Manos de mujeres
Ilustración Pablo Bolaños
Estos textos forman parte de “Libro de lo perdido”, aún inédito
Las manos de las mujeres adelantan mucho calladamente.
Franz Kafka
Sei
Autora del clásico El libro de la almohada (Makura no Sōshi), tal vez el diario íntimo más conocido de la literatura japonesa, escrito alrededor del año 1000, Sei Shōnagon cuenta que un día recibe la carta de un ex amante que ha hablado mal de ella y en la que este transcribe tres versos de un poema de Po Chu-I, un célebre autor chino. El ex amante solicita que Shōnagon complete el poema. Estamos en el siglo diez, durante la Era Heian: el chino es el idioma de la política y la más alta poesía y por ello las mujeres no pueden hablarlo. Shōnagon, que habla y escribe chino y cuyo nombre real podría ser Kiyohara Akiko, sabe que la carta de su ex amante es un reto y una nueva declaración de amor: se detiene a cavilar, cautelosa, cómo va a contestar. Y entonces decide mostrar su ingenio: contesta con los dos versos finales de otro poema pero japonés, la lengua que está permitida a la mano de la mujer. Y todavía más: escribe su hábil respuesta con un trozo de carbón; la carta de su ex amante viene, por supuesto, redactada con tinta. Al cabo de veinticuatro horas, todos los caballeros del emperador nipón traen la respuesta de Shōnagon inscrita en sus abanicos: palabras que dan aire, brisa que sigue soplando a través de los siglos. ¿Cómo puedes perder a una mujer así?, pregunta un miembro de la corte al ex amante de Shōnagon, y la réplica queda flotando en la historia, aguardando el momento de ser formulada. Carbón y tinta, abanicos y letras, idiomas prohibidos y poemas que son desafíos: la mano de Shōnagon escribe más allá de su tiempo, más allá del tiempo, astuta, invencible. Cabría imaginar la expresión nostálgica que cubre el rostro de su ex amante; cabría imaginarlo pensando en la mujer que superó con creces su reto amoroso. Lo que ha impartido Sei Shōnagon es una hermosa lección secreta: el amor siempre responde en el idioma que menos se espera, con la mano que se había considerado inútil.
Clarice
La noche del 14 de septiembre de 1966, meses antes de comenzar a escribir para el periódico Jornal do Brasil una serie de magníficas colaboraciones que se extenderían hasta 1973 y que le granjearían un sinnúmero de lectores cuyo entusiasmo redundaría incluso en el envío de cartas de amor, Clarice Lispector se quedó dormida en su departamento de Río de Janeiro. Pero habría que clarificar: se quedó dormida al cabo de ingerir una dosis de los somníferos que venía consumiendo desde hacía unos años para conciliar el sueño que la rehuía como un caballo salvaje. Y más aún: se quedó dormida luego de tomar somníferos y con un cigarro encendido en la mano derecha como para prefigurar el destino misterioso y fatal de su colega Ingeborg Bachmann en un departamento de Roma en octubre de 1973. A las tres y media de la mañana despertó alertada por el humo del incendio y su primer impulso fue poner a salvo sus textos, el cuerpo de su escritura forjado pacientemente a mano, antes que su propio cuerpo, antes que sus propias manos con las que en vano intentó sofocar el fuego que implacable devoró también buena parte de su biblioteca. Tres días estuvo en peligro de que los médicos del hospital donde permanecería tres meses internada le amputaran la mano derecha, la mano con que escribía, la mano con que fumaba, que sufrió quemaduras de tercer grado en dedos y muñeca y palma y tendones al igual que las piernas de las que se enorgullecía y otras zonas de su organismo que quizá no le merecían tanto orgullo. Hubo injertos de piel, hubo dolorosas y extenuantes jornadas de fisioterapia. Hubo, tal vez, la vaga sospecha de una numerología siniestra en acción: tres y media de la mañana, tres días, tres meses, tercer grado. Hubo, con seguridad, un sigiloso llanto de pesar y frustración derramado a medianoche. Clarice abandonó el hospital con la mano derecha vuelta una especie de zarpa animal y con la idea de continuar trabajando aunque ahora con la ayuda de una máquina de escribir que aporrearía con la mano izquierda mientras la otra, diría su asistente Olga Borelli, se mantenía “dura, con movimientos descontrolados, los dedos quemados, retorcidos, con profundas cicatrices”. Tiempo después, cuando ya colaboraba en Jornal do Brasil, Clarice Lispector redactó el siguiente mensaje dirigido al linotipista que se encargaba de armar sus textos con ambas manos: “Disculpe que me equivoque tanto con la máquina. Primero, porque mi mano derecha resultó quemada. Segundo, no sé por qué. Ahora una petición: no me corrija. La puntuación es la respiración de la frase, y mis frases respiran así. Y si a usted le parezco rara, respéteme también. Hasta yo me he visto obligada a respetarme. Escribir es una maldición.” Quizá, cabe pensar, el linotipista alzó la mirada de estas líneas para fijarla en la penumbra de su taller. Quizá ahí vio arder así fuera momentáneamente una mano dispuesta a perderse hasta las cenizas con tal de defender la escritura producida entre el fuego imbatible de la creación que amenaza con destruir a quien lo pone en marcha.
Ingeborg
Con mi mano quemada escribo sobre la naturaleza del fuego, piensa Ingeborg Bachmann pensando en Gustave Flaubert mientras un Gitane se consume despacio entre sus dedos. En el humo del cigarro está el humo de los hornos crematorios a donde se dirigían los nazis que Bachmann vio desfilar en su niñez. En esos hornos sucumbieron los padres de Paul Celan, por quien Bachmann profesó una pasión volcánica que comenzó en Viena en 1948. El gran amor de Bachmann y Celan está registrado en una correspondencia que arde en quienes la leen: “¿Te acordarás todavía de que a pesar de todo éramos muy felices juntos, incluso en los peores momentos, cuando éramos nuestros peores enemigos?” Celan se alejó del alemán, el idioma enemigo, el idioma de la muerte, lo suficiente para prenderle fuego y verlo arder. Escribió con y desde sus cenizas. Lo perdió para poder recuperarlo a través de una nueva lengua. En el aire ceniciento que quedó al cabo de Auschwitz, Bachmann y Celan escribieron poesía. Aceptaron el desafío de Theodor W. Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.” La poesía, sin embargo, no consiguió curar las quemaduras profundas de Celan, que terminó por entregar su dolor a las aguas del río Sena en la madrugada del 20 de abril de 1970. En todo esto piensa Bachmann en octubre de 1973 en su departamento de Roma, ciudad adoptiva, esa que según se dice se consumió en un incendio ante ojos imperiales. Los ojos de Bachmann se cierran poco a poco; el sueño se le acerca como un soldado furtivo que espera asestar el golpe letal. Al día de hoy se ignora si el Gitane encendido fue la verdadera causa de que ella muriera calcinada mientras dormía. ¿Cómo habrá sido su último sueño? ¿Habrá visto a Paul Celan caer desde el Pont Mirabeau como una antorcha fugaz pero potente que alumbró las tinieblas de París? Con la mano quemada por la hoguera que ardía en su interior, Ingeborg Bachmann escribió sobre cosas que abrasan. Y seguirán abrasando: “De nuevo metemos los dos las manos en el fuego: / tú, para el vino de la noche largamente embodegada, / yo, para la fuente de la mañana.”
Algo sobre el autor Montiel Figueiras (Guadalajara, México, 1968) es narrador, ensayista, editor, traductor y gestor cultural. Parte de su obra literaria ha aparecido en medios de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Cuba, Estados Unidos, España, Italia y Reino Unido. Entre sus libros más recientes se encuentran El funeral (2023), Señor Papas (2024), La bruma y el detective (2025) y Vendrá la muerte y tendrá tus letras (2025). En 2019 la editorial Almadía publicó su traducción de Ciento cincuenta cuentos cortos, antología personal de la escritora estadounidense Lydia Davis. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés y el Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, de la Fundación Rockefeller, de The Hawthornden Retreat for Writers en Escocia, de la Kone Foundation en Finlandia y de Studio 88 Artist Residency en Tailandia. En 2004 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.
