UNA MUJER DE OTRA PARTE | Cara de Perro

UNA MUJER DE OTRA PARTE

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Por Belén Carballo

La mujer llega al cruce caminando. Se queda ahí parada unos segundos, mirando la planicie monótona de la ruta. Después se larga a andar por la banquina. En los costados está lleno de cactus enormes entremezclados con árboles y arbustos. Todos tienen espinas. El camino es una estría abierta en el cuerpo del monte.

La mujer avanza con decisión, como si solo un ritmo sostenido pudiese llevarla adonde quiere llegar. Tiene puestos anteojos oscuros y un pañuelo atado en la cabeza para protegerse del sol abrasador. Le caen gotas de transpiración por las sienes y el cuello,  por la espalda, pegándole la ropa al cuerpo. Ahora entiende porqué la chica de la estación de servicio la miró como si estuviera loca cuando la vio llegar a pie, preguntando por algún atajo para llegar hasta Chinuna.

—No me diga que va a caminar con este calor. No va a llegar. Eso está lejos.

—El calor no me asusta, vos indicame nomás —quería irse de ese pueblo de cualquier manera, aunque tuviera que andar a las tres de la tarde por la ruta pelada.

La chica le aconsejó que llevara agua. La mujer pensó que sería un incordio cargarla, pero ahora ese peso en la espalda la tranquiliza. Puede tirarse un poco en la cabeza y cada tanto tomar un trago, reponer algo de toda esa agua que se le sale del cuerpo sin parar.

Cuando pasa la camioneta hace ya más de una hora que salió del cruce. No alcanza ni a darse vuelta, escucha el rugido del motor cuando la tiene casi encima. Pasa cortando el aire, una ráfaga caliente que le mete polvo en los ojos. La ve frenar más adelante y estacionar al costado del camino. Por fin está cambiando su suerte. Siente un cansancio repentino y se imagina el alivio de sentarse. Apura el paso. La camioneta salvadora está parada sobre el asfalto, como un animal gigante. Tiene la palabra RANGER escrita en letras negras sobre la chapa de la cola. Cuando llega a unos pocos metros escucha la ventanilla que baja y unos anteojos espejados se asoman a mirarla. Una cabeza de hombre con pelo negro y bigotes sobre un cuello macizo.

—Vení, subí que te llevamos. ¿Para dónde vas?

Al lado de este hombre hay otro, sentado al volante, que también tiene anteojos espejados, pero este otro no la mira. Tiene la vista fija en el camino.

La mujer no contesta. Mira con recelo a estos hombres que se parecen al otro, al de la noche anterior, ese que no puede sacarse de la cabeza.

 

Tuvo que quedarse en el pueblo y a la medianoche salió a caminar para escapar de la pensión, el calor no la dejaba dormir. Afuera parecía de día, había gente amontonada en los kioscos, en los umbrales, bicicletas y carros dando vueltas por las calles de tierra, se escuchaban gritos y risas. Cuando ella pasaba se producía un silencio fugaz, como si a aquellas personas les tomara un momento digerir a una mujer venida de otra parte. Después seguían con lo suyo sin volver a mirarla. Dio algunas vueltas y entró al único bar que encontró, un lugar mal iluminado donde sonaba una cumbia a todo volumen. Se sentó en una mesa al lado de la puerta y pidió una cerveza. Para cuando se la trajeron se había dado cuenta de que era la única mujer ahí dentro, así que se la tomó rápido. Estaba por irse cuando el mozo le tocó el brazo y le señaló con la mano hacia la barra. Ahí sentado había un hombre con bigote. Tenía el pelo muy corto y una camisa a cuadros. La miraba fijo y cuando hicieron contacto le cabeceó. Fue un movimiento seco, inconfundible. Se quedó tiesa. Pasaron algunos segundos que duraron una eternidad y el hombre dio otro cabezazo, sin despegarle los ojos de encima. El mozo insistía, cada vez más nervioso, en que la estaban llamando. El bar entero se había paralizado. Alguien bajó la música y ella se escuchó decir:

—¿Qué?

—Que no ves que te estoy llamando.

Ella no contestó. Se levantó con el corazón golpeándole en la boca y salió del bar. Caminó sin darse vuelta hasta llegar a la pensión y subió derecho a encerrarse en la pieza. Prendió el ventilador pero no hubo caso, las chinches golpeaban sin parar contra el techo y las paredes. Se tapó la cabeza con la sábana áspera, intentando relajarse. Un par de horas más tarde empezó el tumulto. Una confusión de gritos y golpes y una voz de hombre gritando “puta”, “gringa engreída”. Escuchó tropezones en la escalera y llegó a pensar que vendrían a patearle la puerta. Al amanecer decidió que no se quedaría en ese pueblo. Cuando supo que no había micro hasta el día siguiente decidió irse caminando ese mismo día.

 

El hombre de la camioneta la está mirando. Se lo ve fresco ahí adentro, fresco y calmado. Le insiste.

—Vení, preciosa, subí que te llevamos. Te vas a derretir con este sol.

—No, gracias, prefiero caminar.

Ella dice esto como si nunca hubiese pensado en subirse a la camioneta, como si caminar bajo el sol quemante fuera lo más natural del mundo.

Los hombres se miran. Después el del bigote hace un gesto con la mano, como desentendiéndose.

—Como más te guste, princesa.

Arrancan la camioneta de un tirón. Ella se queda parada sobre el asfalto. Cierra los ojos unos segundos. Los vuelve a abrir.

Ahora el sol quema más pero el calor le importa menos, el solo recuerdo del hombre del bar la llenó de una energía furiosa, como si otra vez estuviese saliendo por esa puerta, con todos los ojos sobre la espalda.

Mira el reloj. Le habían dicho diez kilómetros y ella había calculado un par de horas de caminata. Eso como mucho. Podía ser menos si lo hacía a buen ritmo. Calcula que le queda menos de una hora por delante. Descuelga la mochila para tomar agua antes de seguir.

Cuando ve venir algo a lo lejos tarda en darse cuenta de que es la misma camioneta que vuelve. Ahora se acerca despacio y para en la mitad de la ruta, esperándola. Ella sigue caminando sin alterar el paso. Ve dos pares de anteojos espejados que la miran.

—Está jodido el calor, te va a hacer mal, te conviene subir.

El que habló ahora es el hombre que está al volante, tiene el brazo apoyado sobre la ventanilla abierta. No tiene bigote pero si no fuera por ese detalle sería idéntico a su compañero, con los mismos brazos, la misma fuerza arrogante.

—Muchas gracias, pero estoy bien.

—Mirá que este sol pega fuerte. Te falta un buen rato. No vas a aguantar.

—No hay problema, necesito caminar. Me estoy entrenando para una maratón.

No sabe porqué ha dicho esto, les ha ofrecido una explicación, un motivo para dejarla en paz. Apenas aminora el paso, hace un saludo vago con la mano y acelera para seguir de largo. Los hombres la miran sin decir nada y en ese silencio ella puede oír la propia respiración, el roce de sus zapatos en la tierra, el golpeteo intermitente de la botella sobre su espalda.

La camioneta parece dudar unos instantes y luego arranca con un rugido y se aleja en dirección al cruce. Pero la mujer ahora no siente alivio. Mira alrededor pensando en alguna estrategia, buscando algún lugar donde esconderse. Podría meterse en el monte, pero está lleno de espinas y no sabría para dónde ir. Se imagina a sí misma corriendo como un animal asustado, llena de rasguños, y desecha la idea. Después piensa en el teléfono y lo busca en la mochila, por suerte lo cargó durante la noche. Lo prende y mira la pantalla con insistencia, invocando a un dios difuso, pero una vez más constata que no hay señal, hace días que no hay señal. No lo guarda, lo conserva en la mano como un arma, su única arma. Llegado el caso podría intentar llamar a alguien, o al menos fingir que lo hace.

Y porque no hay nada más que pueda hacer, sigue caminando. Ahora avanza un poco más rápido, todo lo rápido que puede sin agotarse. Mira permanentemente a los costados buscando una huella, una casa, algún signo de presencia humana. No hay nada. Hasta los pájaros están escondidos. Solo parece estar ella en el mundo. Ella y esos hombres.

Se lo anunciaron. Se lo avisaron más de una vez cuando salió de Buenos Aires. Tené cuidado, le dijeron, te estás metiendo en otro mundo. Ahora lo sabe. Camina cada vez más agitada, llena de furia. Quiere llegar. Necesita llegar a Chinuna. Nunca ha estado allí, pero imagina que al menos habrá más gente. Ahora lo que más quiere es no estar sola en esa ruta vacía. No estar sola. Se apura. Sabe que van a volver.

 

Este cuento pertenece al libro homónimo de proxima aparición por Salta el pez ediciones. 

http://www.saltaelpez.com

Jimena Ruth
Silvia Appugliese

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