Sueño lúcido de un ángel manual
Por Diego Garcés
Ilustración Pablo Bolaños
Subía escalones a las corridas. Tenía que apretar las alas para no quedar atorado entre paredes. Detrás suyo, su madre y su padre le intentaban seguir el paso, pero mientras él podía subir de a dos escalones por zancada, ellos, agarrados de la baranda, se esforzaban en subir uno por uno. Al principio se lo habían tomado en broma, sólo pensar que fuera capaz de hacer algo así era irrisorio.
Si bien lo habían visto días y noches enteras, encorvado sobre el teclado, repitiendo una y otra vez los mismos videos y apenas alimentándose, minimizaron su obsesión tildándola como una actitud típica de su edad. Le dieron su espacio, sin sacarle los ojos de encima. Incluso le compraron los materiales que, con tanto ahínco, cosa extraña en él, les pidió.
De vez en cuando, en un piso se encontraba con un fumador o con una pareja a los besos. Los estrellaba, les tiraba los lentes, les pedía disculpas, y seguía su camino. Desconcertados y movidos por una curiosidad inexorable, las personas dejaban de hacer lo que estaban haciendo y lo seguían en su ascenso hacia la cumbre. Pronto tuvo una fila de curiosos detrás de él que lo arengaba para que no flaqueara en su objetivo final, aunque lo desconocieran. Su padre y su madre terminaron mezclados con la multitud, y aunque fuera su hijo el que a los tumbos se empecinaba en llegar hasta la azotea, nadie les abría paso cuando pedían permiso.
Se miraban igual que lo hicieron el día anterior, cuando él, harto por su férrea insistencia, les reveló su objetivo. «Los humanos no pueden volar», le contestaron con un hilito de voz, la preocupación atravesada en la garganta. «Entonces debo ser un ángel», dijo, con la mirada prendida fuego, y al día siguiente salió corriendo con las alas puestas.
Cuando llegó al último piso, tomó una bocanada del aire helado que chiflaba entre las antenas. Rápidamente la azotea se llenó de celulares, murmullos y aplausos. Se acercó dando pasos cortos a la cornisa, mirando hacia atrás de vez en cuando, esperando que aparecieran sus padres. «Si han decidido seguirme hasta aquí, pensó, merecen no perderse el espectáculo.» Cuando por fin lo lograron, calados de sudor y el corazón en la boca, sin mediar palabra saltó.
Detrás suyo quedaron los alaridos y las sorpresas, y lo recorrió una brisa calma que sintió tibia. Vio el tráfico detenido en las calles y las cabezas de los que no llegaron hasta arriba asomadas por las ventanas. Una muchedumbre boquiabierta se había reunido para verlo caer en picada. Entonces, cuando tuvo el asfalto tan cerca que pudo olerlo, agitó solemne las alas de cartón y cinta aislante que le cubrían la espalda. Dio una voltereta a ras del piso y en un remolino de papeles y bolsas salió disparado hacia las nubes, muy lejos de la algarabía general y la tristeza de sus padres, que miraban hacia abajo atacados de llanto, sin creer todavía que su hijo querido, único retoño de su amor sincero, se hubiese reventado como lo hizo contra el techo de un auto.
Algo sobre el autor Diego Garcés: Nació en San Andrés Islas, Colombia, en 1992. Vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde 2015. Es Licenciado en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes y Locutor Nacional por el ISEC. Sus cuentos han aparecido en diferentes revistas digitales, como Giros, Lafarium y Extrañas Noches. Fue seleccionado en el
festival FAUNA en los años 2022 y 2025. Se desempeña como redactor para la revista cultural Siete Artes. Narra y se encarga del sonido en el proyecto de terror TODOSCURO. La tormenta de nosotros, su primer libro de cuentos, será publicado en 2027 por la editorial Salta el Pez. Actualmente estudia la Especialización en Dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes. Tiene dos gatos que lo ayudan a escribir.
