Proyecto A119

Iván Cherem

Ilustración Pablo Bolaños

En un momento cálido de la guerra fría, después del éxito de Sputnik, las cosas se pusieron tan tensas que los gringos se cruzaron de brazos y dijeron:

—¿Ah, sí? Pues bombardeamos la luna. 

—¿La luna? —preguntamos.

—Sí.

—¿Por?

—Bombardeamos la luna. 

—¿Pero por qué?

Boom. Bomba atómica. 

El proyecto A119 se puso en marcha. Contrataron a mentes brillantes. Astrónomos, ingenieros, matemáticos, militares, burócratas. Entre ellos estaba el joven Carl Sagan. Trabajaron por años, invirtiendo cientos de millones de dólares y ya se estaban alistando los últimos detalles logísticos de lo que sería una hazaña histórica cuando de pronto empezó a soplar por los pasillos de la CIA una corriente helada de duda: 

—Hipotéticamente, ¿qué si fuera una mala idea detonar una bomba atómica en la luna? ¿Qué pasaría si, por ejemplo, densas nubes de polvo la cubrieran por cientos de años? Sería bastante inconveniente si, por ejemplo, nuestros hijos le tuvieran que decir a los suyos: 

—La luna era así y asá, mi amor, antes de la bomba. Era bonita. No era solo una nube de humo. Emanaba un brillo frío y la geografía de sus cráteres formaba la imagen de un conejo.

—¿Un qué, papa?

—Un conejo, mi amor. Era un animal que existía antes de la gran guerra. Era bonito, peludo y saltarín. Ahora ponte tu máscara de oxígeno, por favor.

Así hubiera sido. No cabe duda que estuvo cerca, pero en un gesto poco característico, la CIA canceló la operación a pesar de lo innegablemente delicioso que hubiera sido comprobarle a los rusos que podían detonar una bomba atómica en la mera luna, por si les quedaba alguna duda sobre su capacidad de plantarles una gorda en la punta de cada alfiler de cada cebolla de la catedral de San Basilio. 

Aceptémoslo: el humano puede llegar a ser un animal estúpido. Que cada cien años llegue un genio descomunal y nos deje tres o cuatro nuevos juguetes no cambia ese hecho. Muy, muy estúpido. Los que querían bombardear la luna de hecho eran los inteligentes entre los estúpidos: el grupo demográfico más peligroso. Y sí, yo también soy un imbécil, dirás, y estoy de acuerdo, pero al menos yo tengo la decencia de saberlo. Saberlo es la esencia de la moralidad contemporánea. Es un tipo de imbécil muy distinto el que aprieta el botón rojo. Es un imbécil más productivo que yo. Se despierta más temprano.

Pero todo eso es demasiado obvio y solo lo menciono como preludio. Lo que en realidad ofrece el proyecto A119 es una oportunidad de evaluar el desajuste en la gama de actitudes apocalípticas. Existen sabios paranoicos que construyen bunkers y forran sus estantes de rifles y latas de frijoles. Pero la norma, la opinión promedio, se encuentra peligrosamente obnubilada por la ilusión de invulnerabilidad, sorbiendo limonada al borde del precipicio. Creo que, en el fondo, esta tranquilidad patológica tiene raíces en nuestros instintos narrativos. Algo nos dice que la bomba o el asteroide o el calor insoportable o cualquiera de esas desafortunadas sorpresas serían un final inverosímil para la historia de la humanidad, tan rica, tan compleja. Y claro que lo sería, ¿pero eso qué importa? Nos morimos y ya está. Fin. 

No pretendo describir otro popote atorado en las narices de la Tortuga. Todos sabemos que es hora de aprender a sentir el miedo escalofriante de nuestra situación. El episodio anterior de las crónicas de Tánatos trató el aspecto infantil de nuestro suicidio colectivo, pero lo que muestra el proyecto A119 es la manera en la que la inteligencia más madura sufre también de una traviesa ceguera. Porque hay una faceta casi inspiradora de este episodio. Sí, estamos en peligro. Sí, nuestras capacidades nucleares, en manos de uno de los líderes erráticos que empiezan a atiborrar el escenario de la política, pueden acabar con la vida en la tierra. Pero hay algo más. Mientras investigaba el proyecto A119, no pude reprimir una sonrisa. ¡Qué juguetones somos! El riesgo de la catástrofe suele plantearse como un efecto secundario de actividades económicas y políticas que, en sí, tienen una función estratégica: la avaricia insaciable de los que miran al Amazonas y se les hace agua la boca imaginando hileras de palmeras o los políticos que atacan al vecino porque no pueden soportar otra noche de insomnio imaginando lo que sucedería si el vecino decidiera atacar. Incluso los comentadores más audaces plantean el desastre en los términos tácticos del realpolitik y dentro del pesimismo más cínico brilla un rayo de ingenuidad: al menos habrá cierta lógica en el ajedrez del apocalipsis. Tal vez. Pero hay algo más. Algo oscuro en lo profundo. Todos podemos sentirlo. Islas de pedófilos sonrientes con camisas Hawaianas. Vibra una nota festiva en el aire. Ha tomado control del mundo la parte de nuestra psique que quiere patear el castillo de arena, darle un manotazo a la torre de Legos, jalar la silla del compañero que está a punto de sentarse y ver cómo explota una nube de hongo en la superficie de la luna.

Algo sobre el autor

Iván Cherem nació en la Ciudad de México en 1993. Estudió Filosofía y Ciencias de la Computación en la Universidad de Tufts y ha trabajado como ingeniero de software en varias empresas de tecnología en San Francisco. Hoy se dedica a escribir cuentos, ensayos y novelas.

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