El agua que se escurre entre los adoquines | Cara de Perro

El agua que se escurre entre los adoquines

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Cristian Bautista

                     Santiago se acomoda en el asiento de atrás del taxi que dobla por Callao, pasa sobre un charco y salpica toda la vereda oeste. Cuando llega a Urquiza, el semáforo, se pone en rojo, el taxi frena y una mujer cruza por la senda peatonal. Camina lentamente. Tiene puesto un sacón negro y tejido, de esos que tienen bolsillos grandes y hondos. El paraguas abierto no deja verle la cara. Lleva un bolso de tela azul colgado del brazo. «Viene del supermercado, seguro viene del supermercado», piensa Santiago y está seguro de adivinar que, adentro del bolso, debe haber pan, leche, tostadas, yogurt y un tarro de Nesquik. Uno grande. De lata. Una lata amarilla, con el dibujo de un conejo sonriendo y la tapa de plástico azul. También manteca, dulce de leche y, por supuesto, miel. Su hijo la debe estar esperando para desayunar. Cuando llegue va a cerrar el paraguas, acomodará todo en la mesa y, después de colgar el bolso, lo llamará.

—Falta el Nesquik —dirá el nene, de no más de ocho años, apenas se siente adelante de la taza de leche tibia.

—Fíjate en el bolso —contestará la madre. El nene resoplará pero «la leche sin Nesquik no se puede tomar», pensará mientras camina con desgano hacia la cocina.

—¿Dónde está el bolso? —preguntará el nene.

—Donde siempre —dirá la madre.

—¿¡Dónde!? —gritará el nene con fuerza y los puños apretados, aunque sabe muy bien dónde es «donde siempre».

—Donde siempre —volverá a decir la madre.

—¿El azul? —preguntará el nene mirándolo ahí colgado.

—El azul —responderá la madre. El nene abrirá el bolso resignado y con fastidio. Sacará de adentro el tarro de Nesquik y volverá a la mesa donde su madre estará de pie, esperándolo para sentarse y desayunar juntos, mientras unta una tostada con miel.

—Cuando dejés el tarro en la mesa, alcanzame del bolsillo de mi abrigo las llaves, por favor —dirá la madre.

—¿Ahora? —dirá el nene.

—Ahora —dirá la madre.

El nene caminará hasta el abrigo, con más fastidio que antes, y meterá la mano en el bolsillo.

—¡Melbas mamá, me compraste Melbas! —y, con el paquete en la mano, correrá a abrazarla colgándose del cuello hasta que la madre se incline a su altura. Entonces el nene le dará un beso en la mejilla; uno grande. La madre no se va a conformar con uno y acercará la mejilla hasta pegarla a los labios del nene. Aunque la posición le haga doler la espalda, desarmándose como una contorsionista improvisada, la madre, lo abrazará sin soltar la tostada y así, abrazados las dos, el nene comenzará a darle besos cortos en forma de golpecitos. Repiqueteando. Como si en vez de boca tuviese un cincel e intentará tallar en la mejilla todo lo que quiere a su mamá; mientras ella, dejando la mejilla bien cerca de la boca del nene, dirá:

—Bueno. Bueno. Vamos a tomar la leche que se enfría —aunque en realidad, no quiere que ese momento termine jamás.

El taxi arranca.

Media cuadra después un relámpago, un trueno y la lluvia, todo en menos de cinco segundos.

—¿Te molesta si pongo música? —dice el taxista. Santiago no contesta. El taxista dando golpecitos cortos, enérgicos y seguros pasa, con habilidad y sin dejar de mirar el camino, tres o cuatro carpetas en el pendrive. Elige una que dice: «Nacionales». Al llegar a Rivadavia la onda verde se termina y, antes de girar, el semáforo se pone en rojo. Por el parlante suena Calamaro cantando un tema de Roberto Carlos. La lluvia se hace más copiosa y no le da tiempo al limpia parabrisas a sacar toda el agua. La luz roja del semáforo parece derretirse a través de las gotas gruesas.

—Temazo para un día como hoy —dice el taxista.

Santiago no contesta. El taxista baja la música y lo mira por el retrovisor. La luz del semáforo cambia. Primero amarillo después, obviamente y como es de esperar, verde. El taxi arranca y dobla por Rivadavia hacia el norte. Agarra el empedrado. Va lento. Santiago trata de concentrarse en el ruido de la rueda aplastando el agua que se escurre entre los adoquines.

Cuatro cuadras después el auto se detiene bien pegado al cordón. Santiago paga, abre la puerta y baja del auto. Antes de cruzar, espera que el taxi arranque, haga unos metros y doble en la esquina; después cruza despacio por el medio de la calle, no le importa mojarse.

Santiago llega a la puerta vidriada, empuja con fuerzas y mientras camina hasta la recepción va dejando huellas de agua que no tardarán en secarse. Se anuncia y la secretaria le dice que espere en el pasillo. Que ya lo van a llamar. El lugar tiene olor a comida, desinfectante y flores. Un hombre vestido con un guardapolvo blanco pasa arrastrando una silla de ruedas. La arrastra con una sola mano. Con la otra mano, mira el celular.

—Buen día —dice Santiago. El hombre contesta moviendo la cabeza. Algunos largos minutos después se abre una de las puertas y sale un hombre flaco, alto y prolijo. Lleva puesto unos lentes de aumento apoyados en la punta de la nariz, sostenidos de las patillas por una correa negra de hilo finito que le da vuelta alrededor del cuello. Sostiene con las manos una hoja de papel ajado.

—¿Cortés? —dice el hombre.

—Soy yo —dice Santiago, entra. La habitación es chica y sin ventanas. Tiene el lugar justo para dos camas de caños gruesos con colchones finos, dos roperos y una mesa de luz de chapa sin cajones. El hombre deja la hoja sobre la cama, saca una pinza de uno de sus bolsillos y, con habilidad, rompe el candado de la puerta de uno de los roperos.

—¿No trajo nada?

—No.

—Espéreme acá. Mientras lo vacía, voy a ver si le consigo alguna bolsa de consorcio o una caja.

—Gracias —dice Santiago. El hombre se va. Santiago cierra la puerta y, después de mirar unos minutos el interior del ropero, comienza a sacar las cosas de a una. Cuando ve el sacón negro y tejido, sonríe. Lo levanta de los hombros, lo sacude con fuerza y, después, mete la mano en el bolsillo.

 

Cristian Bautista es de Rosario y participa desde hace diez años en el taller Alma Maritano coordinado por Pablo Colacrai. Publicó en varias antologías, revistas y en el suplemento Rosario/12 de Pagina/12. Algunos de sus cuentos fueron premiados en concursos.

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                           

Jimena Ruth
Silvia Appugliese

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