Ilustración Pablo Bolaños

Solo me acuerdo que esa mañana esperaba un barrilete. Presumo que era Agosto, porque los ventarrones siempre se manifiestan con furia en esa época del año, como queriendo llevarse puesto debajo de sus brazos la estela de árboles que se abrazan seduciendo con un poco de sombra a los que nos sentábamos en el bulevar. Creo que la jauría de acuarelas que teñía el telón celeste del día, nos hacía más felices a todos.

Era complicado hacerlo planear para dar su vuelo perfecto, a veces tendíamos a dar un trote con ligereza y que alguno lo sostenga, pero entre tantos desniveles de cordones y cunetas con veredas que incluían esquivar las raíces de los paraísos, se hacía frustrante conseguir el vuelo deseado. Y ahí, nos deteníamos a pensar la estrategia para que suba en la escalera imaginaria hacia el cielo.

De pronto, caía Ponce que, con poco conocimiento, me daba un argumento firme y certero; «están mal hechos los tiros». En sentencia firme y sin acercarse al destinatario daba esa opinión negativa. Sus palabras de manera imperativa marcaban una realidad también a futuro; » no iba a volar» y llegaba cuando terminaba de construir mi yuto.

En una afirmación me detenía, mientras introducía los dedos de manera lenta en los pequeños orificios que se condensaban de manera perpendicular a la caña hueca de la estructura; “ tiene razón Ponce” me decía, mientras introducía el hilo que reposaba en los asientos de hormigón de la plazoleta del bulevar.

 El hilo estaba envuelto de manera zigzagueante en un palito, perdido por ahí cerca de una laguna que se había formado después de la lluvia. Mientras lo agarraba trataba de mojarlo con mi lengua y enfocaba como un tirador profesional y paciente, para envolverlo en la caña. Apenas terminase los tiros, saldría corriendo con el barrilete en forma de ala para que vuele. En síntesis, era lo único que quería, pero tenía el argumentador que se posaba detrás de mis hombros y opinaba con una fuerte afirmación que explosionaba todo el tiempo que había perdido en el armado; » ni en pedo vuela «

 Ni lo miré, ni lo observé y ni tampoco lo sentí. Sabía que estaba tirando los últimos dardos para que no salga con mi pájaro para ver si ocupaba algún lugar privilegiado entre los picarones del cielo.

 En un rincón lo vi a Galarza que me hacía seña y es que él lo conocía bien y sin lugar a dudas, creía en mí, y en esta campaña que me había impuesto. Me miró, como si la mirada fuera una fuente de empuje, yo estaba en la nebulosa de tres elementos que debían acontecer para que suceda lo imprevisible, por lo menos para Ponce; lo primero, que sirvan los tiros y que el viento no golpee de manera brusca en el cuerpo, segundo que no se mueva de manera circular para caerse rápidamente y tercero, obviamente no escuchar a Ponce porque demasiado tenía con mi problema para prestar atención a otras  palabras.

Lo empecé a soltar lentamente dejando el hilo caer como si fuera una tela delicada. Este   iba bajando taciturnamente. El yuto se elevaba entre los cables de los vecinos, y arqueaba de manera tímida su vuelo.

En un abrir y cerrar de ojos empezó a ganar autoridad en el cielo. Todos lo empezábamos a ver y él, como un halcón enloquecido, » picoteaba» desde lejos a los demás. De pronto la arteria que me unía con el monstruo volador se cortó y salió volando sin rumbo superando diferentes tapias de block, como si quisiera viajar hacia otro mundo.

Mientras miraba los colores anaranjados de la tarde vi que algo caía del cielo. Mi viejo con un cuchillo le sacaba la piel verdosa a las cañas huecas que teníamos en la casa de mi abuelo. Escuché «pandorga», también » yutita». Entré a la cocina como si hubiese ganado algo, pero con una ofrenda en la mano, latía sobre mi pecho como algo cansado  y saltaba entre sus ojos de tiros dos colores; uno rojo y el otro blanco de un escudo recuerdo infaltable.

Algo sobre el autor Roberto Fabián Varela vive en la ciudad de Frías, provincia de Santiago del Estero. Tiene 44 años y se desempeña como docente. Es profesor en Lengua y Literatura y técnico en Comunicación Social. Aficionado a la lectura y la escritura, en 2018 publicó de manera independiente la antología de relatos Camino a la banda verde.

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