Pichón de Pepper
Por Juan Guinot
Ilustración Pablo Bolaños
Lo del cerco fue idea mía y lo sugerí para aislar la tierra que rodea el árbol de naranjas. El cerco dibuja un cuadrado. Tiene listones verticales que se hunden en el suelo. Los listones se mantienen unidos por una viga horizontal que está en la parte interior, a mitad de altura y atornillada. Las maderas del cerco están pintadas de blanco.
Desde el living, contemplo el destello de los listones verticales cuando los abrasan los rayos del sol. Por la pintura cuarteada se ven las entrañas de astilla. A la sala principal de la casa, llega el perfume del naranjo y a la tierra que rodea el árbol de naranjas, la sombra.
Entre las ramas inferiores, y detrás de un manojo de hojas, hay un nido. Es una corona de palos entreverados con plumas y hojas secas. La pareja de palomas lo hizo ni bien pintamos el cerco. A mí me parecen que son las mismas que se aquerencian en el árbol cada primavera, pero Carlos dice que eso es imposible porque las palomas viven poco tiempo. Los picos se asoman sobre el borde del nido y pienso si esa yunta de aves, al vernos al otro lado de los cristales de las ventanas, nota que no somos los mismos.
Carlos entra a la casa con un cachorro de patas largas y me lo arrima a la silla. El perro mueve la cola de un lado al otro. Me cuenta que lo trajo de la perrera, que su madre, cuando enterraban un perro, traía uno nuevo para ocupar el lugar vacío.
El perro pega un salto y sube a mi regazo. Con la garra de una de las patas, tironea un botón de mi blusa y hociquea un lamparón húmedo que brota en la tela del corpiño. Le apretujo el cuero del cogote para alejar esa nariz de mi pecho. Lo toma como un mimo y se amucha contra mi cuerpo. Los golpes de su cola reviven latidos espectrales en mi vientre.
El perro es de pelo corto y marrón. Tiene las orejotas caídas hacia atrás y le deja al descubierto la piel marrón bien pegado a la curvatura del cráneo como lo hacía el fijador con los pelos del empleado de la funeraria.
El cachorro tiene dos ojos negros como granos de pimienta. Lo llamo Pepper.
Abandona mis faldas, recorre el living sin sacar la nariz del suelo, enfila por el pasillo y se mete en el dormitorio. Voy tras sus pasos y lo encuentro echado sobre el territorio glacial que emergió en el meridiano del colchón de dos plazas, ni bien volví de la clínica con las tetas hinchadas de leche. Le pego un grito, salta de la cama, vuelve al corredor, surca el living a toda velocidad y sale al patio. Ladra. Miro por la ventana y lo veo en cuatro patas, frente al cerco que rodea al naranjo.
Carlos me dice que se obsesionó con las palomas porque no para de ladrarles. Le digo que obsesionado está el benteveo que no le saca los ojos al nido para zamparse el huevo, ni bien las palomas se descuiden.
Tengo visto que el benteveo se aquerencia en el naranjo cada primavera. Mientras las palomas andan ocupadas en el juego de montarse y darse picotazos en el cogote, hace equilibrio en la rama más cercana al nido, con la impronta del buen vecino. Amparado en las hojas, canta ese trino que se oye bicho feo y, que con el correr de los días, suena a música de confianza.
Pepper le hace rodeos al cerco. La cola golpea contra los listones blancos. Le ordeno que se aleje de ahí, lo que menos quiero es que termine aflojando el cerco a coletazos. Ni caso me hace. Ladra y apunta al nido con los ojos grano de pimienta. Una de las palomas toma vuelo y le pido a Carlos que intervenga para hacerle cerrar el hocico al perro y le reclamo que por haberlo traído nos va a espantar a las palomas.
Carlos anda con el teléfono pegado a la oreja y no me escucha. Tampoco se inmuta el benteveo con los ladridos y baja una rama, hincha el pecho amarillo, abre el pico negro y canta. La paloma mira arriba y abajo, como si siguiera con la cabeza el ritmo del trino del pájaro vecino.
La compañera, que había salido a dar aleteos, vuelve al nido. Tiene el buche inflado y del pico le chorrea una sustancia viscosa. Veo que, sobre la corona de palos secos, y debajo del ala de la otra torcaza, se asoma la cabecita de un pichón. Abre el pico y chilla. La paloma mete su pico adentro del de la cría y se lo rebalsa de algo que regurgita hasta enflaquecer el buche. Aleja la cabeza y el pichón vuelve a chillar.
Le grito a Carlos que las palomas tuvieron cría. No me contesta. Al otro lado del vidrio esmerilado de la puerta de la cocina, como una sombra, Carlos va y viene con el teléfono pegado al oído. No sé por qué le anda diciendo a todo el mundo que se queda en casa para no dejarme sola en este momento difícil si se la pasa el día enganchado al trabajo.
Los ladridos de Pepper ahogan los alaridos del pichón. El perro está con las patas delanteras apoyadas sobre dos listones y adelanta el hocico sobre el límite superior del cerco. Le pego un grito y baja las patas al césped.
Sobre la pintura blanca quedan impresas dos huellas de tierra. Descubro que cavó un pozo de este lado del cerco. Es tan redondo como la corona de palos secos del nido.
Me da una puntada en el vientre, miro entre los listones, al pie del naranjo, donde está la montañita de tierra revuelta, y pienso que la acción trepadora de Pepper, en súbito envión, puede hacerlo pasar al otro lado del cerco para llevar su ímpetu excavador. Imagino sus garras removiendo la montañita de tierra floja al pie del naranjo. Se me corta la respiración y, con un hilo de voz, le pido a Carlos que venga.
Carlos aparece por el patio, sigue con el teléfono pegado a la oreja. Abro la ventana y me hace ese gesto con los ojos salidos de las cuencas que significa que está en algo importante y no lo puedo interrumpir.
Le veo mover los labios mientras habla por teléfono, y me viene a la mente su voz diciéndome que pare de quejarme porque se la pasa enchufado al trabajo, que pagamos la hipoteca de la finca gracias al sueldo que gana como Director, que no está para oír reclamos porque vivir aquí siempre fue mi sueño, que debo dejar de andar con cara triste, que debemos adaptarnos porque solo triunfan quienes tienen capacidades para vivir en el cambio permanente.
Carlos me grita que se tiene que ir a la oficina porque el Presidente lo quiere en un restaurante del Centro para cenar con clientes. Descuelga el saco del perchero, me cuenta que están por cerrar algo gordo, que si eso sale como cree, le tocará el mejor bono de fin de año de su vida. Me pide que vaya pensando qué gustito me quiero dar con esa plata.
Pepper lo mira meterse en el garaje. La cola cepilla las hojas del césped. El auto se enciende, Pepper ladra, el portón de garaje se abre, el auto sale de la finca y se aleja calle arriba. Pepper deja de la ladrar. Se activa el cierra automático. Se oyen los lamentos oxidados del portón y el bicho feo del benteveo.
Voy hasta la cocina, abro el cajón superior de la mesada y manoteo un cucharón de acero. Me asomo a la ventana y le digo a Pepper que ni se le ocurra pasar al otro lado del cerco porque le voy a partir el cucharón en medio del lomo. El perro se sienta sobre los cuartos traseros, tira las orejas hacia atrás y me clava los ojos granos de pimienta.
Siento el corpiño pegado a las tetas. Me miro la remera. Sobre cada pezón, brotan escarapelas de leche. Sobre mis pestañas, lágrimas.
Me meto en el dormitorio.
Regreso al comedor con la cara lavada y ropa nueva. Me saqué el pantalón de jogging que tiene el elástico estirado por los nueve meses de vientre en expansión y me puse la calza con la que salía a entrenar antes de quedar embarazada. La calza me aprieta por todos lados, pero donde duele, es la zona de la cintura, adelante y en el ombligo.
El ventanal se sacude por un golpe de viento. El cielo está nublado. Por entre las nubes grises emerge un destello plateado. Cuento con los dedos lo que tarda en venir el trueno que sigue al rayo. De chica, me enseñaron que cuantos más dedos se cuentan, más lejos se va la tormenta. Un estertor estremece los cristales y el cielo descarga lluvia. Cierro la ventana y veo que los sensores de las luces se activan en el preludio de la noche.
El viento sacude las ramas del naranjo. Contra el cerco se hace una orla de hojas y ramitas.
No veo a Pepper por el jardín. Pienso en el miedo atávico a las tormentas y la necesidad de ponerse a resguardo
El destello de un relámpago hace ver los listones del cerco como una rueda de niños espectrales que juegan a la ronda en torno al naranjo.
Me da un pinchazo en el ombligo, y no es el elástico de la calza, es adentro. Meto las manos debajo de la calza. El dorso de mis dedos recorre los dibujos de las estrías en los pliegues de mi piel flácida.
Empiezo a contar con los dedos para ver cuánto tarda en llegar el siguiente trueno. Cierro el puño de la mano porque oigo que se abre la puerta del living que da al patio. Escucho el golpe del esmalte de las garras sobre los cerámicos. Aprieto el cucharón y llamo a Pepper. Al pie del televisor, que está en medio del living, descubro la impresión de sus patas embarradas en el piso. Las sigo. El resplandor de una nueva descarga eléctrica ilumina el largo pasillo con las pisadas de barro que llegan más allá de la puerta abierta del dormitorio.
No hago el conteo de los dedos porque mis manos tienen por única misión la de ejecutar el golpe seco del cucharón de acero sobre el lomo para enseñarle al perro que no puede hacer lo que quiere.
Entro al dormitorio. En el piso están las marcas de las patas embarradas. Me adelanto con pasos lentos para ver si lo descubro echado en ese lugar del colchón que se había apropiado. Al llegar al pie del somier, veo que, en ese territorio glacial que emergió en el meridiano de la cama, está la corona de palos secos del nido de las torcazas.
Sabía que esto iba a pasar y que hablé a la nada, como siempre, porque Carlos solo tiene orejas para dejárselas llenar con los cantos de bonus de fin de año.
Grito un “Pepper” que me sale descarnado.
Vuelvo al living. Afuera, el viento teje ovillos en el aire con las gotas de lluvia, adentro de la casa se deshilachan sobre los cerámicos del piso. La descarga de agua aumenta la intensidad. El agua de lluvia encharca las hojas del pasto.
Las luces del jardín se apagan y en la casa sobreviene la mudez eléctrica que gana todos los rincones cuando se corta la luz.
Un rayo ilumina el patio y muestra a Pepper, al otro lado del cerco.
Un trueno inicia una encadenada de gritos roncos del cielo que se alternan con golpes de flash. Entre luz y oscuridad, veo a Pepper. Le ordeno que salga de ahí. El perro no se inmuta.
Aprieto fuerte el cucharón y enfrento las gotas de lluvia que no amainan y pinchan por todo el cuerpo. Llego al cerco, paso una pierna al otro lado, la punta de un listón se me clava en el vientre, cierro los ojos, el destello de un nuevo rayo pone rojo sangre la piel interior de mis párpados y mi grito de dolor es devorado por una nueva descarga de truenos. Abro los ojos, respiro profundo y traigo la otra pierna. Me descorro de los ojos el pelo empapado.
Pepper está al lado de la montañita de tierra floja. El cuerpo rosado con las pelusas empapadas del pichón de las palomas se hunde en el charco que se hizo sobre el montoncito de tierra que cubre las cenizas de Fede, el bebé que salió de mi vientre con la carita morada, el cordón umbilical enrollado al cuello y sin llanto.
La mano que aprieta el cucharón tiembla. Mis piernas tiemblan.
Pepper me mira. Los ojos de pimienta negra espejan ese rayo de plata que se abre paso en medio de los nubarrones negros, que golpeará de lleno en el naranjo y no me dejará contar con los dedos el tiempo que tardará en llegar el trueno, ni me dejará ver la siguiente primavera, ni los listones del cerco pintados de blanco, ni el benteveo, ni las palomas, ni la cabeza de un pichón asomada a la corona de pasto seco.
Algo sobre el autor Juan Guinot (Mercedes, 1969). Escribe narrativa y dramaturgia. En 2015 recibió el Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil por su novela Chacharramendi. En LIJ le publicaron Dos al vuelo, Mi primer OVNI, Misión Kenobi y Perico Carpio. En 2022 ganó el Premio Adarve Negra (España) con la novela Fuego Suicida (publicada por Real Noir, España). Su libro Misión Kenobi fue seleccionado para el Plan de Lectura de la PBA. Le publicaron las novelas 33rpm, 2022 La guerra del Gallo (finalista del Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón), Descenso brusco, Torre Arco y Fuego suicida. Participó en antologías de relatos en Argentina, Bolivia, Puerto Rico, Brasil, México, Francia y España. Es dramaturgo y su obra La Guerra del Gallo fue ganadora del concurso del Instituto Nacional del Teatro 2022. En 2026 se estrenará su obra de teatro El Paisanito. Es actor y realiza espectáculos de narración oral con sus cuentos.
