Si yo no hubiese | Cara de Perro

Si yo no hubiese

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Por María Cecilia Garino

Levanto la vista y me cuesta creerlo. Mira hacia mí, pero no me ve. Tiene las manos en los bolsillos. Remera, jean, zapatillas. Lleva un diario debajo del brazo, como antes llevaba el skate. Aunque no podría decir exactamente por qué, el paso del tiempo se le nota. Se sienta a la ventana, cerca de la puerta. No se le ocurre pensar que a seis mesas de distancia estoy yo, sola, en el medio de la confitería, tomando un café con leche. No se imagina que después de treinta años, un día cualquiera, estamos coincidiendo en una confitería por Caballito. No fue hace treinta años. Fue hace veintisiete. No me animo ni a levantar la taza. ¿Habrá pensado alguna vez en encontrarme? ¿Habrá intentado olvidarme? 

 

Sus padres no querían darle dinero para que él cambiara las ruedas del skate. Estaba empecinado en comprar unas ruedas de silicona y sus padres insistían en que no. Decían que no tenían dinero. Que tenía que esperar. Y él no podía esperar. Él usaba jeans anchos. Cadenas. Tenía en el skate calcomanías de los Sex Pistols. Pensaba competir en todas las ciudades del mundo. Iba a convertirse en el mejor skater del país. Y yo era una nena y estaba enamorada.

 

Una tarde, perdíamos el tiempo sentados en el rellano de mi edificio. A cinco cuadras de la avenida, donde no pasaban autos, había un kiosco.

Era de un matrimonio de viejitos que se turnaba para atenderlo. No fue algo que yo hubiera pensado. Simplemente abrí la boca y lo dije:

—Los viejitos no tienen puerta. Los del kiosco.

—¿Cómo que no tienen puerta?

— No. No tienen. Bajan la persiana y listo. Y tampoco usan candados. Y no tienen puerta.

Él tenía el skate apoyado sobre las rodillas.

—¿Y no usan candados?

— No. Quizá piensan que la persiana solo se abre de adentro. O creen que es pesada. No sé.

Hizo girar las ruedas del skate.

 

Caminamos hacia el kiosco sin decir una palabra. Él llevaba el skate bajo el brazo y me agarraba de la mano. No me había besado nunca, pero me agarraba de la mano. 

Compramos un atado de cigarrillos y un par de chicles. El viejito nos dio el cambio y notó que dimos vueltas. Que tardábamos en irnos, que mirábamos para todas partes. Pero nos conocía del barrio. Cuando salimos él fue con el skate hacia la esquina. Subió y bajó del cordón con el skate en los pies. Lo hizo girar. Parecía surfear en el cemento. Esa tarde nos besamos por primera vez y fue como si lo hubiéramos hecho durante los seis años que llevábamos siendo amigos. Cuando me despidió, en la puerta de mi edificio, dijo que yo era su chica. Dije que ya lo sabía.

A la mañana siguiente me despertó el sonido del teléfono. Escuchaba que mamá hablaba pero no podía entender con quién. Decía frases que no encajaban con nadie. Al rato abrió la puerta de mi habitación y me pidió que me vistiera.

No dijo nada en todo el camino. Y yo no pregunté. Entramos a la comisaría y parecía haber una reunión vecinal. Él estaba sentado, miraba al piso. Su mamá sostenía la cartera en la falda. El papá iba y venía por el hall, no podía quedarse quieto. Cuando el viejito del kiosco me vio, se agarró la cara con las dos manos, y me preguntó por qué. Había junto al viejito un hombre que yo nunca había visto.

 

Me llevaron con mamá a una oficina. El oficial puso una hoja en la máquina de escribir. No levantaba la vista. Tecleaba con los dedos índices. Mamá me hablaba al oído.

—Acotada —decía— contá lo que hiciste durante el día. Negá complicidad.

El sonido de las teclas me golpeaba en el pecho. ¿Qué había pasado?

—Acotada. Negá complicidad.

Las palabras de mamá llegaban con furia y él estaría en otra oficina y yo necesitaba hablarle, abrazarlo, saber qué había pasado. Ser su chica. Cuando terminé de declarar y salí, él todavía estaba sentado en el hall. Miraba al piso con los codos apoyados en las rodillas. Se agarraba la cabeza. Pasé a su lado. No dejó de mirar al piso.

 

Esa noche, mientras cenaba con mamá, las dos sin decir una palabra, volvió a sonar el teléfono y supe, en ese instante, que las cosas estaban empeorando.

Cuando mamá cortó y la vi aparecer en el marco de la puerta, sentí miedo de verdad.

—Murió el papá de tu amigo —dijo.

Se puso las manos en la cintura.

—¿Quién sos? —me preguntó sin enojo— ¿Quién sos?

 

No hubo velatorio. Se dijo que a él lo habían llevado a vivir a la casa de una tía. Y unos meses después su casa se vendió. Mamá me llevó a un psicólogo que me dio el alta en cuatro sesiones. Tres años más tarde recibí un sobre sin remitente. Adentro había una hoja arrancada de un cuaderno. Me contaba que había levantado la persiana con mucha facilidad y que en la caja había dinero suficiente para las ruedas. Decía: “para mis tontas ruedas”. Que se había encendido una luz y que el hijo del viejito se le había ido encima y lo había aplastado contra el piso. Que llamaron a la policía y que le habían dado invasión a la propiedad y tentativa de robo. Que todo iba más o menos bien, hasta que ese mediodía, se enteraron que posiblemente el juez le impediría salir del país hasta la prescripción de la causa. Entre cinco y diez años. Que su papá había muerto en la guardia del hospital. Me contaba que vivía en Bahía Blanca y que cada tanto iba a su casa una visitadora social. “No puedo dejar de preguntarme, decía al final, cómo habría sido si no levantaba esa persiana”.

Y eso era todo. Después de recibir la carta me costó dormir durante años. Me desvelaba pensando en ese último renglón:

“No puedo dejar de preguntarme cómo habría sido si no levantaba esa persiana”.

Releí la carta infinidad de veces. Si yo no hubiese. Y ahora él pasa las hojas del diario. Mira por la ventana. Y me digo que no voy a moverme. Voy a esperar, las horas que sean necesarias, hasta que salga igual a como entró, o hasta que levante la vista y vea. Que estoy sentada frente a él.

Por Demian Naón
Sebastián Ronchetti
Cecilia Garino

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