Fragmentos sobre mi padre
Ulises Martino
A veces cuando camino temo parecerme a mi padre. Es peor. Me parezco notablemente a mi padre en el andar. Es algo que nunca se irá de mi cuerpo. Podré quitar otros males del padre, pero con lo que jamás podré es con su forma de caminar. Es el último eslabón de la transmisión. Camino igual que mi padre, es decir, que llego al encuentro del otro de la misma manera en que lo hacía mi padre. No me gusta ese andar porque me lo recuerda; quisiera no olvidar a mi padre, pero sí encarnar un ser completamente distinto. Eso que uno llama ser uno mismo. Eso que quisiera ser y que es imposible. Mi padre, al que he matado en muchas otras formas, persiste en mí en el detalle más superfluo y extravagante, en mi forma de andar que yo sé muy bien, aunque nadie lo advierta, que deviene de la suya. Mi forma de caminar, que me fue transmitida como tantas cosas que se transmiten y que quedan para siempre como una marca. Lo que tiene una marca, lo que es Samsung, por ejemplo, es que no puede ser de otra marca. Podrá ser un Samsung mejor, renovado, con mejor tecnología, pero si lleva la marca Samsung, es un Samsung.
A menudo, a lo largo de mi vida, quiero decir, me tuve que debatir entre el pelotudo y el genio. Como si no tuviera otras formas de sentir la vida. Me he sentido un pelotudo y, en muy menores ocasiones, un genio. En realidad, tuve el mandato de sentirme un genio o de no ser un gran pelotudo. El pelotudo le dice al genio, y el genio a veces responde. Que no es que sea un genio el que responde, sino que de tanto en tanto el que se defiende del pelotudo responde con alguna genialidad. Pero la mayoría de las veces encarno a ese pelotudo que me señaló como mi padre.
Yo soy un muchacho con muchos problemas. La palabra muchacho deviene de mi abuelo, que cada tanto decía «Pero mirá ese pobre muchacho», para remarcar alguna situación. De mi abuelo heredé esa palabra, de mi padre los problemas.
Siempre que pasábamos frente a una iglesia, mi padre se persignaba. Nunca mencionó ante mí nada sobre el asunto. Él se persignaba y yo lo miraba desde el asiento de atrás del auto. Ese tipo de cosas que sin mediar las palabras un padre le transmite a un hijo. Él no se cuestionaba si creía o no en Dios ni en qué creía. Simplemente se persignaba y yo lo miraba. Pasados los años, me di cuenta de que mi padre creía en Dios por si existiera. No le interesaba profundizar. Se persignaba como quien se quita un problema de encima. No se sentía apto para profundizar y, en todo caso, cometer el yerro de equivocarse. Era como el número en la quiniela. Muchas veces jugaba de ojito. Es decir, que apostaba pero sin haber puesto la guita. Con Dios apostó sin haber puesto la fe.
Mi viejo nunca opinaba sobre cuestiones de la vida. Nunca dijo como una vez Enrique –mi jefe de las encuestas— me dijo: Ojo que si te vas a vivir a la casa del mar te va a dar nostalgia. En un lugar solitario, el hombre envejece más pronto. Hay que estar en actividad. Mi padre nunca me habló de la nostalgia, o del mar, o de cualquier cosa, aunque fuera mentira. Algo que fuera una guía para mí. Algo a lo que atenerme o contra lo que combatir. Algo que sea poesía. Lo único que me transmitió es que él era un genio y los demás unos giles. Por eso murió desganado y completamente desconectado, porque ya no supo qué hacer cuando se le acabó la potencia.
Miro el mar, las olas, cómo transcurren, unas tras otras. Como la vida, como el cielo que nunca es igual cada día. Los dos se acompañan. Yo me sumo, si me dejan, pensando que puedo no ser el mismo, cada día, como las olas y el cielo. Como la vida que se escapa una milésima de segundo más lenta cuando estoy más presente.
Algo sobre el autor Ulises Martino es escritor, psicólogo social, coordinador de encuestas, terapeuta de parejas y director teatral. Participó en el taller literario de Pablo Ramos, durante cinco años, donde trabajó la novela Lo más parecido al amor, aún inédita. Escribió el libro de cuentos El Mundo de las mujeres el cual resultó ganador del Concurso Nacional A. Bioy Casares 2020, edición 14º, en la categoría libro de cuentos.En 2021 obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Vías Navegables “Memoria, Rio y Cultura”, con el relato “Mañana con sol”.También resultó finalista en el Concurso literario de cuentos cortos –APAIB 2021, donde obtuvo el tercer premio con el cuento “El Tren del otro lado”.El cuento “Un buen nadador” fue seleccionado y forma parte del libro Los vicios de los muertos (Cuentos Rockeros I) editado por Hormigas Negras en 2020.
