero no la escucho. Estoy absorbida por su escote. Las arrugas del escote. El tamaño. La redondez. Los labios rojos. El color del pelo, brillante, platinado. Me doy cuenta. Es el mismo corte. El legendario corte. Una imitación impecable de Marilyn Monroe en una mujer de al menos sesenta años.

—Whisky —dice— whisky y café, para la vuelta.

Y veo que ellas hacen gestos. Mueven los labios. Cierran y abren los ojos. Pero no puedo responder. Marilyn está viva, a las tres de la mañana, en un country del Gran Buenos Aires.

Miro la casa. Es un chalet con ventanales altos. El pasto del jardín recién cortado. Los faroles encendidos. Luz amarilla entre los canteros.

—No quiero interrumpir —digo.

Pero ellas están solas y son insistentes. Apago el motor y veo los labios de Marilyn estirarse en una sonrisa infinita mientras que a mí me invade una sensación de miedo.

El living de la casa tiene las paredes forradas con madera. Listones de lo que parece pinotea llegan desde el piso a la altura de los hombros. Un lado del living da al jardín a través de ventanales. Hay varios cuadros colgados y fotos familiares. Nada me llama la atención hasta que descubro en una de las paredes varios discos de oro. Al menos diez o quince discos colgados.

Mary Poppins dice que deja la valija con tés y que se une a nosotras. Y yo tengo la esperanza de verla regresar con otra ropa. Marilyn abre uno de los ventanales y pasamos al jardín.

El calor de la noche me hace bien. La sigo hasta la mesa de la galería. Marilyn estuvo bebiendo. En la mesa hay un vaso. Tiene la marca roja de su lápiz labial. Me ofrece whisky. Busca un vaso en un carrito y destapa una hielera.

—¿Cuántos hielos?

—Varios, tengo que volver.

—No te preocupes —los labios se le estiran en esa sonrisa infinita— vas a volver perfecta —dice.

Y algo en el tono no me gusta. ¿Por qué está segura de cómo voy a volver? Brindamos en silencio. Miro la pileta. Un brillo débil en la oscuridad del agua. Más allá, un cedro y un rosedal que logro distinguir por la altura de los tallos y las pocas hojas. El calor del whisky me llega al pecho. Mary Poppins camina por la galería hacia nosotras. Todavía tiene la pollera. Intento descubrir algún cambio. Se sienta a mi lado. Tiene el rodete. Las pestañas postizas. Se sirve whisky, alza la copa. 

—Gracias por traerme, brindo por quien sea que seas —dice.

Las copas chocan. Bebemos. El sonido de los grillos es todo lo que se escucha.

—¿Son actrices? —pregunto.

Marilyn dice que fue maestra de escuela y después directora.

—Treinta y cinco años de docencia te convierten en actriz —dice.

—Me refiero a actores de teatro —miro a Mary Poppins— tengo amigos actores (no sé por qué miento) y cuando los visito en su camerino...

— Beba actuaba —me interrumpe Marilyn.

—Por favor mamá, Beba imitaba a Tita Merello, eso no era actuar.

— Beba tenía muchas virtudes —insiste Marilyn.

—Decía —intento retomar— que al terminar la función, disfruto de ver cómo al quitarse el maquillaje de a poco se borra el personaje y aparece la persona. 

—Y percibir ese cansancio ¿no? los actores parecen cansados cuando terminan la función. —Marilyn bebe sin parar.

—Sí, me gusta eso. Lo camaleónico y brutal de los actores —respondo.

—¿Vos a que te dedicás? —pregunta Marilyn.

—Leo.

—¿Sos editora?

—Prefiero definirme como alguien perezoso.

—Pero de algo debés vivir —pregunta Mary Poppins.

Y por primera vez me siento a gusto.

—Una vez leí un cuento —digo—, el protagonista conoce a una chica varios años menor y ella le impone una regla. Una única regla: no pueden contarse nada. Ninguno puede preguntar ni un solo dato de la vida del otro. Él, que está desesperado por la chica, acepta sabiendo que sólo conoce su apodo. Después el cuento se complica porque hay un asesinato y la trama cambia. Pero la idea me gustó. ¿Y si no supiéramos nada del otro?

Marilyn se levanta y se va por la galería. Tal vez fui demasiado lejos y mis anfitrionas, aunque parezcan excéntricas, no lo sean tanto. Yo siempre puedo serlo un poco más. 

—¿No es la noche más hermosa del verano? —Mary Poppins se levanta— ¿Sabés algo de estrellas?

Sale de la galería y cuando pisa el pasto me doy cuenta de que está descalza. Da una vuelta sobre sí misma y señala algún lugar del cielo. 

—Ahí está Sirio —dice— ¿la conocés? Es la más brillante.

Su figura recortada en la oscuridad del jardín me hace señas para que me acerque.

Marilyn regresa. Trae una botella y tres copas pequeñas. —Mi hija adora las estrellas —dice— y le gustaría un esposo que sepa de estrellas.

Me acerco a Mary Poppins. Miro al cielo.

—Busquemos la Cruz del Sur —digo.

—La Cruz —dice a secas, y me doy cuenta de que acaba de corregirme. Mira en el cielo. Gira. Busca. Y un perfume me envuelve. Es un perfume complejo. Dulce. Miro el cielo pero no busco la cruz. Mary Poppins no olía así en mi auto. Agarra mi brazo, lo levanta y señala.

—Ahí. ¿La ves? La Cruz. ¿Alcanzás a verla?

Siento el perfume cerca.  

—Sí, la veo.

Nos quedamos un rato.  El cielo está limpio. Hay varias estrellas. Luna nueva.

—Me gustó lo del cuento —dice—, no saber nada. ¿Quién lo escribió? Quisiera leerlo. —Me toma por los hombros. Sus ojos brillan. ¿Quién lo escribió?

¿Y qué puedo responder? Si lo hubiese dicho antes. Ahora puede parecer que yo buscaba que ellas preguntaran. Y lo que sigue lo empeora todo: Ah ¿sos escritora?, ¿publicás?

—Ya está servido. —Marilyn señala las copas y Mary Poppins regresa a la mesa sin esperar mi respuesta. 

—Esto se toma en Finlandia —dice Marilyn. 

Parece licor pero es transparente. Brindamos. Y lo que sea que bebo es rico y está helado. La copa se empaña. Marilyn sirve otra ronda y a Mary Poppins se le ocurre algo. Se agacha. Desaparece debajo de la mesa. Mueve una silla. Se escucha un ruido de parlante y después jazz. Al principio el sonido es malo. Mary Poppins se agacha otra vez bajo la mesa. El sonido mejora. Se escucha When the Saints Go Marching In y me doy cuenta de que estoy perdiendo la noción de lo que bebo y de que debería irme.

—Jazz —dice Marilyn— me hubiese gustado esa época. Louis Armstrong. New Orleans. 

 —Pero te dedicaste a los poderosos —digo.

Y Marilyn levanta las cejas. Sirve. Le miro el pelo, el escote, los labios pintados de rojo.

—Por los Kennedy —digo y brindo con lo que se toma en Finlandia.

Mary Poppins se pone de pie, da una vuelta y hace una reverencia.

—Por los Kennedy —dice y baila.

—Todo tiempo pasado fue mejor —dice Marilyn que sirve otra vez.

—Lo único bueno del pasado es que lo conocemos —digo.

—Pero hubo épocas irremplazables —dice Mary Poppins que continúa bailando.

—¿Usas miriñaque? —digo— ¿Tenés ahora un miriñaque?

Mary Poppins baila, no sé si escuchó mi pregunta. ¿Se darán cuenta de que están disfrazadas? Y los discos de oro. ¿Qué serán esos discos? La voz gruesa de Louis y los ángeles que vienen marchando que se repite una y otra vez.

 

No sé cuánto tiempo pasó. Tengo la impresión de haber hablado. No recuerdo de qué. No sé cuánto tomé. Distingo los rosales. El pasto recién cortado. El muro cubierto por una enredadera. Prefiero los colores de la tarde, no este amanecer sin matices. La luz baña todo sin sobresaltos. Las figuras que me había acostumbrado a ver brillantes,  ahora tienen un color pálido y triste.

—La idea del cuento —dice Mary Poppins.

—¿Qué hay con la idea del cuento?

—Te olvidás rápido. No sabemos nada, vos y yo. 

—¿Dónde está Marilyn?  

—¿Quién es Marilyn? Ah sí, está ofendida, supongo. Pero te trajo café.

Veo en la mesa un termo y una taza. Las copas y la botella de licor están vacías. Me levanto y pierdo el equilibrio. Me sostengo con la mesa. Mary Poppins hace un gesto con la mano y dice que puedo irme por donde entré.

—Yo puedo estar sola —dice—, puedo quererme sola. 

Tiene el cuerpo echado sobre el respaldo de la silla y parece una mujer con un ojo desviado.  Es el efecto que le da una de sus pestañas postizas que está corrida. Quizá sí sea sommelier de tés. Quizá quiera un esposo que sepa de estrellas pero ahora tiene la piel seca, está amaneciendo y está echada sobre el respaldo de la silla. 

—No sé quién escribió el cuento —digo.

Camino por la galería. Cruzo la casa.

Me gustaría tener mis lentes de sol. Enciendo el motor del auto. Alguna de ellas baja las persianas de la casa. Las luces del jardín se apagan. Ojalá pudiéramos querernos solos.

Jimena Ruth
Silvia Appugliese

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